Hay democracias que se sostienen por la fortaleza de sus instituciones. Hay otras que sobreviven porque nadie fue lo suficientemente poderoso para destruirlas. El Perú pertenece a esta última categoría. Y eso, que durante dos décadas funcionó como un extraño escudo, hoy ya no garantiza nada.
Desde el año 2000, el país ha tenido presidentes sin mayoría en el Congreso, sin partido sólido y sin respaldo para gobernar con autoridad. Toledo, García, Humala, Kuczynski, Vizcarra, Merino, Sagasti, Castillo, Boluarte —y los interinatos fugaces de Jerí y Balcázar— conforman una lista grotescamente larga que preservó la competencia electoral porque ninguno tuvo la fuerza para suprimirla. La democracia peruana no ha sido el resultado de un proyecto colectivo. Ha sido el subproducto del empate permanente.
Ese equilibrio siempre fue frágil. Y hoy, a una semana de la segunda vuelta, quienes votan en blanco o viciado no están equivocados. Expresan el hartazgo de una generación que nunca vio una democracia que funcione. Ese voto también es democracia.
Dicho esto, hay un escenario que merece nombrarse. Por primera vez, uno de los candidatos no encaja en el perfil del presidente débil que el sistema produjo en serie. Como advierto el politólogo Steven Levitsky, Keiko Fujimori llega con presencia parlamentaria, vínculos en las Fuerzas Armadas y capacidad documentada de construir mayorías mediante alianzas que rozaron los límites de la legalidad. Tiene algo que ningún presidente reciente tuvo: palancas reales de poder.
La otra opción tampoco despeja dudas. El registro de votaciones de Roberto Sánchez muestra coincidencias incómodas con el fujimorismo: votó a favor de la Ley 31989, que debilitó los controles contra la minería ilegal, y quince congresistas de Fuerza Popular bloquearon su suspensión en 2023. En pocas palabras, rivales en las urnas y aliados en el hemiciclo. Pero, desde una lectura del poder, un presidente débil puede ser resistido dentro del sistema. Un proceso de concentración de poder es mucho más difícil de revertir y sobre ello pueden hablar las sociedades que hoy sufren los estragos de dictaduras.
Esta casa editorial jamás le dirá al lector cómo votar. Lo que sí hace es contar con honestidad periodística lo que vemos. La democracia peruana, maltrecha como está, sigue siendo el único espacio donde la ciudadanía puede organizarse, protestar y cada cinco años intentar corregir el rumbo. Ese espacio no es eterno. Finalmente, su preservación es tarea de todos, desde cualquier voto y lugar del país.