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Opinión

La infancia que te recibe, por René Gastelumendi

El nuevo presidente del Perú enfrenta un grave desafío: el 34.9% de los niños menores de tres años sufre anemia, con cifras alarmantes en regiones del sur andino como Puno.

anemia
Personal de EsSalud realizó tamizaje de anemia a menores de tres años. Foto: EsSalud.

El Perú recibe a su nuevo presidente biológicamente hipotecado. Las cifras de la Encuesta Demográfica y de Salud Familiar (ENDES) del INEI queman: el 34.9% de los niños peruanos menores de tres años sufre anemia, un porcentaje que bajó en la estadística oficial tras una reciente actualización metodológica, pero que mantiene intacto el drama social. En regiones del sur andino como Puno, la cifra es pavorosa, ya que supera el 75%. Eso significa que tres de cada cuatro niños en el Altiplano no tienen suficiente hierro en la sangre. El asunto se complica más porque la anemia no es la única gran enemiga de nuestra infancia y, por ende, de nuestro futuro. La desnutrición crónica, que afecta al 12.1% de niños menores de cinco años a nivel nacional, casi se duplica en las comunidades rurales de la Amazonía y los Andes debido al abandono histórico del Estado, y alcanza el 21.7%.

El Perú, que hace algunos años, en medio de mucho entusiasmo, era considerado el milagro económico, ostenta hoy tasas de anemia infantil peores que las de vecinos con menores ingresos. Sí, registramos más casos que Ecuador y Bolivia. Mientras Chile erradicó virtualmente la desnutrición crónica infantil hace décadas, el Perú comparte el sótano de la región con los países centroamericanos más rezagados. El milagro fue solo para los indicadores macroeconómicos; no tanto, casi nada, para los niños.

El daño a mediano plazo es irreversible. Un niño con anemia en sus primeros mil días de vida sufre una pérdida irreparable en la mielinización (el cableado, digamos) de sus neuronas y en sus conexiones sinápticas. Daño permanente. A los 5 o 6 años, cuando entre al colegio, ese niño no tendrá la capacidad de atención, ni la memoria, ni la flexibilidad cognitiva para procesar la comprensión lectora o las matemáticas. El Estado puede construir el colegio más moderno o cambiar el currículo escolar, pero intentará enseñarle a un cerebro que fue privado de oxígeno y nutrientes cuando se estaba formando. Es una cruel falla de origen: un ser humano que, de arranque, pierde el potencial de su principal equipamiento biológico: el cerebro para pensar. No hablamos de la lotería genética, hablamos de política pública: escuelas repletas de niños que repiten el año o quedan rezagados en las evaluaciones porque sus neuronas no dan más, y también hospitales colapsados por adultos crónicamente enfermos con males relacionados, como la diabetes o la hipertensión.

La anemia no es un problema de caridad; es el suicidio de gestión del Perú. ¿Qué país productivo pretendemos ser en 2035 o 2040? Estamos sembrando una futura masa laboral con ventajas cognitivas y físicas reducidas. Una injusticia, una inhumanidad. El Perú del futuro no podrá competir en la economía del conocimiento o de la inteligencia artificial si casi la mitad de sus ciudadanos actuales está creciendo con el cerebro apagado por la anemia y la desidia.

De nada sirve defender el Capítulo Económico del 93 como un dogma sagrado si el modelo es incapaz de ponerles un plato de proteínas y hierro a los niños de las regiones que producen el mineral. El mercado solo no sana el cerebro de un niño; se necesita un Estado eficiente que gestione la salud. De nada sirve, tampoco, la demagogia del fetiche de la Asamblea Constituyente. Un niño con desnutrición crónica en Loreto o en Huancavelica no necesita que le redacten un poema plurinacional en una hoja en blanco; necesita gotas de sulfato ferroso, agua potable para que los parásitos no le sigan robando los nutrientes y una posta médica con un médico real. La anemia no es un problema de falta de dinero; es la prueba máxima del colapso de la gestión pública. El 28 de julio del 2026, el nuevo jefe de Estado se pondrá la banda presidencial ante un país donde más de un tercio de su futuro ya fue mutilado en el frágil silencio de su infancia.

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