
El 31 de mayo de 1851, cuando su barco se aproximaba a Paita, Giuseppe Garibaldi le dijo al marinero que iba a su lado:
—Eso que vemos es un sueño.
—Es el Perú, señor —aclaró el hombre de mar.
—Claro, es el Perú. Una de las culturas más antiguas del mundo nos acoge. Nos reciben también los ojos brillantes de los hombres y mujeres que pelearon al lado de Simón Bolívar.
Garibaldi sabía lo que significa pelear por la libertad. Era en Europa el símbolo de la unificación de Italia y de la lucha por la independencia. En uno y otro lado de la península, había combatido al frente de los camisas rojas para lograr que Italia se liberara del dominio borbónico y para allanar el camino de la unificación.
Ahora era un exiliado. Antes de su llegada al Perú, había peleado en buena parte de la América meridional. Lo hizo por la independencia de Río Grande do Sul frente al imperio monárquico de Brasil, después por la del Uruguay y, por fin, se había enfrentado contra el dictador argentino Juan Manuel de Rosas. Se le llamaba por eso “el héroe de dos mundos”.
Al bajar en el muelle de Paita, Garibaldi se encontró con un grupo de caballeros vestidos con terno negro formal que caminaban en su busca.
Quien parecía estar a la cabeza de ellos se llamaba Manuel Francisco Herrera Castellanos. Se lo dijo después, pero al encontrarse con él, le extendió la mano de una manera que el italiano entendió francmasónica.
—Hermano, en nombre de la Logia Amistad indisoluble de Paita, le doy nuestros saludos. Los hermanos aquí presentes quieren invitarlo a una 'tenida' para mañana por la tarde.
El héroe dio la mano a los restantes caballeros. Tuvieron una breve conversación y luego todos se fueron al puerto.
En el camino, Garibaldi le dijo a Herrera que tenía entendido que allí residía doña Manuela Sáenz:
—…la gran amiga de nuestro venerable hermano Simón Bolívar. Quisiera expresarle mis saludos.
Giuseppe Garibaldi. Imagen: Difusión.
Herrera le contestó que, efectivamente, así era, aunque en esos momentos se encontraba con un problema de salud, pero que estaba seguro de que lo recibiría.
El tiempo suele ser inflexible al cobrar sus deudas, y ya Manuela las estaba pagando. Sin embargo, sus ojos conservaban locura y altivez, y eran los mismos acerca de los cuales Bolívar declaró un día:
"He soñado con tus ojos una y otra vez, como si mañana fuera a ser fusilado".
Era bonita y triste, y obligaba a que los tímidos hablaran solos para no recibir un rechazo y a que los enamorados pertinaces aseguraran que, antes de que ella naciera, la luz del mundo no podía haber existido porque no había razón alguna ni rostro bello que iluminar, pero ya no se lo podían decir porque ahora era una matrona respetable.
Una soleada tarde de mil 851, alguien tocó a su puerta, pero no era la Muerte, ni un recuerdo, sino un hombre de penetrantes ojos azules, luenga barba blanca, cabello nutrido y una nariz como la de Bolívar, muy proporcionada e histórica. El recién llegado le preguntó si ella era la Libertadora.
—¡Adelante! —respondió Manuela, pero no sabía de quién se trataba.
Mientras esperaba averiguarlo, se dijo que el desconocido tenía los ojos tan profundos y azules que, probablemente, era la Muerte. De inmediato, asumió que el asunto de pasar al otro lado de la existencia no era tan difícil. "Todo consiste en morirse", pensó.
Durante el siglo XIX, dos guerreros habían asombrado al mundo, Simón Bolívar en América y Giuseppe Garibaldi detrás de los Alpes.
—¡Adelante! ¿Quién desea hablar con la Libertadora?
—Garibaldi.
Conversaron. El héroe italiano tenía una opinión formada sobre Bolívar:
—Él entendió que la patria no es una bandera, es el pueblo.
Y, como Manuela se había quedado asombrada, masticando aquellas palabras, el héroe italiano agregó:
—La libertad no se da, se conquista y, como lo hizo Bolívar, se defiende hasta el último aliento.
Ella respondió:
—La libertad se conquista. Simón lo decía siempre.
"Garibaldi, Garibaldi, Garibaldi, sí", es una canción -o sus vestigios- que se canta y se baila en las 'jaranas' de la vieja Lima. Se advierten en ella las huellas del asombro y el entusiasmo que la presencia del héroe italiano causó en el Perú. "Garibaldi, Garibaldi, Garibaldi sí".





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