Domingo

Terrible guerra del nuevo tipo en Israel

Para dolor de los judíos del mundo -con su memoria del Holocausto-, Israel hoy está expuesto al conteo comparativo de víctimas y a la acusación de estar violando el derecho internacional humanitario

"Para dolor de los judíos del mundo -con su memoria del Holocausto-, Israel hoy está expuesto al conteo comparativo de víctimas y a la acusación de estar violando el derecho internacional humanitario". Foto: composición de Fabricio Oviedo
"Para dolor de los judíos del mundo -con su memoria del Holocausto-, Israel hoy está expuesto al conteo comparativo de víctimas y a la acusación de estar violando el derecho internacional humanitario". Foto: composición de Fabricio Oviedo

Recién producido el bárbaro ataque de Hamas a Israel, del 7 de octubre, Joe Biden aconsejó al   primer ministro Biniamin Netanyahu que no se dejara llevar por la ira. En su memoria estaba el ataque de Al Qaeda a las Torres Gemelas y la triste experiencia de George W. Bush con su guerra contra el terrorismo. Por lo mismo, valoraba la excepcional solidaridad mundial con Israel agredido y pedía a su colega  tiempo de reflexión.

Pero el gobernante israelí no estaba en condiciones de escucharlo. Desde fines del siglo pasado, oponiéndose al primer ministro Itzhak Rabin y a su canciller  Shimon Peres, venía planteando que contra el terrorismo sólo valía la represalia  militar y que no era aceptable negociar con miras a un Estado palestino independiente. En ese contexto polarizante, Rabin fue asesinado por un fanático judío, los Acuerdos de Oslo comenzaron a agonizar y Netanyahu inició su larga e inicialmente exitosa carrera política.

Aquello, sumado a una crisis de su actual gobierno, podría explicar por qué, de manera instantánea, Netanyahu optó por responder el atentado con una guerra de exterminio contra Hamas, con la Franja de Gaza como teatro de operaciones. Cualquier analista pudo advertirle que, dadas las características demográficas y territoriales del escenario, esa guerra afectaría a más de dos millones de habitantes, arriesgando el capital de solidaridad producido. Según la vieja metáfora de Mao Zedong, sería como botar el agua sucia de la bañera junto con el bebé.

Es lo que está sucediendo. Para dolor de los judíos del mundo -con su memoria del Holocausto-, Israel hoy está expuesto al conteo comparativo de víctimas y a la acusación de estar violando el derecho internacional humanitario, lo que implica “comprender” la agresión terrorista. Para Antonio Guterres, Secretario General de la ONU. “los ataques de Hamas no han salido de la nada (…) los palestinos viven una ocupación sofocante desde hace 56 años, su tierra ha sido devorada poco a poco por asentamientos, y sus esperanzas de una solución política se han desvanecido”.

El más alto funcionario multilateral del planeta sugiere, así, que la catástrofe humanitaria en Gaza muestra a Israel como un país victimario.

El Superterrorismo

Recién producido el bárbaro ataque de Hamas a Israel, del 7 de octubre, Joe Biden aconsejó al   primer ministro Biniamin Netanyahu que no se dejara llevar por la ira. En su memoria estaba el ataque de Al Qaeda a las Torres Gemelas y la triste experiencia de George W. Bush con su guerra contra el terrorismo. Por lo mismo, valoraba la excepcional solidaridad mundial con Israel agredido y pedía a su colega  tiempo de reflexión.

Pero el gobernante israelí no estaba en condiciones de escucharlo. Desde fines del siglo pasado, oponiéndose al primer ministro Itzhak Rabin y a su canciller  Shimon Peres, venía planteando que contra el terrorismo sólo valía la represalia  militar y que no era aceptable negociar con miras a un Estado palestino independiente. En ese contexto polarizante, Rabin fue asesinado por un fanático judío, los Acuerdos de Oslo comenzaron a agonizar y Netanyahu inició su larga e inicialmente exitosa carrera política.

Aquello, sumado a una crisis de su actual gobierno, podría explicar por qué, de manera instantánea, Netanyahu optó por responder el atentado con una guerra de exterminio contra Hamas, con la Franja de Gaza como teatro de operaciones. Cualquier analista pudo advertirle que, dadas las características demográficas y territoriales del escenario, esa guerra afectaría a más de dos millones de habitantes, arriesgando el capital de solidaridad producido. Según la vieja metáfora de Mao Zedong, sería como botar el agua sucia de la bañera junto con el bebé.

Es lo que está sucediendo. Para dolor de los judíos del mundo -con su memoria del Holocausto-, Israel hoy está expuesto al conteo comparativo de víctimas y a la acusación de estar violando el derecho internacional humanitario, lo que implica “comprender” la agresión terrorista. Para Antonio Guterres, Secretario General de la ONU. “los ataques de Hamas no han salido de la nada (…) los palestinos viven una ocupación sofocante desde hace 56 años, su tierra ha sido devorada poco a poco por asentamientos, y sus esperanzas de una solución política se han desvanecido”.

El más alto funcionario multilateral del planeta sugiere, así, que la catástrofe humanitaria en Gaza muestra a Israel como un país victimario.

Era predecible

Recién producido el bárbaro ataque de Hamas a Israel, del 7 de octubre, Joe Biden aconsejó al   primer ministro Biniamin Netanyahu que no se dejara llevar por la ira. En su memoria estaba el ataque de Al Qaeda a las Torres Gemelas y la triste experiencia de George W. Bush con su guerra contra el terrorismo. Por lo mismo, valoraba la excepcional solidaridad mundial con Israel agredido y pedía a su colega  tiempo de reflexión.

Pero el gobernante israelí no estaba en condiciones de escucharlo. Desde fines del siglo pasado, oponiéndose al primer ministro Itzhak Rabin y a su canciller  Shimon Peres, venía planteando que contra el terrorismo sólo valía la represalia  militar y que no era aceptable negociar con miras a un Estado palestino independiente. En ese contexto polarizante, Rabin fue asesinado por un fanático judío, los Acuerdos de Oslo comenzaron a agonizar y Netanyahu inició su larga e inicialmente exitosa carrera política.

Aquello, sumado a una crisis de su actual gobierno, podría explicar por qué, de manera instantánea, Netanyahu optó por responder el atentado con una guerra de exterminio contra Hamas, con la Franja de Gaza como teatro de operaciones. Cualquier analista pudo advertirle que, dadas las características demográficas y territoriales del escenario, esa guerra afectaría a más de dos millones de habitantes, arriesgando el capital de solidaridad producido. Según la vieja metáfora de Mao Zedong, sería como botar el agua sucia de la bañera junto con el bebé.

Es lo que está sucediendo. Para dolor de los judíos del mundo -con su memoria del Holocausto-, Israel hoy está expuesto al conteo comparativo de víctimas y a la acusación de estar violando el derecho internacional humanitario, lo que implica “comprender” la agresión terrorista. Para Antonio Guterres, Secretario General de la ONU. “los ataques de Hamas no han salido de la nada (…) los palestinos viven una ocupación sofocante desde hace 56 años, su tierra ha sido devorada poco a poco por asentamientos, y sus esperanzas de una solución política se han desvanecido”.

El más alto funcionario multilateral del planeta sugiere, así, que la catástrofe humanitaria en Gaza muestra a Israel como un país victimario.

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