
Se agudiza la tragedia venezolana. Corren las horas y encuentran más víctimas, más destrozos. Cada minuto que pasa puede ser el último para un joven, un adulto, un niño, incluso para una mascota. Es posible que haya cifras de horror en los próximos días. Los sismos registrados han sido de una magnitud descomunal para un pueblo con poca cultura preventiva.
Tal vez el motivo por el cual esta desgracia nos toca tanto es que muchos venezolanos viven entre nosotros desde hace varios años. Su dolor no está lejos, sino en el mismo aire que respiramos. Hemos visto cómo han venido en los últimos años, muchos de ellos literalmente desesperados, a buscarse un futuro, a trabajar sin descanso en actividades que les permitan sobrevivir.
Ahora tienen encima escombros provocados por una sacudida de la naturaleza, no por las rajaduras de la democracia. Y, aunque es cierto que los sismos también deben mirarse desde un enfoque político y social, para entender por qué un país se vuelve tan vulnerable, no es tiempo de ajustar cuentas ideológicas ni de estigmatizar a los migrantes con generalizaciones infames.
Es tiempo de ayudar, no de maldecir. Sí se pueden entender algunas verdades palmarias. Una es que, si un país no tiene afinadas políticas de prevención o de gestión del riesgo, el desastre social será mayor. Otra consiste en comprender que la estabilidad del sistema democrático, por imperfecto que sea, es vital para proteger a la población y para que quede en pie tras el desastre.
En Venezuela, la gente ya está reaccionando por cuenta propia, como ocurrió en México tras el infausto terremoto de 1985, que aconteció cuando aún gobernaba el granítico Partido Revolucionario Institucional (PRI). Incluso al núcleo de poder más sólido, un terremoto de estas dimensiones puede hacerlo tambalear. Por eso, la ayuda internacional es indispensable.
Venezuela está en el piso. Es hora de levantarla y no de darles con palo a los presuntos responsables. Deben asumirlo sus líderes, sus tutores, sus tirios y troyanos, sus aliados de ahora y de antes. La política, al fin, si de eso se trata, tiene que procurar el bien común: debe preservar el derecho a la vida, eso que ahora se esfuma entre piedras y fierros retorcidos.





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