
Una más de las consecuencias nefastas de estos años de deterioro de la calidad de nuestra representación política es una sensación insidiosa de impotencia. Salvo la exitosa defenestración del gobierno de Merino, gracias a una importante movilización ciudadana, de ahí en adelante todo ha sido cuesta abajo. Los 50 asesinados durante la última gran protesta, a fines del año 2022 e inicios del 2023, y la subsecuente impunidad para los perpetradores —hoy elevada al rango de leyes procrimen— sin duda contribuyeron decisivamente a consolidar esa percepción de temor y desesperanza aprendida.
Esto favorece, sobra decirlo, a quienes están convirtiendo al Perú en un país gobernado por mafias, tanto ilegales como legales, por así decirlo. Todos los avances que habíamos logrado como comunidad nacional han sido progresivamente desmantelados, fomentando un entorno en donde retornan las universidades estafa, la minería ilegal, prolifera el narcotráfico y los extorsionadores que siguen asesinando conductores y cobradores de transporte público que no paguen sus cupos. Añádase el gasto público que se han atribuido los congresistas, generando un despilfarro descomunal del dinero de todos en beneficio de esos indignos representantes.
Cierto, estamos en un compás de espera, durante el cual la flamante presidenta deberá anunciar su gabinete y, el 28 de julio, las medidas que tomará para enfrentar los desafíos mencionados, en gran parte creados o agravados por su bancada y los demás miembros del pacto congresal. No hay, sin embargo, por lo menos en la mitad del país que no votó por ella, expectativas de un cambio de rumbo, ahora que ya logró su objetivo a la cuarta intentona.
Pero, desde el punto de vista de mi profesión, el tedio es un aliado poderoso de los regímenes autocráticos. La resignación que lo acompaña permite avasallar a la población, debilitando el vínculo social. Lo que estos gobiernos valoran es la sumisión, del mismo modo que temen —y por eso reprimen— las manifestaciones de protesta. El mensaje implícito es: dejen todo en nuestras manos, ustedes dedíquense a lo suyo. Esta infantilización de las personas viene aparejada con una orden —implícita— de no pensar. De ahí que requieran el control de todas las organizaciones encargadas de contener y sancionar el abuso de las autoridades. Como todos sabemos, ya lo tienen.
Este es un hecho inédito en nuestra historia. Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos obraron en la sombra, con rumas de billetes de por medio, durante buena parte de la década de los noventa, para lograrlo. La hija del dictador se sentará en el sillón presidencial con el trabajo sucio terminado, o casi. No le hará falta la salita del SIN. Esto es lo que Orwell, en '1984', denominó la policía del pensamiento. Es por eso que los magistrados que aún persisten en respetar y hacer valer la Constitución deben ser “barridos”. No barrer la corrupción, sino a quienes pretenden atajarla.
En su 'Libro del desasosiego', el inmenso poeta portugués Fernando Pessoa lo describe así: “Sí, el tedio es eso: la pérdida, por parte del alma, de su capacidad de ilusionarse, la ausencia, en el pensamiento, de la escalera inexistente que le permite subir sólido hasta la verdad”. Este párrafo nos advierte que ese tedio trae aparejada la renuncia a pensar, a la búsqueda de la verdad. De ahí que la proliferación de falsedades y posverdades sea un instrumento de este progresivo desarme de nuestras capacidades mentales.
El deprimente panorama esbozado incluye, sin embargo, su antídoto. Si somos capaces de resistir a esa aplanadora del pensamiento y la verdad, rebelándonos, vinculándonos, simbolizando, pensando, mantendremos viva la esperanza de construir una comunidad nacional más justa y respetuosa de los derechos de todos, sobre todo de quienes piensan diferente. No olvidemos que los resultados electorales indican con claridad que quien ha ganado es, sobre todo, el miedo. La mitad del país, es evidente, no es fujimorista. Ni siquiera las tres cuartas partes, por lo demás.
Pero sí es un grupo enorme de gente asustada por lo que imaginaban sería la inminencia del comunismo, además de la continuación de la inestabilidad que ha caracterizado estos años… debido a la alianza de congresistas de todo pelaje. Hay, entre quienes votaron por ese miedo, un legítimo anhelo de seguridad económica y estabilidad política. Estos grupos de personas están dispuestos a renunciar a sus derechos con tal de sentirse protegidos. Cualquier semejanza con los métodos extorsivos no es coincidencia.
Como siempre ocurre en el Perú cuando las tensiones internas son afiebradas, irrumpen el racismo y el clasismo. Con estos antiguos flagelos de nuestra escindida sociedad, reaparecen los velados fantasmas de excluir a quienes son considerados incapaces de elegir bien. Esas divisiones infectadas serán otro gran reto para el nuevo gobierno. Hasta ahora no han mostrado esa capacidad de escucha y diálogo, indispensable para entender y procurar achicar esas brechas ancestrales, que se vieron reflejadas en los mapas de los resultados electorales. Baste recordar que los votos que le permitieron, finalmente, ganarle al “panetón” fueron, para Keiko Fujimori, los de los peruanos en el extranjero.
El desaliento provocado por este resultado en la mitad del país es lo que Pessoa describía así: “Hay un aislamiento de nosotros en nosotros mismos, pero un aislamiento donde lo que separa está estancado como nosotros mismos, agua sucia rodeando nuestro desentendimiento”. También a ese estancamiento nos enfrentamos.





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