Exministro de RREE. Jurista. Embajador. Ha sido presidente de las comisiones de derechos humanos, desarme y patrimonio cultural de las...

La Trampa de Tucídides y la cumbre Trump–Xi Jinping, por Manuel Rodríguez Cuadros

" La única cuestión que podría alterar radicalmente este escenario sería un cambio en Estados Unidos respecto de la política de “una sola China”. Esa es la línea roja reiterada en Beijing por Xi Jinping y que, en principio, fue recibida con claridad por Donald Trump"

El lenguaje es el instrumento esencial de la diplomacia. Expresa siempre —o casi siempre— la voluntad negociadora o posicional de los Estados. La precisión o imprecisión, la claridad o ambigüedad del lenguaje marcan los márgenes de la negociación o de las correlaciones de fuerza. La exactitud de lo que se dice o no se dice determina el alcance de lo que un jefe de Estado o un negociador puede aceptar o no aceptar. A ese margen, técnicamente, se le denomina “zona de posible acuerdo” (ZOPA).

Cuando los asuntos de Estado son de especial trascendencia, la manera más segura de instrumentar el lenguaje por vía oral es leyendo. De esa manera, cada expresión es sopesada a partir de su significante (el término o símbolo utilizado) y de su significado (el contenido real o la interpretación política que se le atribuye).

El alcance y la trascendencia del encuentro en la cumbre entre los presidentes Xi Jinping y Donald Trump deben buscarse en el lenguaje que ambos mandatarios utilizaron para fijar sus posiciones y reseñar sus entendimientos. Con la salvedad de que Xi utilizó siempre la regla del lenguaje escrito. Trump la combinó con su conocida espontaneidad oral, que muchas veces hace más difícil la tarea de descifrar con exactitud sus posiciones.

Con el telón de fondo de una grave situación internacional caracterizada por las políticas de poder unilaterales de la diplomacia del America First, la competencia tecnológica y comercial entre ambas naciones, la sensibilidad china respecto de la cuestión de Taiwán y la redefinición del equilibrio global entre Washington y Beijing, Xi optó por el uso de los dos extremos del lenguaje diplomático: el simbólico y el de precisión absoluta.

En lenguaje simbólico hizo referencia al ya clásico teorema del historiador de la Guerra del Peloponeso, denominado la “trampa de Tucídides”, concepto popularizado contemporáneamente por Graham Allison. Dijo Xi:

“Mientras la transformación del siglo se acelera y el panorama internacional atraviesa cambios y turbulencias, el mundo ha llegado a una nueva encrucijada. ¿Pueden China y Estados Unidos superar la ‘trampa de Tucídides’ y establecer un nuevo paradigma de relaciones entre grandes potencias? ¿Podemos enfrentar juntos los desafíos globales y aportar mayor estabilidad al mundo?”.

La trampa de Tucídides hace referencia a la constatación histórica de que el ascenso de Atenas y el temor de Esparta a ser desplazada como centro del poder hicieron inevitable la guerra.

Al recurrir Xi a este lenguaje simbólico, es evidente que no lo hace literalmente con referencia a la guerra, sino en la acepción más amplia del conflicto, que puede incluirla, pero que en el actual momento histórico remite más bien a la posibilidad —que debe excluirse— de una relación de conflicto antagónico permanente.

Al mismo tiempo, al recurrir a la noción de potencias dominante y ascendente, hizo un reconocimiento implícito de la unipolaridad actual del poder, con Estados Unidos como potencia dominante. Pero también una autopercepción explícita de China como la potencia ascendente del sistema, una potencia capaz de poner en cuestión la hegemonía de la potencia dominante.

La base material de esta afirmación es evidente: China es hoy la primera potencia industrial y comercial del mundo, así como la primera economía medida en términos de paridad de poder adquisitivo. Pero sigue siendo la segunda economía global debido a la primacía estadounidense en servicios, desarrollo tecnológico, control del mercado financiero, capacidad de innovación e influencia sobre la evolución de la economía mundial. Pero el ascenso del poder chino ya no es solamente económico: es global e incluye dimensiones políticas, diplomáticas, militares y estratégicas.

La reflexión de Xi, alejándose del axioma de Tucídides, llama la atención sobre la necesidad de negarlo y apostar por una estabilidad estratégica que haga primar la negociación y la cooperación sobre el conflicto.

A este nivel —el del curso que deben tomar las relaciones sino-estadounidenses— el lenguaje simbólico es sustituido en Xi por la palabra precisa y los contenidos unívocos:

“¿Podemos establecer un nuevo paradigma de relaciones entre grandes potencias?”. La respuesta es afirmativa: “La revitalización de la nación china y el objetivo de hacer grande nuevamente a los Estados Unidos pueden avanzar juntos, ayudarse mutuamente al éxito y promover el bienestar del mundo entero”.

Por primera vez, China reconoce implícitamente la legitimidad de la opción MAGA (Make America Great Again), con sus componentes de nacionalismo económico —proteccionismo comercial, relocalización industrial y crítica a la globalización neoliberal—, así como del soberanismo, entendido como prioridad del interés nacional. Afirma también que este interés nacional norteamericano no tiene incompatibilidad con la estrategia china de desarrollo nacional, político y social, y abre el derrotero para “avanzar juntos y ayudarse mutuamente”.

Estas definiciones implican, ya en el plano de la política exterior, apostar por la viabilidad de establecer entre Estados Unidos y China una relación de estabilidad estratégica y coexistencia pacífica, que reduzca las contradicciones antagónicas y permita que las coincidencias y la oposición de intereses puedan resolverse mediante la negociación y el interés recíproco.

Trump no dio respuestas específicas plenamente alineadas con lo dicho por Xi, pero en su propio lenguaje matizó más que nunca sus apreciaciones sobre el papel de China en la actual escena mundial y sobre el sentido y direccionalidad de las relaciones bilaterales.

Expresiones como “Queremos una China fuerte, con una relación justa” o, más específicamente, en una referencia indirecta a la “trampa de Tucídides”, “el conflicto entre grandes potencias no beneficia a nadie”, así como sus reiteradas referencias al “respeto mutuo”, a la “competencia equilibrada” y a las “responsabilidades históricas” de ambas potencias, revelan una aproximación menos confrontacional y de apertura a las propuestas de Xi Jinping.

Lo cierto es que la posibilidad de que la cumbre de Beijing abra un nuevo período —aunque quizás todavía larvario— de una relación menos conflictiva y más cooperativa entre China y Estados Unidos posee, más allá de las intenciones de sus líderes, importantes bases materiales que pueden tornarla viable.

Stéphanie Balme sostiene que Estados Unidos y China son dos sistemas que tienden a converger y a hibridarse:

“Hoy, Estados Unidos redescubre, a través de China, instrumentos que ellos mismos habían contribuido a marginalizar durante las décadas de globalización liberal: política industrial, subsidios masivos, control de las cadenas de suministro críticas y seguridad tecnológica”.

La hibridación se produciría en una dinámica en la que China profundiza mecanismos de competitividad y recurre a instrumentos de mercado, mientras Estados Unidos reivindica formas de intervención estatal —antes demonizadas por la teoría liberal— en nombre de la seguridad económica y la soberanía industrial. Balme incluso señala paralelismos en las dinámicas políticas internas de ambas potencias: soberanismo, conservadurismo social y centralidad del poder nacional.

Lo que sí constituye una evidencia es la existencia de una interdependencia compleja entre ambas economías y el hecho de que la apuesta por la coexistencia pacífica y la estabilidad empieza a emerger como un interés compartido. La única cuestión que podría alterar radicalmente este escenario sería un cambio en Estados Unidos respecto de la política de “una sola China”. Esa es la línea roja reiterada en Beijing por Xi Jinping y que, en principio, fue recibida con claridad por Donald Trump.

Manuel Rodríguez Cuadros

Causa Superior

Exministro de RREE. Jurista. Embajador. Ha sido presidente de las comisiones de derechos humanos, desarme y patrimonio cultural de las Naciones Unidas. Negociador adjunto de la paz entre el gobierno de Guatemala y la guerrilla. Autor y negociador de la Carta Democrática Interamericana. Llevó el caso Perú-Chile a la Corte Internacional de Justicia.