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Opinión

¿Y ahora qué?, por Miguel Palomino

El Perú siempre da vuelcos políticos inesperados y más aún cuando el equilibrio de poderes es tan inestable como lo es hoy

palomino
Miguel Palomino 23-02

Cuando me disponía a escribir esta columna, nuestro país dio uno de esos vuelcos que son cada vez más frecuentes y convirtió en esencialmente irrelevante la problemática sobre la que iba a escribir. Desde que tengo uso de razón, Perú ha dado vuelcos con resultados inesperados en los cuales nadie parece saber para quién trabaja.

Desde el golpe en 1968 del general Velasco contra Belaunde, que resultó en que en las elecciones de 1980 se volviera a elegir al mismísimo Belaunde, quien hasta algunas semanas antes de la elección se esperaba que perdiera ante el candidato del APRA. Belaunde armó tal desastre en su gobierno que en 1985 le sirvió en bandeja la presidencia al APRA, entonces liderado por Alan García de 35 años. Su juventud quedó en evidencia en su desastrosa presidencia, en que sumió al país en la peor crisis de la historia, incluyendo más de dos millones por ciento de inflación en cinco años y una terrible guerra contra Sendero Luminoso y el MRTA. Luego, en 1990, un desprestigiado García apoyó a Fujimori, quien enarbolaba la bandera del “no shock”, contra Vargas Llosa, quien decía que aplicaría una terapia de shock como única salida a la crisis. Increíblemente ganó Fujimori, quien hasta semanas antes de la elección candidateaba nada más que para aumentar sus chances en el Senado. Fujimori rápidamente se deshizo de todo su entorno y aplicó el tremendo Fujishock, seguido de otras medidas que funcionaron muy bien y en pocos años Perú crecía fuertemente, se terminó con la, hasta entonces, imbatible inflación y se ganó la guerra a Sendero Luminoso y al MRTA.

Claro que para hacer esto, Fujimori dio un golpe el año 1992, para eliminar a la oposición y asegurarse todo el poder. Bajo presión, se convocó a elecciones para una asamblea Constituyente en 1993 y a una general en 1995, que Fujimori ganó fácilmente. Pero el poder ciega y un Fujimori crecientemente autocrático y de la mano de Montesinos, se lanzó a una ilegal tercera campaña presidencial en el año 2000 contra su rival, el ex alcalde de Lima, Alberto Andrade. Pero quien sorprendentemente le hizo la pelea fue Alejandro Toledo. Tras una cuestionada segunda vuelta, Fujimori se hizo de la presidencia, pero no duró ni cuatro meses hasta que fue destituido por el Congreso haciendo uso por primera vez de la “incapacidad moral permanente”. Luego de un corto periodo de transición a cargo, por primera vez, de quien fuera presidente del Congreso, ganó las elecciones del 2001 el mismísimo Alejandro Toledo quedando segundo Alan García. Toledo completó su periodo con relativo éxito, acompañado de un gabinete generalmente profesional, pero sus defectos personales fueron crecientemente visibles y su popularidad cayó en su peor momento hasta un dígito. Aunque se habló de vacancia, esta no tuvo nunca gran apoyo político.

Para demostrar los vuelcos que da el Perú, la elección de 2006 la ganó Alan García, quien venció a, un hasta entonces desconocido, Ollanta Humala. García aprendió de sus errores anteriores e hizo un gobierno diametralmente distinto al anterior. Como su gobierno coincidió con un periodo favorable en los precios de los minerales, la economía respondió muy positivamente a las políticas del gobierno y su periodo fue el de mayor crecimiento económico y mayor caída de la pobreza en el Perú. En medio del auge, muchos peruanos que vivían fuera retornaron al Perú. García terminó su periodo con una popularidad de más de 40% y un sólido respaldo en el Congreso.

En la elección del 2011, Ollanta Humala, después de moderar su discurso, derrotó a Keiko Fujimori. Venció el “agua sí, minas no” y como esto coincidió con el fin del ciclo de precios favorables de los minerales, la paralización de importantes proyectos resultó en una moderación del crecimiento. Humala terminó su mandato con una economía desacelerándose, pero al igual que García, nunca tuvo menos de 25% de popularidad.

En la elección de 2016, la segunda vuelta no tuvo a ningún candidato de izquierda y Kuczynski terminó imponiéndose con las justas sobre Keiko Fujimori, pero el partido de Fujimori alcanzó una mayoría absoluta en el Congreso. El obstruccionismo de la mayoría del Congreso marcó al gobierno de Kuczynski. En vísperas de su segundo intento de destitución por “incapacidad moral” Kuczynski renunció en 2018. Su primer vicepresidente, Martín Vizcarra, ocupó el cargo de presidente y el conflicto con el Congreso culminó con la disolución de este, amparada por las Fuerzas Armadas y validada por el Tribunal Constitucional. El nuevo Congreso elegido eventualmente terminó destituyendo al presidente Vizcarra, nuevamente por “permanente incapacidad moral”.

Estos cinco años marcaron el inicio del conflicto extremo entre ejecutivo y Congreso, con ambos lados jugándose por la situación extrema de destitución o disolución. Lo que debería usarse rara vez, si alguna, se convirtió en la forma estándar de enfrentamiento entre dos poderes del Estado. Así hemos vivido los últimos cinco años, que todos recordaremos con espanto.

Al no existir partidos políticos de peso ni duraderos y al ganarse la presidencia en segunda vuelta, el ejecutivo no cuenta con suficiente fuerza en el Congreso como para asegurar la no destitución. Para el Congreso es relativamente sencillo no dar motivos para que el presidente declare su disolución y así, cualquier grupo significativo en el Congreso vende su apoyo a cambio de favores políticos. Esta situación no es, en principio, distinta a la que ocurre en muchos gobiernos de coalición en diferentes lugares del mundo. Lo particular en el caso peruano es lo fragmentado del Congreso, que hace la cosa más difícil e inestable, y la ausencia de algún objetivo político grupal que no sea la ventaja personal de muchísimos congresistas.

Los pésimos candidatos seguirán existiendo mientras dure la ausencia de partidos políticos que normalmente hacen algún tipo de filtro en sus candidatos al Congreso, por lo menos para asegurar su propia supervivencia. Además, al no haber reelección, para los congresistas individuales no hay ningún incentivo a pensar en el más largo plazo y las decisiones tienden a ser todo o nada, hoy día.

Mientras esto no cambie seguiremos en lo mismo, presidentes vacados de la noche a la mañana porque se tornó momentáneamente inestable el delicado equilibrio en que se mantenían las cosas. Quizás luego de la elección, cuando desaparezcan casi todos los partidos, los sobrevivientes harán más difícil el registro de nuevos partidos, para así mantener el monopolio.

Lo que precipitó la reciente vacancia fue el cálculo político de quien quería distinguirse con fines electorales, sin calcular lo inestable que era el equilibrio. Así, se ha entregado nuevamente la presidencia al partido que recién se había logrado sacar. En el Congreso el equilibrio puede armarse de cualquier manera porque todo se vende.                      

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