
Quienes realmente amañaron las elecciones fueron los integrantes del Pacto Congresal. Hicieron todo lo que estaba en su poder para engendrar una fragmentación que hiciera poco menos que imposible contar con unas cuantas candidaturas representativas de las distintas corrientes ideológicas del país. Calcularon que de esta manera tenían todo bajo control. Cuando advirtieron que eso no estaba ocurriendo, pese a sus manipulaciones de las reglas del juego, ya era tarde. Fue entonces cuando comenzaron a gritar fraude. En otras palabras, como el pastorcito mentiroso de la fábula: “¡Que viene el lobo!”.
El asunto es que el lobo siempre estuvo ahí, agazapado. La fractura, el abismo social de Jorge Basadre, era más hondo que nunca. Lo que Carlos Iván Degregori denominó los hondos y mortales desencuentros. Los años perdidos por la irresponsabilidad del Gobierno congresal, de un lado, y la lista asombrosa de presidentes que caían, uno tras otro, agravaron lo que ya era una situación insostenible. Pedro Castillo, en un arrebato desesperado, intentó dar el golpe más idiota del que se tenga memoria. Pero lo que pocos, desde la Lima desconectada de la realidad, previeron es que su popularidad fue en aumento gracias a la prisión. Como lo saben los integrantes del hoy irrelevante y casi extinto Partido Aprista Peruano, la cárcel es un arma de doble filo. Acarrea sufrimiento, pero premia con el martirologio. Los ejemplos son innumerables alrededor del mundo y de la historia.
Lo cierto es que, pese a los delirios tragicómicos de Rafael López Aliaga y Renovación Popular, quienes exigen la nulidad del anuncio de los dos contendores a la segunda vuelta, Keiko Fujimori y Roberto Sánchez la disputarán. “That’s all, folks” era el anuncio del final de los dibujos animados de otrora. Ese es el lugar en el que quedaron extraviados Porky y sus seguidores fanáticos religiosos y, como tales, violentos y elitistas. Lo cual no significa que nos hayamos librado de lo peor. Los dos candidatos restantes han demostrado, votando juntos en el Congreso y blindándose en diversos sentidos, su ausencia de talante democrático.
El caso del fujimorismo es de sobra conocido y, por si no fuera evidente, la hija del dictador, pensando que el tiempo transcurrido desde fines del siglo pasado ha ocultado los crímenes y el pisoteo de la democracia efectuados por su padre y Vladimiro Montesinos, lo reivindica abiertamente. Sánchez, por si alguien no lo tuviera claro, se puso el sombrero y propuso un debate en Chota. La influencia del castillismo en su candidatura es oportunista, pero también política. El expresidente, hoy encerrado en el Fundo Barbadillo, tiene una llegada a los sectores populares de la que él carece por completo. Todo indica que deberá hacer malabares para retener ese apoyo sin alienarse por completo a Castillo y Vladimir Cerrón. Deshacerse de Antauro Humala es más fácil, pero no lo es borrar la memoria del asesinato de policías en Andahuaylas y su presencia en la primera vuelta.
Somos muchos los que pensamos que la frontera entre el mal menor y el mayor es tan, pero tan tenue, que acaso la verdad monda y lironda es que no existe. Nos pretenden obligar a elegir entre dos candidaturas irredimibles. Esto es fuente de ansiedad, frustración y un profundo desaliento por el futuro del Perú. A lo cual se añade la presión de quienes, desde ambos bandos, nos exigen definirnos por su opción preferencial.
Es imperativo recordar que, pese a las maniobras retóricas que ensayan desde una u otra esquina, es legítimo negarse a votar por alguien que no solo no nos representa. Es peor aún: es votar por quien nos lleva, directo y sin escalas, a una situación aún más catastrófica. Lo cual, lejos de beneficiar a quienes claman desesperados desde el abismo de la carencia y el abandono, va a empeorar su situación. A mi modo de ver, se requiere entereza y fuerza de carácter para plantarse y negarse a elegir a quien sabemos que nos hundirá aún más en una sociedad desalmada. Es fácil escribirlo, lo sé bien. Es legítimo el temor que ambas candidaturas despiertan en millones de electores. Esto es algo que debe ser escuchado, respetado y, de ser posible, comprendido.
Cuando, en el ámbito del consultorio, una persona nos pide que la ayudemos a tomar una decisión con graves consecuencias en cualquiera de las alternativas, el trabajo del psicoanalista no consiste en elegir por el paciente. La escucha empática, el espacio de reflexión, la intervención oportuna pero respetuosa, orientada a conectar al paciente con su deseo, es lo mejor que podemos hacer para ayudarlo.
Sé bien que no es lo mismo trabajar en la consulta, en donde no nos corresponde elegir sino, por el contrario, evitar hacerlo por el paciente. Pero sí es pertinente pensar que hay situaciones en donde no hay una opción mejor o peor que la otra. Este es el caso. Las dos alternativas son peores. Por eso existe en nuestra legislación el voto en blanco, nulo o viciado. Es un derecho y, desde mi punto de vista, es lo que me permite preservar mi capacidad de pensar críticamente.
La combinación entre una sociedad que abandona a su suerte a los más desposeídos, que son mayoría, y unos políticos que se comportan, salvo honrosas excepciones, como los miembros de una hermandad mafiosa sin distingos ideológicos, es letal. Ese es el cambio que el Perú exige a gritos. Ese es el rugido que asciende desde el abismo. Si no somos capaces de escucharlo y obrar en consecuencia, estamos condenados a repetir estas distorsiones en donde los candidatos son elegidos con porcentajes ínfimos. Es triste, es doloroso, pero es lo que hay.



