Docente del departamento de Administración de la Universidad del Pacífico e investigadora del CIUP
La humanidad se encuentra en una coyuntura crítica. Durante la Cumbre por el Clima desarrollada en el marco del octogésimo aniversario de las Naciones Unidas, los científicos advirtieron que, a pesar de las décadas de negociaciones, compromisos y avances parciales por parte de los líderes de las economías, aún es posible mantener vivo el límite de 1,5 °C de aumento de la temperatura global, pero la ventana de oportunidad se está cerrando.
La próxima COP30, a realizarse en Brasil, será un punto de inflexión que pondrá a prueba la coherencia entre la evidencia científica, la voluntad política y la capacidad de los países para transformar sus promesas en acciones concretas.
Como ha señalado el secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, “la acción climática ya no es solo una exigencia de la ciencia, sino también de la economía y de la sociedad. Las energías limpias son competitivas y la acción climática es imperativa”. No obstante, lo que falta es velocidad y escala en su implementación.
En Belém, los países deberán cerrar la brecha de ambición de las Contribuciones Nacionales Determinadas y diseñar planes de reducción de emisiones hacia 2035 que contemplen todos los sectores: energía, industria pesada, transporte, uso del suelo y agricultura. Los líderes tendrán la responsabilidad de presentar un plan global creíble que combine mitigación, adaptación y justicia climática.
Resultará clave acelerar la transición energética hacia energía limpia, mediante inversión en redes eléctricas inteligentes, almacenamiento y eliminación progresiva de subsidios a combustibles fósiles. Para construir sistemas energéticos limpios, seguros y eficientes, los países deben invertir en infraestructuras de red y almacenamiento modernas y flexibles, así como en estaciones de recarga de vehículos eléctricos. Esto será posible al cumplimiento de las promesas globales de duplicar la eficiencia energética y triplicar la capacidad de las energías renovables para 2030, así como reducir las emisiones globales a cero netos para 2050.
De igual modo, es crucial reducir emisiones de metano, un gas de efecto invernadero con enorme poder de calentamiento, generado por las actividades relacionadas con el petróleo, el gas, la energía, la industria, el transporte, los edificios, la agricultura y el uso del suelo, cuyas reducciones pueden lograrse de manera rápida y con bajo costo.
No se debe dejar de lado la protección de los bosques, con el objetivo de poner fin a la destrucción de los mayores ecosistemas que realizan secuestro de carbono. Esto podría suponer una quinta parte de las reducciones de emisiones necesarias para 2030, especialmente la Amazonía, que constituyen sumideros naturales vitales de carbono.
La innovación debe ser el eje articulador de esta agenda de transformación. No hablamos únicamente de avances tecnológicos, sino también de innovación en modelos de gestión, financiamiento, políticas públicas y alianzas internacionales.
Desde el plano tecnológico, debemos desarrollar propuestas para proyectos de innovación que incluyan: Energías limpias (solar avanzada, eólica marina, hidrógeno verde); Sistemas de almacenamiento y redes inteligentes para garantizar estabilidad energética; Tecnologías de captura y uso de carbono (CCUS) aplicables en sectores industriales y Biotecnología y economía circular para reducir residuos y generar nuevos materiales sostenibles.
Pero tan relevante como lo tecnológico es la innovación organizacional que consideren mecanismos financieros que reduzcan el riesgo de inversión en países en desarrollo, alianzas público-privadas que potencien el impacto social de la transición energética, y sistemas de gobernanza que incluyan a comunidades locales e indígenas en la toma de decisiones. Las soluciones no pueden imponerse de arriba hacia abajo: deben ser co-creadas con los territorios, atendiendo las particularidades culturales, económicas y sociales de cada región.
Los países en desarrollo, como el nuestro son altamente vulnerables a los impactos del cambio climático, pero cuentan con recursos naturales, biodiversidad y capital humano que los posicionan como actores estratégicos en la solución.
Somos un país megadiverso, al mismo tiempo, uno de los más vulnerables al retroceso de glaciares, sequías y eventos extremos. Por ello debemos invertir en conservación de bosques, sistemas de monitoreo satelital y bioeconomía es tanto una medida de adaptación como de mitigación.
Se debe innovar en energías descentralizadas (solar fotovoltaica, mini hidro, biomasa) puede cerrar brechas sociales mientras reduce emisiones. Las mismas que necesitan herramientas para adaptarse y ser parte de la transición. Programas de innovación abierta, economía circular, incubación de negocios verdes y financiamiento climático inclusivo pueden convertir vulnerabilidades en oportunidades de desarrollo sostenible.
La ciencia nos alerta, la economía lo avala y la ciudadanía lo demanda. La COP30 no debe ser la última llamada ignorada, sino el inicio de una década de aceleración y aplicación real. Innovar para transformar no es una opción: es el deber histórico de nuestra generación.

Docente del departamento de Administración de la Universidad del Pacífico e investigadora del CIUP