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Opinión

Política del disfraz, por Mirko Lauer

El cierre de campaña en Perú revivió la tradición del disfraz político, iniciada por Alberto Fujimori en 1990 para reforzar su imagen de peruanidad. Esta práctica se ha vuelto común entre candidatos de diversas regiones.

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Mirko Lauer

El cierre de campaña es la ocasión óptima para volver al disfraz político. Probablemente Alberto Fujimori inauguró la práctica para neutralizar cuestionamientos sobre su peruanidad en 1990. Aunque desde mucho antes Hugo Blanco se disfrazaba con una sola soga. Desde entonces ya no existe candidato sin disfraz, según la región que esté visitando, con fines electorales u otros.

    No se trata solo de mimetizarse al paso con los amigos de la llacta. La indumentaria también puede ser para destacar por su buena pinta, y de eso se encargan los seguidores. Pedro Castillo no necesitaba disfraz en Chota, pero el sombrero le sirvió mucho para hacerse notar en el resto del país. Una vez en Palacio se disfrazó de político occidental, y a veces de caudillo étnico, con bordados al cuello.

    Todo esto sirve para recordarnos la importancia de la identidad en la vida pública, y por tanto en la política, del Perú. Hoy dentro o fuera de la cancha los jóvenes se visten como futbolistas, y en las localidades donde hoy hay campaña muy pocos lucen el traje típico, salvo en las fiestas. Así, disfrazarse se vuelve algo complicado.

    Si hubiera un premio al disfraz político feo y fallido, este año sería para César Acuña, que se paseó ante las cámaras bajo un poncho que resaltaba los límites de su altura y el alcance de su peso. Mejor le iba practicando agilidades urbanas. Pero quizás hay algo de cortesía ante los locales en ese sacrificio estético. Algunos se limitan a la socorrida serpentina, como el militar José Williams.

    En esto de la indumentaria hay dos caminos: asumir un traje característico para uso en cualquier ocasión, como la chaqueta oscura bordada a lo Evo Morales, o calarse diversas versiones de traje típico según dónde esté uno de visita. En lo primero hay una visión de igualdad de los pueblos; en lo segundo, respeto a las diferencias.

    Al final todo termina en ese disfraz universal que es el terno, de preferencia oscuro.  Con eso los poderes del Estado se ponen importancia, respetabilidad, solvencia cultural urbana, y hasta un intento de elegancia. Que en algunos casos es precisamente todo lo que no hay. Algunos nostálgicos se colocan una cinta folklórica al cuello, leve disfraz y toque de color.

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