Columnista invitado. Autor de contenidos y de las últimas noticias del diario La República. Experiencia como redactor en varias temáticas y secciones sobre noticias de hoy en Perú y el mundo.
Existe algo revelador en el trabajo reciente de Andrea Canepa. Aunque su trayectoria se ha desarrollado principalmente fuera del Perú, buena parte de sus investigaciones vuelven una y otra vez sobre preguntas que atraviesan nuestra historia cultural. Hay una necesidad de observar desde la distancia aquellos relatos, símbolos y formas de conocimiento que aún siguen configurando nuestra manera de habitar el mundo.
En Salto, giro, cadencia, trance, presentada recientemente en Madrid, Canepa toma como punto de partida una figura que para muchos lectores contemporáneos puede resultar desconocida: el zumbayllu descrito por José María Arguedas en Los ríos profundos. Ese trompo andino que para el escritor era mucho más que un juguete. Un objeto capaz de conectar sonido, movimiento, memoria y espiritualidad. Un cuerpo que gira y que encuentra estabilidad precisamente en el movimiento.

"La vibración de María Angola". Imagen: Difusión.
La exposición se despliega a partir de esa imagen. Los mosaicos, las esculturas móviles y los textos de la artista parecen insistir en una misma pregunta: ¿cómo permanecen vivas ciertas energías culturales a través del tiempo?
La respuesta no aparece vinculada al ritmo, a la vibración, al cuerpo y a la capacidad de las imágenes para seguir produciendo sentido mucho después de haber sido creadas.
En una entrevista reciente, Canepa explica que el zumbayllu le interesó porque es "un objeto que se mueve y, al mismo tiempo, permanece en el mismo sitio". Más adelante agrega que le permitió pensar "el movimiento como insistencia, como una fuerza que vuelve, que se mantiene activa". La imagen resulta particularmente sugerente para pensar el Perú contemporáneo.
Vivimos un tiempo de agotamiento. Años de crisis política, confrontación permanente y fragmentación social han erosionado no solo la confianza en las instituciones, sino también la posibilidad de imaginar un horizonte común. El debate público parece reducido a una sucesión de antagonismos donde casi todo se interpreta desde la lógica de la amenaza. En ese contexto, resulta significativo que una artista vuelva sobre el canto, la danza, el ritual y el movimiento como espacios de persistencia cultural.

"Salto, giro, cadencia, trance" de Andrea Cánepa.
La referencia al Taki Onqoy, movimiento andino surgido durante la conquista española, introduce además una reflexión sobre las formas de resistencia que sobreviven más allá de la historia oficial. El interés de Canepa parece ir más allá de una lectura exclusivamente anticolonial. Lo que emerge en su trabajo es una pregunta más elemental y quizá más urgente: ¿cómo volver a escuchar aquello que permanece vibrando bajo la superficie de nuestra cultura?
La propia artista ofrece una pista cuando afirma que le interesan formas de resistencia que no nacen únicamente del dolor, sino también "del goce, de la celebración y de la capacidad de los cuerpos de reunirse, moverse y producir energía común".
La frase merece atención. Durante décadas hemos aprendido a hablar de la memoria desde la herida, la pérdida o la violencia. Y es necesario hacerlo. Pero tal vez hemos dedicado menos tiempo a pensar la memoria desde aquello que también nos une: las celebraciones, las músicas, los rituales, los afectos compartidos y las formas colectivas de imaginar el mundo.
Por eso la exposición puede leerse también como una invitación al reencantamiento. Esa posibilidad de recuperar dimensiones de la experiencia humana que la lógica de la confrontación política suele dejar de lado.

"Trazaba líneas redondas". Imagen: Difusión.
Quizá allí radica una de las mayores lecciones de Arguedas y una de las razones por las que artistas como Canepa siguen regresando a él desde distintas geografías. No porque ofreciera respuestas para los problemas del presente, sino porque comprendió que una cultura no se sostiene únicamente sobre estructuras políticas o económicas. También necesita símbolos, relatos y experiencias capaces de producir sentido de pertenencia.
En un momento en que el Perú parece debatirse entre la polarización y el desencanto, la imagen del zumbayllu adquiere una fuerza inesperada. Gira, vibra y parece desafiar las fuerzas que intentan detenerlo. Su estabilidad depende precisamente del movimiento.
Tal vez nuestra identidad cultural se parezca más a ese trompo de lo que imaginamos y esa energía que persiste porque continúa transformándose. Una fuerza que, pese a las fracturas, sigue girando.
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Datos de la exposición
Lugar: Crisis Madrid — Calle de la Madera 33.
Temporada: Hasta el 23 de julio.

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