Docente del departamento de Administración de la Universidad del Pacífico e investigadora del CIUP
Cada vez son más frecuentes los titulares a nivel mundial que nos evidencian que el cambio climático no solo es un tema de grandes cumbres entre gobernantes, o lectura de reportes que solo vemos pasar y discursos que pensamos son lejanos o de alguna miniserie de TV.
Este fenómeno vive con nosotros y se apropia de nuestra rutina con la sutileza de lo inevitable: más calor en la noche que no deja ni descansar; días con aire caliente, lleno de contaminación que te irrita la garganta o te genera alergias, lluvias que colapsan quebradas, carreteras y hasta la calle del barrio, y hasta cortes de agua por el colapso del sistema hídrico de la ciudad.
No es más el clima raro, es nuestra nueva normalidad, un nuevo entorno que se quedará para reconfigurar nuestras vidas, nuestro trabajo, nuestro consumo y cómo nos cuidamos.
Y esta nueva normalidad ya está pagando costos. Cuando sube la temperatura, sube nuestro recibo de consumo eléctrico y el estrés en casa se agudiza; cuando hay sequía o exceso de lluvias en las regiones que producen nuestros alimentos, suben los precios de los alimentos básicos; cuando nos falta el agua o se vuelve escasa, la salud, la higiene y el tiempo de calidad se convierten en un lujo administrado.
El cambio climático no llega como una catástrofe de un día de titulares, llega como una suma de pérdidas, de vidas, de viviendas, de plantaciones de alimentos, de ganado, de carreteras, realmente llega a erosionar nuestro bienestar.
¿Qué se está haciendo ante el cambio climático? Se sigue pensando que solo es un problema ambiental, que solo es responsabilidad de los gobernantes o un fenómeno temporal. ¿Podemos hacer algo desde nuestras casas o entorno laboral?
Lo primero es aceptar la realidad, y tomar control de la situación. Desde casa debemos considerar que todas las decisiones cuentan: como reducir nuestros desperdicios, ser más eficientes con el consumo energético, consumir de forma responsable, mejorar nuestros hábitos para reducir nuestra huella.
En segundo lugar, debemos actuar como comunidad; organizándonos para proteger las zonas vulnerables, para desarrollar programas preventivos, para adaptarnos y ser resilientes de manera conjunta.
Y tercero, exigir una gestión pública efectiva de parte de gobiernos regionales, municipales y del gobierno central, con planes de resiliencia con indicadores, presupuesto y rendición de cuentas; programas de alerta temprana, infraestructura adecuada y ordenamiento territorial.
El cambio climático y sus efectos ya están en nuestras casas, en nuestro recibo, en nuestra calle, en nuestra comunidad.
Dejó de ser solo un titular de diarios internacionales, entonces debemos decidirnos a gestionarlos juntos; no mañana, la acción debe ser ahora.

Docente del departamento de Administración de la Universidad del Pacífico e investigadora del CIUP