
La reciente encuesta de enero del Instituto de Estudios Peruanos (IEP) muestra una tendencia ya observada en otro estudio realizado el 2021, pocos días después de la votación de ese momento; que un importante sector de la ciudadanía termina de decidir su voto en la última semana. En la encuesta de abril de 2021, 48% mencionó haberlo decidido en esos días previos. En esta encuesta de enero, un tercio indica que en aquella oportunidad decidió su voto en ese lapso final del proceso. Asumo que en esta última encuesta hay un esperable sesgo de memoria, aumentan los que ahora dicen que lo decidieron mucho antes.
Todos tenemos una cierta noción de por quienes no queremos votar debido a su comportamiento político. Además, hay otros que no se toman en cuenta porque los identificamos como eternos postulantes que solo aparecen en elecciones. Descartados estos, cada uno puede terminar, esa última semana, con un conjunto de tres o máximo cuatro alternativas que se perciban en el último tramo de la campaña como relativamente afines a partir de lo que se escuche directa o indirectamente.
Los resultados de las encuestas juegan un rol en ese momento. En los días previos a la elección, la atención se centra no solo en quién queremos que gane, sino en quiénes no queremos que lo hagan. La intensidad y objetivo de los “antis” varía, pero ahí están y pesan en un clima donde la identificación positiva con un candidato o partido es casi nula. En ese sentido, la decisión que se toma en la última semana tomará en cuenta quién se percibe que está ganando para ver si está en nuestro conjunto de opciones (y así apoyarlo) o, si no es de los que queremos que gane, a quién hay que apoyar para que por lo menos pase a segunda vuelta y tengo opciones de vencer al visto como “rival”. El problema no se solucionará, para el elector, si las diferencias de intención de voto entre nuestro reducido conjunto de opciones no son significativas. Tener tres alternativas con 12%, 14% y 13% llevará a un resultado semejante al 2021. Pero si alguien despunta, puede que se lleve el voto de los otros que son vistos como semejantes.
Todo esto nos lleva a señalar algunas cosas que es necesario tomar en cuenta cuando vemos los resultados de una encuesta. Lo primero es que quienes desarrollan encuestas de intención de voto tienen que estar en el Registro Electoral de encuestadoras (REE) elaborado por el Jurado Nacional de Elecciones (https://web.jne.gob.pe/encuestadoras). Si no están registrados, el medio y la encuestadora pueden ser denunciados ante el Jurado. El ecosistema de medición en el Perú muestra una descentralización interesante que habría que analizar con mayor profundidad. A la fecha, existen 80 encuestadoras autorizadas por el JNE; 22 tienen su sede en Lima y las otras 58 operan en el interior del país, con una presencia notable en regiones como Tacna (11), Puno (10) y Loreto (8). En las regiones lo que se difunde muchas veces es el voto congresal, ahora por diputados o senadores.
Para no ser engañados por un titular llamativo, el primer consejo es leer siempre la ficha técnica. Este documento es la "partida de nacimiento" de la encuesta y debe incluir obligatoriamente el número de registro en el REE, quién financió el estudio, el tamaño de la muestra, el margen de error, el nivel de confianza, las fechas del trabajo de campo y la página web donde se puede verificar el informe completo. Un dato clave de calidad es que una encuesta nacional confiable no debería tener menos de 1,200 casos y debe cubrir tanto el ámbito urbano como el rural. Este fue un acuerdo tomado hace varios años en APEIM, el gremio donde están presentes varias de las encuestadoras que trabajan con medios, y que ha sido seguido por el conjunto del sistema. Considerando que también se hacen encuestas regionales y que vienen las elecciones para gobernador regional, provincial y distrital, sería importante que el mismo gremio plantee un tamaño y criterios mínimos de calidad en las muestras que abarcan estos ámbitos.
Un error común al leer encuestas es ignorar el peso de los indecisos. Es engañoso decir "el candidato X va ganando con 8%" si el 62% de la muestra respondió "ninguno" o no precisó su voto. Al momento de ver las preferencias, hay que tomar en cuenta el margen de error. Una regla práctica para la lectura es considerar que una diferencia solo es significativa si es el doble del margen de error. Decir que un candidato "subió" dos puntos cuando el margen de error es de ±2.8 puntos porcentuales es un error de interpretación frecuente en los medios. Este mismo criterio se debe utilizar para la comparación del voto por segmentos (edad, región, sexo, etc.) porque el número de encuestados es menor por cada segmento y el margen de error es mayor. Además, no se debe comparar resultados de empresas diferentes, ya que pueden tener muestras distintas, haber hecho el campo en fechas diferentes o haber formulado las preguntas de otro modo; lo correcto es comparar a una encuestadora con ella misma a través del tiempo.
Mención aparte merecen las encuestas aplicadas por redes sociales o las que resultan de llamar o enviar mensajes a un medio (los llamados sondeos). El mismo JNE advierte que los sondeos carecen de sustento científico porque sus muestras no son probabilísticas; es decir, la gente elige participar (llamando o escribiendo), por lo que los resultados no son generalizables a toda la población. Muchas veces estas se usan en redes sociales para generar fake news o crear una falsa percepción de victoria para un candidato.
En síntesis, leer una encuesta requiere paciencia y una mirada que vaya más allá del titular; es un proceso dinámico donde las personas van madurando su decisión de voto conforme se acerca el día de la elección.

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