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Opinión

Recuperar la confianza: un ejercicio contracultural, por José Luis Gargurevich

Esta desconfianza también se ha trasladado al ámbito público, donde las soluciones se deslegitiman si provienen del "otro".

José Luis Gargurevich
José Luis Gargurevich

¿Es el ponerse de acuerdo una religión sin creyentes en el Perú?

Como consecuencia (y como causa) de tiempos de crisis hemos perdido el valor de escucharnos. Y como es de esas pérdidas de algo que como nación nunca supimos hacer bien, nutrido de una buena dosis de la anestesia de la desafección, hoy no todos sienten demasiado su ausencia. Como espacio que necesita ocuparse, ese vacío ha sido reemplazado por la polarización y la desconfianza.

¿En qué momento fue que la polarización se hizo lengua popular entre peruanos para hablar sobre peruanos? ¿Por qué para entender al otro lo pongo en la oposición de mis principios? ¿Por qué reduzco su perspectiva a ser enemiga de mi altura moral o a ser castigada por la soberbia de mi desconocimiento o la implacabilidad de mis etiquetas? Para los de una acera, si combates la desigualdad contra los más desfavorecidos, demuestras que eres un parásito que odia. Para los de la otra acera, si crees en la empresa que crea empleo, develas un apoyo soterrado a los abusos de los poderosos. En 3 segundos ya hemos ubicado a nuestro interlocutor en un lugar al que estará condenado a representar.

El enfrentarnos desde el reduccionismo de esas diferencias nos hace hostiles a construir proyecto común. ¿No estamos ya dispuestos a ver el país como una oportunidad de encuentro donde las diferencias no se censuren sino se incorporen al diseño de las soluciones? (Claro, estamos hablando de diferencias que no traicionen el contrato social de la democracia, la igualdad y la justicia. Esta columna no es una invitación a los profesos de la anarquía, la discriminación y el autoritarismo).

El radicalismo de esos polos de los que abusamos en el debate público, revela en realidad otra epidemia estructural más contagiosa aún: la desconfianza.

De acuerdo con el Barómetro de Las Américas, entre los países de América Latina y el Caribe, solo arriba de Bolivia y Nicaragua, Perú tiene los índices más bajos de confianza interpersonal. Menos del 50% considera al otro algo confiable.

Desconfiamos de todo lo que el otro proclama. Y ya no sólo en el político que aparece en la televisión sino que hemos llevado esa desconfianza al campo de los asuntos públicos, y a pesar de proponer soluciones que resuelven los problemas de las personas, si son pronunciadas por el otro, se invalidan y se destronan. Porque, sépanlo bien, la desconfianza es medularmente tan emocional que no confío ni en las razones ni en las ideas correctas de los otros.

Sin confianza, lo incorrecto se naturaliza y ya no incomoda. Se secunda, se evade con la mirada, se silencia la indignación y se huye del compromiso. Decrece la confianza: acto seguido, la corrupción genera tracción. Porque como toda degradación social, se refleja en lo que le sucede al tejido de sus individuos. Mastica de sus instituciones y autoridades, el poder con más poder. Pero no nos engañemos: se cocina lentamente en las esferas familiares, domésticas y más cotidianas de nuestro día a día, antes de transformarse en vulneración y violencia. Luchar contra lo que nos corrompe es una tarea que no se circunscribe a los sistemas de justicia, sino también a la educación y la ciudadanía.

La invitación es a construir acuerdos que nos hagan volver a escuchar y confiar. Un Estado que abandere la justicia, que exhiba una institucionalidad respetable, que convoque méritos y probidad, que saque músculo para garantizar el bienestar común y cuidar nuestra seguridad diaria, que sea alérgico al favor o al patrimonialismo, que cuide una economía saludable para que el mercado crezca y confíe, dándole sostenibilidad y cuidado al territorio, que destrone las economías ilegales, que enfrente pobreza con sentido de urgencia. Y que ciudadanos y Estado nos gobernemos valorando la integridad pública como el primer principio unificador, reconociendo la convivencia saludable de nuestra pluralidad, nuestras culturas y moralidades, permitiendo alcanzar nuestros proyectos de vida en libertad y diversidad.

Confiemos que acuerdos así son posibles.

Y hagamos la tarea desde una ciudadanía del encuentro, aun cuando pedir esto resulte un proyecto impopular y contracultural: usemos la escucha, la empatía y el diálogo para elevar el debate público a la enorme pluralidad de ideas, no para reducirlo a las limitaciones de nuestra pequeñísima perspectiva endogámica.

El vehículo de ese encuentro tiene que ser las instituciones, recuperando nuestra confianza en ellas., y para eso, comprometámonos a construir no en reacción a ellas sino a través de ellas. Exijamos instituciones que le hablen a más peruanos y no sólo a los nuestros. Parte del desánimo para participar hoy puede estar asociado a no hacer atractivos y accesibles los espacios desde donde pueden impulsarse agencias de cambio. Habernos quedado en un tiempo pasado y no saber reinventarse es un mea culpa que la sociedad civil debe hacer si queremos volver a tener la fuerza de convocar. Refrescada, moderna, plural, interdisciplinaria, que emocione por su firmeza, pero que convenza a la solución por sus propuestas.

El precio de darle la espalda a nuevas prácticas ciudadanas es regalarle el país a aquellos que no nos representan, a los que pactan con quienes nos matan, a quienes se alimentan voraces de puestos de poder para regalarse privilegios, a los que manosean la democracia porque es la moneda de cambio de sus intereses.

Y ya BASTA. Toca hacer ciudadanía de la buena, hay un país cuyo reencuentro nos reclama.

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