Historia

Los nevados de Lima [VIDEO]

En los ambientes del MALI se exhibe un lienzo pintado en 1860 con un paisaje del actual distrito de San Juan de Lurigancho, donde se pueden ver picos nevados vecinos a Lima. Fuimos en busca de esas montañas.

Roberto Ochoa

Domingo, 11 de Febrero del 2018

Nadie le creyó a Flora Tristán cuando describió el paisaje marino y nevado que contempló en 1834, desde el campanario de la iglesia de Santo Domingo, en pleno Centro Histórico de Lima.

En el capítulo VIII ('Lima y sus costumbres') de su célebre libro Peregrinaciones de una paria, escribió: "…Mi horizonte era de lo más variado. El campo que rodeaba la ciudad era muy pintoresco. En la lejanía aparecía el Callao con sus dos castillos y la isla San Lorenzo. Los Andes cubiertos de nieve y el Océano Pacífico completaban el cuadro. ¡Qué panorama más grandioso!...".

"Pensé que era una figura retórica de Flora Tristán", reconoce Ricardo Kusunoki, curador del Museo de Arte de Lima (MALI) y responsable de la adquisición del óleo pintado por el artista estadounidense Cyrenius Hall, en 1861 (treinta años después de la descripción de Flora Tristán), que revela la existencia de nevados muy cerca de Lima.

La obra se exhibe en una pared vecina a la sala de fotografías antiguas y próxima a los fastuosos lienzos de la Escuela Cusqueña. No es una obra maestra pero su valor radica en la reproducción casi fotográfica de un paisaje de la campiña limeña, en una época en la que no abundaban los paisajistas de espacios periféricos de la capital peruana.

No fue difícil ubicar la zona donde fue pintada.

Está exactamente en un "abra" o antiguo paso de chivateros que unía el Rímac con la zonas conocidas como Caja de Agua y Zárate, hoy en San Juan de Lurigancho. Desde el Rímac se puede acceder por las vías peatonales ubicadas a la altura del Colegio María Parado de Bellido. Muy cerca al nuevo túnel que une ambos distritos.

En estos días del siglo XXI, este mirador natural luce totalmente urbanizado. A diferencia del óleo, ahora el único espacio verde es una cancha de fulbito con pasto artificial. Tampoco se ve el curso del río Rímac pero sobresale la vía férrea del tren eléctrico. Casi todos los cerros han sido urbanizados y ya no existe una colina que fue volada para dar paso a la autopista Ramiro Prialé.

En el óleo, justo al frente de las lomas de la Atarjea, sobre uno de los cerros de Mangomarca, el artista inmortalizó dos picos nevados que corresponderían –por la distancia desde la ubicación del artista– a montañas ubicadas entre las cuencas de los ríos Huaycoloro (Jicamarca) y Rímac, a la altura de San Jerónimo de Surco o Matucana.

Cumbres nevadas

Al testimonio escrito de Flora Tristán en 1834, y gráfico de Cyrenius Hall, se suma la descripción del célebre viajero George Squier. En 1877 escribió: "...La vista desde el puente, particularmente de la parte superior del valle es magnífica (...) al frente el cerro San Cristóbal, con una larga sucesión de pardas montañas que encierran los verdes valles que, en conjunto, constituyen una vista majestuosa rematada tan solo por las nevadas cordilleras".

Un siglo antes de la presencia de Squier en nuestra ciudad, el Cabildo de Lima virreinal decidió crear el Estanco del Hielo para controlar los ingresos que generaba la comercialización de este insumo procedente de los nevados limeños.

Los fondos generados por el Estanco de Hielo sirvieron para mantener El Paseo de Aguas y la Alameda de los Descalzos, dos espacios de esparcimiento para los limeños de la época. En esos días también se registraron juicios y protestas de las comunidades de Jicamarca y Huarochirí que se quejaban por los trabajos forzados, a través de la llamada mita, para extraer y transportar el hielo hasta la capital.

Las "raspadillas" eran (y son) el refresco favorito de los limeños durante el verano austral. Y se sabe que ya se consumían en Lima cuando aún se llamaba Ciudad de los Reyes. Incluso existen testimonios de viajeros procedentes de Paita que afirman que en Ancón, última parada previa a la capital, se consumían refrescantes raspadillas preparadas con hielo de nevados.

Copos de algodón

Otra descripción de las sierras nevadas, vistas desde la capital peruana, data de 1632, dos siglos antes del testimonio de Flora Tristán.

En el libro AGUA, escrito por el arqueólogo Jonathan Palacios, se cita la descripción realizada por fray Buenaventura de Salinas y Córdova, un cura franciscano respetado por sus opiniones sobre política y economía virreinal, y odiado por la alta jerarquía eclesiástica cusqueña por denunciar los atropellos que sufrían los indios.

El fraile describió su visión desde el puente de piedra que une el centro de Lima con el Rímac: "...la misma naturaleza corona aquestos cerros de inmensidad de nieve, levantando montañas sobre montes, que desde la ciudad las vemos blanqueando, como copos de algodón...".

Y son precisamente estos "copos de algodón" los que graficó Cyrenius Hall dos siglos después en el óleo que se exhibe en el MALI.

Nievería y Nieve-Nieve

Hoy todavía quedan vestigios de la ruta del hielo. En el propio San Juan de Lurigancho muy cerca a la quebrada del Huaycoloro existe la toponimia "Nievería", que marca el lugar donde se almacenaban los hielos procedentes de los nevados huarochiranos. Este viejo camino está en desuso pero existen testimonios de recuas de llamas y mulas que transportaban los bloques de hielo para satisfacer la creciente demanda limeña durante el virreinato y en los primeros cien años de la República.

En la quebrada del río Lurín está el poblado Nieve-Nieve, ubicado entre Santa Rosa de Chontay y Sisicaya (cerca de Cieneguilla), conocido por albergar un tramo bien conservado del antiguo Qhapaq Ñan que unía Pachacámac, Jauja y Cusco. Sin embargo, falta saber si el hielo almacenado en Nieve-Nieve procedía de la lejana cordillera del apu Pariacaca o si los nevados estaban mucho más cerca, en las cumbres vecinas a los pueblos de San Andrés de Tupicocha y San Damián de los Checa, donde aún existen lagunas de origen glaciar.

Provoca imaginar que el proceso de desglaciación, propio del calentamiento global, empezó muchos años antes de lo previsto. Una explicación más certera, sin embargo, es lo que los geólogos denominan la Pequeña Edad del Hielo (PEH), una etapa de enfriamiento global desde los siglos XIV hasta fines del XIX, provocada por una notable disminución de la actividad solar.

En los estudios del célebre glaciólogo Bernard Francou se cita una fecha clave: 1880, año en que habría concluido el PEH, según investigaciones de geólogos que estudiaron los Andes a principios del siglo XX.

Una acuarela, atribuida al sabio Antonio Raimondi, que representa el paisaje de la Quebrada de Pincuyuyoc, en el alto Rímac, sirvió para que algunos glaciólogos afirmaran que los glaciares de la zona alcanzaron su máxima extensión en el año 1862.

Desde entonces, las nieves retrocedieron pero el proceso de desglaciación se aceleró a partir de 1976 cuando "...el retroceso de los glaciares se acelera en la cordillera Blanca, como en todos los Andes centrales", sostiene el sabio Francou.

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