
[El combate contra la flota española, Callao 1866; tomado del diario de Heinrich Witt]
El Sr. Coleman y yo estábamos en nuestra oficina cuando, a las 12:15, escuchamos el disparo de un cañón, sonido que claramente llegaba desde el Callao; “el bombardeo ha comenzado”, dijimos, y nos pusimos en marcha. No sé a dónde fue Coleman; yo, por mi parte, seguí a cientos de hombres, mujeres y niños, quienes a pie o a caballo iban hacia una puerta de la ciudad, y por tanto hacia el puerto.
Dos niños se me unieron, y con ellos caminé hasta La Legua, una construcción a medio camino en la cual, antes de los rieles e incluso de los buses, los pocos que iban al puerto se detenían y tomaban algún refresco. Trepé al campanario de la iglesia, donde encontré a dos o tres trabajadores escudriñando la distancia; me dijeron que podían distinguir los barcos de guerra españoles y ver el destello de cada cañón disparado.
Pude oír el rugido de la artillería, que no era tan continuo ni sonaba tan alto como yo había esperado. A las dos hubo una súbita pausa, de unos diez minutos; los disparos recomenzaron y yo caminé de vuelta a Lima; por el camino me llegaron frecuentes preguntas, que yo no tenía cómo responder. En la capital predominaba una gran agitación; los campanarios estaban atiborrados, los techos de las casas cubiertos de curiosos; rumores ciertos y falsos, y exagerados, flotaban por todas partes.
A las 5.00 p. m. escuchamos el último disparo que, como averiguamos después, fue lanzado desde el pequeño monitor Victoria. (...) En las casas se comentó el poco daño que los españoles habían causado, comparativamente hablando. Se calculó que entre sus seis naves de guerra, entre ellas el acorazado Numancia, con un total de 300 cañones, habían lanzado unos 4.000 proyectiles, muchos de los cuales excedieron su altura, cruzaron la tierra y cayeron en la zona conocida como la Mar Brava.
Las bajas peruanas fueron de 200 entre muertos y heridos. La peor pérdida la causó una explosión en un torreón a la izquierda de donde había ubicado su puesto el coronel José Gálvez, ministro de Guerra, y donde se habían instalado dos cañones Armstrong. A eso de la una, por una casualidad, se incendió una carga de pólvora y causó la muerte instantánea de Gálvez.





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