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Opinión

Líderes por la Democracia: ¿están ahí?, por José Luis Gargurevich

"No posterguemos más lo que ya es urgente. La democracia peruana está herida y regenerarla, necesita esos liderazgos en el tablero"

democracia
José Gargurevich

"Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos". Así abre Charles Dickens su célebre Historia de dos ciudades. Así es como siento este momento de la democracia en el Perú: profundamente erosionada y famélica y, precisamente por ello, con esa hambre contenida de reconstrucción que se genera en los organismos vivos cuando renuncian a la aniquilación.

Lo que falta en estos tiempos duales son líderes con propósito. Que se propongan abrir terreno en el pantano, pero no para migrar a otro igual de hediondo. Por eso el propósito es innegociable. Líderes valientes, atrevidos, que no teman perderlo todo, que rompan donde otros hacen suma cero, que reemplacen al caudillo pusilánime o al moralista añoso, y que guíen con el carácter y el corazón otra forma de hacer ciudadanía de acción, y no reactiva. Quizás unirnos sea ese propósito, en primerísimo lugar.

Es claro que no hay incentivos para unirnos; nuestro desempeño democrático no ha cumplido la promesa del desarrollo para todos: solo el 10 % de los peruanos está algo satisfecho con la democracia, de acuerdo con el Latinobarómetro. Por el contrario, el 90 % cree que el país está capturado por unos pocos para su beneficio. Y el Estado, en manos de sus autoridades, no es autoridad real para nadie: la confianza en el Congreso apenas alcanza el 7 %, y solo un 9 % cree que el Gobierno actúa en función del bien común.

La juventud no es ajena a este colapso de sentido. Según Datum, el 65 % de los jóvenes que votarán por primera vez dice no querer participar en política. Solo el 9 % se siente bien informado sobre temas públicos. Y en una encuesta a escolares de secundaria, el 70 % afirma que no vivimos en democracia. Y no es solo la relación con la política: la confianza interpersonal también se ha desplomado. Apenas el 15 % de peruanos dice confiar en otras personas. Nos estamos acostumbrando al piloto automático de la desconfianza, a vivir con la sensación de que nada ni nadie es fiable, de que todo está contaminado. Y en esa derrota del entusiasmo, cabe esa frase de “que el último apague la luz”, y que en esa oscuridad el poder se haga de la ilegalidad, la impunidad y la corrupción.

O nos unimos

Lo cierto es que no ha surgido en el Perú una fuerza ciudadana opositora que asuma la responsabilidad de unir al país alrededor de una urgencia compartida. El liderazgo nuevo que necesitamos no está marcado por el “anti” (antifujimorismo, anticaviarismo, antifascismo y otros fantasmas) a quien enfrenta, sino por la emoción de que una visión común es posible frente al desgaste malsano de la apatía.

En naciones hermanas de Latinoamérica, las crisis democráticas dieron lugar a liderazgos opositores con sentido de transformación nacional: pasó en la era pos-Pinochet o con la figura de Corina Machado en la Venezuela tiránica de Maduro. En el Perú, sin embargo, la oposición parece haber quedado atrapada en una lógica de bloqueo, denuncia y cálculo, sin capacidad real de convocar. Grita, pero no congrega. Y cuando la hemos tenido en los últimos años, han terminado siendo líderes de papel, embarrados en el mismo fango que denunciaban.

Y el error es nuestro: por buscar en candidatos esos liderazgos que más bien están en quienes no aspiran necesariamente a un cargo público.

Mi mensaje es lo que veo todos los días: los líderes de ese propósito están aquí entre nosotros. No están en el Congreso o en el Ejecutivo o en los partidos, tampoco en la cédula de votación. Ahí están (y estarán) las autoridades de turno, pero no los liderazgos nacionales. Esos están en la sociedad. Están conduciendo organizaciones, haciendo política y acción ciudadana desde el propósito de sus instituciones. Están en la sociedad civil, en organizaciones con participación de empresas, en colectivos ciudadanos, en la academia que se une a producir evidencia, en los productores, comerciantes y sus gremios que organizan agenda de desarrollo, en los distritos donde se están aplicando soluciones reales a los problemas que los ministerios no saben resolver. Ahí están los líderes que pueden conducir esto.

Sus iniciativas son nuevas, hablan con voces frescas, defienden el derecho y la cosa pública desde otros códigos. Organizaciones que se abren a la diversidad, que han cambiado la composición de sus actores para llamar a los que piensan diferente, que buscan pluralidad en sus directorios, son las que levantan la voz con firmeza pero sin el volumen del grito que no escucha. Usan el lenguaje para acercar, no para dividir. Organizaciones lideradas por otra generación de jóvenes ejecutivos, de mujeres, de profesionales con conciencia social, de empresarios con agencia, esos que ya no quieren heredar el viejo molde, sino construir algo distinto. Quieren hacer de la transformación social una agenda de propósito, no de conveniencia para defender un manifiesto de ideas gregarias. Ahí también está ocurriendo la política, aunque no la llamemos así.

Pero no están unidos todavía. Sus caminos no se han encontrado. O sus alianzas aún son muy efímeras. Sus propósitos particulares no son la agenda de una reforma gravitante para el conjunto del país. No se sienten todavía los jugadores con la fuerza de poner en jaque el tablero del poder que está en juego este 2026. Pero lo son.

A ellos y ellas va esta columna. Unámonos. No posterguemos más lo que ya es urgente. La democracia peruana está herida y regenerarla, necesita esos liderazgos en el tablero. Si tenemos entre manos propósitos que no han sabido sumarse, pongámoslos en la ecuación de lo que multiplique. Permitámonos ver que ahí están las piezas para escalar a una visión de propósito común.

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