
Keiko Fujimori ha marcado la política peruana los últimos 20 años. Ha mantenido y construido, con su partido Fuerza Popular, la corriente política más estructurada a nivel nacional: el fujimorismo. También ha mantenido y extendido su némesis, bestia negra o eterno vencedor: el antifujimorismo, articulado en diversos y dispersos movimientos ciudadanos. Sobre los logros y escombros de su padre, construyó su propia historia. Fue la congresista más votada el 2006; ha pasado cuatro veces a segunda vuelta: el 2011 y 2021 en segundo lugar, y el 2016 y 2026 en primer lugar. Es la política que ha logrado la más alta votación en primera vuelta durante este siglo: el 2016 obtuvo el 39,9% de votos válidos. Tiene méritos propios; mezquino sería negarlos. Lamentablemente, el antifujimorismo no ha sido capaz de forjar políticos de su potencia que le hagan frente. Ella, sobre el fujimorismo, ha construido el keikismo; felizmente, ha construido también el antikeikismo, que se suma al antifujimorismo.
Keiko, a diferencia de su padre, ha organizado el fujimorismo en un solo partido. Alberto Fujimori creaba uno o más partidos para cada elección nacional o municipal; ella acumula, su padre dispersaba. Keiko nunca ha ganado la presidencia, pero, curiosamente, gobierna tras bambalinas desde el Congreso. Su padre instaló una dictadura desde el Ejecutivo; ella, un parlamentarismo de facto desde el Congreso. Alberto dio un autogolpe y se hizo reelegir inconstitucionalmente dos veces (1995 y 2000). Ella, luego de sus derrotas electorales, a partir del 2016, desde fuera del gobierno, ha asaltado varias veces el Ejecutivo con sus bancadas parlamentarias. Su padre se hacía reelegir ilegalmente; ella asalta el Estado y gobierna también inconstitucionalmente. Él gobernaba desde Palacio, formalmente, con “asesores mafiosos”; ella gobierna, desde la oscuridad, informalmente, con socios mafiosos.
Resalto cinco rasgos del fujimorismo: su vocación antidemocrática y desprecio a los derechos humanos, su esencia económica mercantilista, su carácter hipercorrupto, su articulación mafiosa y la constitucionalización de su modelo. Esas características, en la dictadura de los 90, fueron mediatizadas por el control del desastre económico dejado por Alan García y el repunte productivo, el combate al terrorismo de Sendero Luminoso y el MRTA, y un extendido populismo asistencial mediante novedosos programas sociales y obras de infraestructura básica en todo el país. Mucho palo, robo y zanahoria. Fujimori instaló e inauguró la cárcel como destino de casi todos los presidentes que lo han sucedido, por corruptos o autoritarios. Decirlo crudamente es ser “terruco”, “caviar”, comunista.
El keikismo es el fujimorismo empeorado, la peor versión de Alberto Fujimori. Repite, agrava y empeora lo malo. Las cosas “buenas” las ha rehecho para destruirlas. La vena autoritaria de la dictadura fujimorista, que destruyó la democracia en los 90, está presente hoy, en peores condiciones, desde el Congreso; el nulo respeto a los derechos humanos sigue manifiesto y, esta vez, tiene como líder a un ex crítico de su padre, asalariado suyo, que preside el Congreso; el manejo económico ha ratificado un mercantilismo a ultranza; la venta de favores estatales y el cobro de coimas por financiamiento público desde el Congreso es regla, no excepción; la Constitución de 1993 de su padre es un remedo, un remiendo: ha sido violada y rehecha a su antojo. Hoy es una constitución keikista más que fujimorista.
Hay un rasgo más brutal y perverso: la organización estatal y gubernamental al servicio de la mafia. El keikismo ha destruido la institucionalidad republicana del Perú; ha convertido al Estado en un instrumento del crimen, de organizaciones criminales y de socialización criminal. No existe desgobierno, hay gobierno del crimen; no existe desorden social, hay anomia o descomposición social; no existe crisis de valores, hay amoralidad; no existe anarquía, hay ingobernabilidad. El keikismo lo ha logrado mediante una cadena de pactos subrepticios, oscuros, con aliados o adversarios, que la ciudadanía llama Pacto Mafioso. El Leviatán de Hobbes, el Estado creado por un pacto social para encauzar el estado salvaje de los humanos en vida social, ha sido derrotado desde dentro; ha sido reemplazado por un pacto mafioso destinado a realizar granjerías de sus gobernantes. El ogro filantrópico de Octavio Paz, el Estado grotescamente benefactor, ha sido convertido en un ogro perversamente criminal.
El keikismo, luego de su rechazada derrota ante PPK el 2016, teniendo la misma orientación económica, lo acorraló hasta forzar su renuncia, devolvió a prisión a su padre indultado y destituyó del Congreso a su hermano Kenji; pactó con Vizcarra y lo puso de presidente. Este los traicionó y nuestra crisis se agravó. El 2021, otra vez, rechazando su derrota, acorraló a Pedro Castillo, pactó con Dina Boluarte, la puso de presidenta y esta se sometió; la vacó cuando no le era útil, puso a Jerí, un congresista corrupto que duró pocos meses. Hoy, con otro congresista puesto como presidente contra su voluntad, lo controla y manipula a través de su presidente congresal. El keikismo, con sus aliados, en pacto mafioso, pone y saca presidentes y ministros, y controla los organismos gubernamentales.
Ese keikismo, desde el Congreso, en pacto mafioso, controla también el sistema de justicia, desde la designación de los miembros de la Junta Nacional de Justicia, y con ellos designa a los magistrados del Poder Judicial y el Ministerio Público, y a los jefes de los organismos electorales ONPE y Reniec. Este Congreso, del pacto mafioso, ha designado también a los miembros del Tribunal Constitucional y al defensor del Pueblo. En el campo económico-financiero ha ratificado al presidente del BCRP, designado al superintendente de la SBS y al contralor general de la República. El keikismo y sus aliados, desde el Congreso, son quienes mandan y gobiernan en el Perú.
El keikismo, a diferencia del presidencialismo fujimorista, es un parlamentarismo de facto, una parlamentocracia mafiosa que gobierna nuestro país. Alberto Fujimori gobernó desde el Ejecutivo, ganando elecciones organizadas a su medida o vía autogolpe; Keiko gobierna, desde el Congreso, asaltando el Ejecutivo vía vacancias y censuras, aun perdiendo elecciones organizadas también a su medida. Su padre ejerció un presidencialismo dictatorial; ella lidera un parlamentarismo mafioso sin norma alguna. Cambiar este desgraciamiento nacional tomará años. Será peor si ella gana las elecciones, algo esta vez más probable que en elecciones anteriores, siempre que el antikeikismo, sumado al antifujimorismo, lo permitan. Si la cuarta vez es la vencida, es responsabilidad nuestra no haber derrotado a un fenómeno tan perverso para nuestra dignidad nacional. Hechura nuestra es, hechura nuestra será derrotarlo.





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