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Opinión

Profeta del odio, por Maritza Espinoza

 "Todo el discurso de Rafael López Aliaga es de odio e intolerancia, lo que contrasta todavía más con su supuesta fe católica, la misma que predica el amor al prójimo"

Maritza Espinoza
Maritza Espinoza

Los mismos que ni pestañean cuando Rafael López Aliaga invoca a sus huestes a “cargarse” a Gustavo Gorriti lloraron ríos tras el asesinato de Charlie Kirk, uno de los grandes íconos de la fachósfera mundial al que muy probablemente ni conocían hasta que su ídolo mayor, Donald Trump, decidió canonizarlo.

Es verdad que ni Charlie Kirk, ni nadie, merece morir de esa manera y que su asesino —Tyler Robinson, un muchacho proveniente de una conservadora familia republicana— debe recibir todo el peso de la ley, pero eso no significa que haya que convertir a Kirk, un personaje racista, misógino y violentista, en un mártir. La forma en que mueres no valida la forma en que viviste, y Kirk vivió gran parte de su vida propagando el odio y la violencia.

Murió en su ley, dirán algunos, y puede que tengan razón. No por nada la cita suya que más se ha mencionado en estos días es: “Creo que vale la pena asumir el costo de algunas muertes por armas de fuego cada año para que podamos contar con la Segunda Enmienda”. Lo que nunca imaginó es que ese “daño colateral” de la libertad de portar armas terminaría siendo él mismo.

También fue un agente de polarización en una sociedad ya fracturada como la norteamericana. En un artículo en una plataforma llamada The Federalist, Kirk incitaba a la persecución de los demócratas porque, para él, era casi imposible que no fueran todos unos delincuentes. Y sentenciaba: “Incluso para los delitos más menores, la regla debería ser: sin caridad, sin buena voluntad, sin misericordia”.

Sus fans señalan que Kirk era un hombre de familia y un buen padre —padre que, sin embargo, declaró que, en el caso de que su hija de diez años fuera violada, la obligaría a tener a ese hijo—, pero la experiencia demuestra que puedes ser un hombre de familia, ir a misa todos los domingos y adorar a tus mascotas, pero ser una bestia con los extraños, con quienes no piensan como tú o con todo aquel que identifiques como un contrario. Hasta Hitler adoraba a Blondi, su perra pastor alemán.

Y ya que hablamos de Hitler, tampoco estoy del lado de quienes, en las redes, dicen algo por este estilo: “Si Twitter hubiese existido cuando Hitler se pegó un tiro, muchos hubieran dicho: ‘Hizo cosas terribles, pero nadie merece esto’”. La ironía se evapora cuando pensamos que el líder nazi nunca mató a nadie con sus manos, sino que lavó el cerebro del pueblo alemán, que terminó justificando el asesinato de millones de judíos.

Pero volvamos a Rafael López Aliaga y su esquizofrénico discurso. Sí, esquizofrénico, porque mientras, de un lado, lamenta la muerte de Kirk y hasta ha anunciado, desde España, un “apoteósico homenaje” en Lima (esperemos que con su propio dinero), de otro lado no solo lanza una invocación pública al asesinato de un periodista, sino que apadrina a los grupos violentistas de ultraderecha que se dedican a acosar a todo el que él considera su enemigo político.

Todo el discurso de Rafael López Aliaga es de odio e intolerancia, lo que contrasta todavía más con su supuesta fe católica, la misma que predica el amor al prójimo. No hay día que no tuitee insultos contra gente que le disgusta o incomoda, y es capaz de lanzar amenazas y acusaciones gravísimas sin ningún sustento contra periodistas, especialmente si son mujeres.

Si ponemos en la balanza a López Aliaga y a Kirk, por lo menos el segundo, pese a sus ideas cuestionables, apostaba por el debate y propiciaba discusiones con jóvenes universitarios que discrepaban con él. No siempre usaba argumentos válidos y muchas de sus explicaciones estaban llenas de medias verdades y falacias de todo cuño, pero por lo menos no escupía odio y violencia contra sus contrincantes como sí hace el todavía alcalde de Lima. En ese sentido, López Aliaga lo hubiera derrotado en un campeonato de intolerancia.

Y a los intolerantes, por muy democrático que sea uno, no hay que tolerarlos. Eso no significa que haya que “cargárselos”, como sugeriría el propio López Aliaga, sino simplemente rechazarlos, repudiar sus expresiones, desenmascararlos. Es decir, pararlos en seco. Ya lo decía el filósofo y politólogo austríaco Karl Popper: “La tolerancia ilimitada conduce a la desaparición de la tolerancia”.

No es momento de ser blandos y hacerse los condescendientes con quienes propagan el odio y exaltan valores antidemocráticos. López Aliaga —así como sus congéneres— hace tremendo daño a la democracia y a la convivencia civilizada con sus discursos violentistas, aunque luego pretenda pegarla de gordito bonachón, en una esquizofrenia que ni Dr. Jekyll and Mr. Hyde.

Su doble moral es tan evidente que jamás ha emitido un solo mensaje ante tragedias como la matanza de niños inocentes en Gaza, la muerte de medio centenar de nuestros compatriotas en las protestas de 2022 ni el duelo de los deudos de los desaparecidos durante el conflicto armado interno (dicho sea de paso, su bancada apoyó la inhumana ley de amnistía a los violadores de derechos), pero sí elogia a un dudoso “mártir” que vivió su vida desparramando odios, a un exarzobispo sancionado por la Iglesia por depredador sexual y rinde homenaje a un fallecido alcalde procesado por corrupción.

Parafraseando lo que habría dicho Jesucristo, según el evangelio de Mateo: “Por sus hechos los conoceréis”. Y a López Aliaga, por suerte, ya lo conocemos muy bien.

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