
Desde hace más de una década, Cajamarca vive en una constante contradicción. Es una de las regiones con 27 de las 84 formas de vida que existen en el país. Por su vocación y tradición agrícola y ganadera, es la cuenca lechera más importante a nivel nacional y conquista el mundo con la exportación de su café, proveniente de San Ignacio y Jaén. También lidera la producción de oro a nivel nacional. Minera Yanacocha es una de las empresas más importantes y, de acuerdo con el Ministerio de Energía y Minas del Perú, Cajamarca cuenta con una cartera de proyectos que supera los US$16.580 millones. Respecto a las transferencias por canon y regalías mineras, solo entre 2023 y 2025 el departamento recibió más de 742 millones de soles, según el portal de consultas del MEF.
Pese a estos elementos de riqueza territorial y económica, la región alcanzó el 41% de pobreza monetaria a nivel nacional y, aunque se redujo en cuatro puntos porcentuales respecto a 2024, representa el nivel de pobreza más alto, por encima de Loreto, Puno, Pasco y Huánuco. También lidera, junto con Loreto y Puno, el grupo con la tasa de pobreza extrema más alta, con niveles entre el 11% y el 15,1%.
Lo más grave es la ausencia de reacciones frente a estos resultados. Se respira cierta normalización de la pobreza entre las instituciones y la sociedad civil. La falta de liderazgos regionales, así como la ausencia de espacios de diálogo multiactor que abran un debate profundo entre los actores y sectores involucrados, impide que se tomen las decisiones técnicas y políticas que la región necesita.
Otro aspecto es cómo se está entendiendo la pobreza en Cajamarca. Si bien la información que brinda el Instituto Nacional de Estadística e Informática es fundamental para generar conocimiento y repensar mejores políticas públicas, el enfoque monetario no es suficiente. Hace falta una mirada multidimensional de la pobreza y del desarrollo humano, y en Cajamarca esto pasa por entender las dinámicas económicas y sociales entre lo urbano y lo rural; la migración de la gente joven del campo a la ciudad; el acceso a agua segura; los conflictos socioambientales; las brechas en infraestructura vial; la seguridad alimentaria; la informalidad; el nivel de ejecución de la inversión pública; el analfabetismo, o la dependencia económica de las mujeres en situación de vulnerabilidad como una forma de violencia.
Es necesario generar un acuerdo regional para llegar a consensos mínimos de priorización de la inversión, que apunte a cerrar brechas históricas, a promover la innovación y a generar economías sostenibles e inclusivas. Si Cajamarca sigue siendo pobre, es también por voluntad política, y las responsabilidades son plenamente compartidas.

Las críticas hacia el electorado cusqueño, que ridiculizan y deshumanizan, evidencian la normalización del odio y la discriminación, en lugar de fomentar un debate político saludable y respetuoso.

¿Las consecuencias? Autoridades que van a llegar al poder sin preparación y sin conocer sus realidades locales, y una población con altas expectativas que muy pronto terminará —otra vez— decepcionada.

El arte en Perú se ha convertido en una herramienta de incomodidad y reflexión en medio de la convulsión social y política del país, desafiando narrativas impuestas.

La falta de protección legal para las mujeres sigue siendo crítico, con un sistema que justifica y normaliza la violencia. Datos muestran que una gran mayoría de hombres acepta la violencia hacia ellas.

En un contexto de desconfianza institucional, el nuevo gobierno deberá implementar un enfoque descentralizado y colaborar con la sociedad civil para abordar problemas estructurales.