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César R. Nureña: “De un modo u otro, todos están metidos en algún tipo de argolla”

Raúl Mendoza

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ENFOQUE. Para Nureña, el estudio clínico de la vacuna china ha perdido credibilidad porque no respetó sus propios protocolos. Foto: John Reyes
ENFOQUE. Para Nureña, el estudio clínico de la vacuna china ha perdido credibilidad porque no respetó sus propios protocolos. Foto: John Reyes

Antropólogo por la UNMSM. Magíster en Sociología por la Universidad Iberoamericana.

César Nureña es un antropólogo sanmarquino que estudia el tema de las argollas y los círculos de poder desde hace varios años, como parte de su proyecto de doctorado en ciencias sociales. A propósito del escándalo de las vacunas de Sinopharm, suministradas a políticos, funcionarios públicos, empresarios, amigos y familiares de los investigadores de la Universidad Cayetano Heredia, conversamos con él sobre los privilegios que tienen ciertos sectores en nuestro país. Él ha sido además uno de los 12 mil voluntarios que participaron de buena fe en el estudio clínico de la vacuna china y tiene una mirada crítica sobre lo ocurrido.

En su artículo “La epidemia de argollas” una de las definiciones de argolla que recoge es: “El privilegio, la gollería, la vara, el contactarse”. El vacunagate grafica bien estos conceptos.

Sí. Una de las cosas que quiero decir con ese artículo y con mi investigación es que la argolla significa muchas cosas para diferentes personas. Muchos peruanos emplean la expresión con esas significaciones: la gollería, la vara, el contactarse. Y para otros, la argolla no solo es eso, sino que es todo un grupo de poder, una estructura jerárquica de poder, o una gran red. Y así cada peruano tiene su propia noción de la argolla. Muchas de estas acciones, que pueden ser los amarres, el contactarse, generalmente son acciones que los peruanos reconocen como abusos de poder. Porque contactarse puede estar bien para muchos, pero otros lo ven mal dependiendo de para qué se hace. Y cuando involucra un abuso de poder o una injusticia, mucha gente le suele dar la connotación de argolla.

En este caso de las vacunas se cumplen varias de estas situaciones que me comenta

Definitivamente. La gente habla de argollas cotidianamente, en los medios, en las redes, Twitter, Facebook. Por mi investigación, estoy siempre sondeando estos ambientes y he visto una cantidad enorme de personas que reconocen como una argolla el que se hayan estado dando gollerías, privilegios, pero también reconoce como argolla a toda esa red de personas vinculadas con los círculos de poder, y a veces también se reconoce como argolla a los subgrupos: por ejemplo, los círculos familiares y amicales de los investigadores, los círculos dentro del Ministerio de Salud o de la Cancillería. Es un lenguaje que los peruanos han desarrollado para confrontar al poder abusivo y arbitrario, más allá de lo que pueda significar para cada peruano.

El doctor Germán Málaga, responsable de la investigación de Sinopharm, ha dicho: “No se trata de privilegios, se trata de que las cosas funcionan así”. ¿Qué reflexión le suscita esa frase?

Hay ahí un tremendo cinismo y efectivamente es como el reconocimiento de que así funcionan las cosas. Y el tipo simplemente está siendo sincero. Muchos peruanos saben que por más que tengan nociones democráticas, en su vida cotidiana las cosas funcionan así porque el mundo en el que estamos inmersos es injusto, desigual, jerárquico, un mundo donde abunda el abuso. Y para desenvolvernos allí muchas veces se recurre al amigo, al padrino, a la vara, al tarjetazo. Porque cuando quieren seguir las normas, muchas veces quedan en desventaja. Porque el que ingresa su solicitud es empapelado, y el que va con el contacto amigo del funcionario, ese sí avanza. Ese tipo de detalles cotidianos llevan a que las personas se den cuenta o piensen que en el mundo las cosas funcionan así. Reconocerlo no es tan sencillo y a veces tiene un componente de cinismo. Se supone que lo políticamente correcto es decir que debería haber igualdad, justicia, pero en el fondo los peruanos saben que no es así.

Todo indica que las personas vacunadas por fuera del ensayo clínico -el expresidente Vizcarra, ministros, funcionarios, amigos- no sentían que estaban haciendo algo malo. ¿Somos una sociedad que ha normalizado los privilegios de unos sobre otros?

Lo que veo es que los peruanos no tenemos un único código de comportamiento. Todos hemos llevado educación cívica en el colegio, y en muchas partes nos hablan de las normas de la ciudadanía, la democracia, la igualdad, la justicia, pero ese no es el único código. En todas las sociedades, las personas se guían también por sus códigos de parentesco, reciprocidad, confianza. Lo que ocurre es que en el Perú ese código entra en conflicto con el otro código, el de las reglas, de la ciudadanía. En el Perú ese conflicto es muy amplio. Porque los espacios que cuentan con regulaciones y con aparatos efectivos para hacer cumplir las normas son muy pequeños. Son tan pequeños que en todas las esferas de la sociedad las personas actúan de acuerdo a su código particular de reciprocidad, amistad, confianza. Y no necesariamente sienten que están haciendo algo malo. Me imagino a Málaga, si no le daba vacunas a su hija o a sus parientes, su círculo próximo lo vería como alguien egoísta. Pero ese conflicto puede desplegarse porque actúa bajo espacios no regulados. ¿Quién verificaba lo que él hacía con la vacuna? Debió ser el Ministerio de Salud, pero estaban comprometidos. Y aun sin estarlo, dudo que tuvieran capacidad o poder para fiscalizar lo que hacía. Donde no hay aparatos para hacer cumplir las normas, las personas despliegan sus códigos de reciprocidad, confianza, patronazgo, parentesco. Eso es lo que habitualmente ocurre en el Perú.

Vizcarra mintió al decir que era parte de los 12 mil voluntarios, la exministra Pilar Mazzetti también lo hizo al afirmar que se vacunaría al final. ¿Siente que nos subestiman?

Lo que han hecho no es solo cuestionable moralmente sino peligroso para la sociedad peruana. Porque son representantes del Estado y mucha gente ha confiado en ellos. Particularmente yo no confiaba, por su manejo desastroso de la pandemia. Pero mucha gente confiaba en que estuvieran haciendo lo mejor dentro de sus posibilidades para paliar la crisis. Esto es peligroso porque todas las sociedades se sostienen únicamente por la confianza de las personas de que existe un Estado. El Estado no existe solo porque existe el Palacio de Gobierno, uno puede arrasar el edificio mañana, y el Estado sigue porque no está allí. Está en las cabezas de las personas que creen y confían en que existe una organización estatal que rige las normas y protege a la sociedad. En el momento en que se quiebra esa confianza, eso es muy peligroso. Imagínate que surjan estos separatistas que uno los toma como loquitos en Puno y digan “esta es la prueba de que son unos traidores a la patria. Y hacemos nuestro país aparte”. Lo hecho es irresponsable, peligroso y patológico.

Es una crisis de confianza institucional. Ya no se confía en el Estado, en la clase política, incluso en los estudios de la vacuna que se estaban llevando a cabo.

Y en una situación crítica sin precedentes en la historia del Perú. La cantidad de muertos, el sufrimiento de la gente que busca oxígeno y no lo tiene. Estos actos de las autoridades echan por tierra la poca confianza que existe en ellas. El Perú es un caso extremo de desconfianza en las instituciones políticas en toda América Latina. Hay mediciones anuales del barómetro y otros estudios, que muestran que el Perú es frágil en eso y ya da miedo ver cuál va a ser el próximo resultado de esas mediciones. La actuación de las autoridades está tirando por tierra la muy frágil confianza de la población de que existe un Estado que está ahí para protegernos

Este caso ha demostrado que cuando el acceso a algo es limitado, el privilegio lo tiene el poder político, económico. Y eso no es nuevo en nuestra historia

No, es continuo. Si lo vemos por el lado que planteas, no hay una diferencia entre Francisco Pizarro y su grupo el primer día que se hicieron con el gobierno del Tahuantinsuyo, y ahora. Pero no quiero decir que esto sea como una herencia colonial. Más bien sostengo que el que sigan existiendo élites y grupos argollísticos que controlan la sociedad y el poder se debe a que en el Perú persisten condiciones económicas, políticas, estructurales para que esto sea posible continuadamente en el tiempo. Cuando se comenzó a inyectar el republicanismo en muchas sociedades, al Perú le tocó el placebo. No ha habido un arraigo del republicanismo porque significa ciudadanía, democracia, justicia, igualdad. Son ideas que para que sean efectivas necesitan de un aparato de imposición de normas, lo que en teoría deberían ser la Fiscalía de la Nación, el sistema de justicia, la fiscalización laboral, etc. En esos aspectos el Perú es débil. Está por debajo del promedio latinoamericano en cantidad de jueces, fiscales, fiscalizadores laborales, y órganos de vigilancia y cumplimiento de normas. En el Perú, cada quien hace lo que le da gana porque hay pocas probabilidades de que vengan a fiscalizarlo.

En su artículo, usted señala que la fi gura de la argolla está presente casi desde inicios de la época republicana en nuestra historia.

Sus antecedentes en realidad vienen desde antes de la conquista, en el mundo hispánico. Luego de la independencia, en el siglo XIX, en el Perú, es que comienzan a aparecer muchos más sentidos. Al punto que hoy tenemos una enorme diversidad de sentidos para argolla. Yo ya voy registrando alrededor de setecientos diferentes usos del símbolo de la argolla en el lenguaje cotidiano de los peruanos. Los peruanos como sociedad a lo largo de la historia se han apropiado de este símbolo para cargarlo de sentidos y utilizarlo como un arma retórica contra el poder.

¿Somos un país moralmente en quiebra, como ha dicho el sociólogo Guillermo Nugent?

A partir de mi investigación lo que yo encuentro es que justamente esta fi gura de la argolla nos ayuda a darnos cuenta de que los peruanos expresamos un malestar con esa situación. Yo leía a un colega que decía “todos hemos pecado en la argolla”. De un modo u otro, todos practican o están metidos en algún tipo de argolla. Pero los peruanos se quejan contra eso, es un malestar contra las mismas prácticas que las personas tienen. Hay una autocrítica. Eso me lleva a pensar que los peruanos desean una sociedad más justa, más ordenada y el símbolo de la argolla expresa eso.

A propósito de lo ocurrido con las vacunas, no podemos olvidar que entre nosotros está siempre presente la criollada, la viveza, el “yo primero”.

Yo diría allí, como antropólogo, y uno de los roles del antropólogo es comparar sociedades, que en principio no hay que ver como que el Perú es especial en esto. Estas transgresiones existen en la mayoría de las sociedades actuales. Donde no existe tanto es en un grupo de países del primer mundo y la diferencia allí es que esos países privilegian desde los estados y desde sus élites la separación entre el terreno público y el terreno privado. Pero no es solo que la conciben y quieren esa separación, sino que implementan unos aparatos administrativos fiscalizadores para vigilar eso. Y esos mecanismos no los tenemos.

Este caso de las vacunas debe culminar con sanciones, porque si hay impunidad eso hablaría otra vez de que hay privilegiados a los que la justicia no los alcanza.

Este caso es y va a ser por mucho tiempo un caso emblemático, que también nos desafía como sociedad. Lo que ocurra de aquí en adelante, es decir cómo se procesa, cómo se maneja, qué va a pasar ahí, va a decir mucho de nuestra capacidad de respuesta. Tienen que ser sancionados los responsables. Yo he sido voluntario y pienso que no existe ninguna posibilidad de que ese estudio dé resultados verificables con alguna rigurosidad, porque el señor Málaga se pone a experimentar por su cuenta, sin protocolos, sin consentimiento informado, sin permiso del INS, diciendo que va a poner tres dosis, cuando solo tiene permiso para usar dos dosis. No hay forma que se le pueda reconocer como un investigador apto para tener a su cargo la responsabilidad de seres humanos en una investigación. Este es un daño terrible a los peruanos, a la ciencia, a las instituciones académicas y a la credibilidad del país.