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Opinión

Los invisibles y la escuela interrumpida, por José Luis Gargurevich

Si no hacemos nada, más jóvenes quedarán en la informalidad: 12 de los 16 millones de peruanos económicamente activos son trabajadores informales.

José Luis Gargurevich 09-06
José Luis Gargurevich 09-06

Más de 8 millones de peruanos mayores de 15 años no ha culminado la educación básica. Permítanme poner un punto y aparte. Porque así es como están: aparte.

A algunos el sistema los expulsó porque se atrasaron un año y no les permitieron continuar, o dejaron la escuela porque no les era cercana, pertinente o en su idioma, o para trabajar o cuidar a sus familias. Nuestras escuelas alternativas, muchos las conocemos como “las nocturnas”, están sólo en el área urbana, alcanzan una cobertura insuficiente y la mayoría de sus docentes no están formados para enseñar a adultos. El 25% de la población nos es invisible educativamente.

Un millón y medio de ellos no sabe leer ni escribir. Otro punto aparte.

Allí donde leer y escribir debería ser derecho inherente, un millón y medio de ellos no puede hacerlo. En la zona rural del país, le pasa a una de cada cuatro mujeres. Son peruanos que no pueden leer sus derechos en un contrato, no les es accesible el mundo financiero, ni el empleo formal y digno, menos la pensión justa. Muchos viven bajo el estigma y la vergüenza, no se atreven a aprender porque ya están tarde: la sociedad, en su competitividad más hostil, les traduce aprender como retroceder.

Y si solo la afectación de un derecho fundamental no es suficiente para movilizarnos, sepamos -ciudadanos, políticos y empresarios todos- que el precio por no hacer nada se hace más alto con el tiempo. Si nuestros gobernantes no entienden la educación como inversión, habrá menos recursos en los bolsillos de las familias y en las arcas del Estado, y con menos recursos, menos también para la educación y la salud. Menos por menos. Se reproduce así una cruel historia circular de pobreza y recesión.

UNESCO lo ha calculado como “el costo de la inacción” haciendo el ejercicio de cuantificar cómo la omisión de políticas para recuperar la escolaridad y para asegurar competencias básicas afecta el progreso en las vidas de las personas y su economía.

Según este estudio, si en el Perú no hacemos nada, 84% más de nuestras niñas serán propensas a embarazos precoces. Si no hacemos nada, la tasa de homicidios podría aumentar en 63% y la tasa de jóvenes que ni estudian ni trabajan en un 43%. No ocuparnos de estos problemas nos costará al 2030 (a las personas y al Estado) hasta 18% de nuestro PBI.

Si no hacemos nada, más jóvenes quedarán en la informalidad: 12 de los 16 millones de peruanos económicamente activos son trabajadores informales. Los que no trabajan ni estudian superan el millón y medio, y 20% de ellos son jóvenes. En Lima Metropolitana, la cifra alcanza a la mitad de los jóvenes.

Sin culminar la escuela y sin una certificación que los habilite a insertarse en el mundo laboral, aun a pesar de las cualificaciones que deben haber desarrollado fuera del sistema educativo, perdemos capital humano para el progreso económico, ese que sirve para que millones salgan de la desprotección, la pobreza y el subempleo.

Entonces, como lo señala nuestro Proyecto Educativo Nacional, hay millones de peruanos con los que se guarda una deuda de la más alta exigencia ética. Pero si decidimos no verlo como un daño irreparable sino como la oportunidad que dicta la urgencia, como la posibilidad de incluirlos en el circuito del progreso, ¿qué estamos dispuestos a hacer desde la empresa, desde la política, desde las organizaciones sociales para vincular nuestra Educación con nuestra Economía?

La educación, pero no sólo la que no culminaron de niños, sino la que hoy pueden desarrollar los jóvenes, los adultos y los adultos Mayores, esa educación también y sobre todo conecta con el progreso. Aprendemos de la actualización laboral, la formación continua, la educación a distancia, la educación comunitaria, la educación técnico productiva, la artística, la cultural, la deportiva.

Aprenden los jóvenes sin secundaria que trabajan en el campo estacionalmente y se hacen de proyectos productivos. Aprenden los niños y niñas cuando en el centro poblado escuchan a los sabios sobre sus culturas, la naturaleza, su territorio. Aprenden también los adultos cuando pagan cursos para actualizar alguna destreza profesional o cómo aplicar la IA en el trabajo, cuando asisten a una charla sobre historia o cuando salen a las calles a ejercitar su reclamo ciudadano. Aprenden las mujeres en espacios de empoderamiento sobre inclusión financiera y emprendimiento, esas habilidades que les permiten autonomía y protección contra la violencia doméstica o la dependencia económica. Aprenden los adultos mayores cuando en el municipio llevan talleres de autocuidado, salud mental o ejercitan espacios de pintura.

Sin importar la oficialidad, los peruanos se han hecho de educaciones propias, formas de aprender por fuera del sistema que tienen una contribución gravitante en su bienestar y la de los suyos. Resulta que entramos y salimos del sistema, pero no por eso dejamos de aprender.

Esa educación es invisible hoy, en la política pública, en la agenda del Ministerio de Educación, en la certificación y convalidación de esos aprendizajes, en el presupuesto a una prioridad que afecta a millones, y ya no me refiero a los ocho que no terminaron la escuela sino también a los diesiséis que sí lo hicieron pero sus aprendizajes son invisibles.

Este año, un grupo de instituciones ha iniciado un Grupo Impulsor para que la Educación de Jóvenes y Adultos articule a más actores de la sociedad, y han participado de un Encuentro Andino en Ecuador para intercambiar experiencias sobre esta educación que va más allá de la educación que conocemos tradicionalmente.

Lo cierto es que hay más educaciones que prometen ser soluciones a la pobreza y la informalidad en nuestro país. Educaciones cuya gesta ya está en los territorios y falta ponerla en valor. Hagamos que existan, que la Educación asome la cabeza fuera del Sector Educación y encuentre un espacio más abarcativo al desarrollo, para hacer disponibles desde los Sectores, empresa, universidades y sociedad civil aquellas ofertas educativas para con quienes tenemos una deuda y poco tiempo para saldarla.

Datos extraídos de INEI, Encuesta Nacional de Hogares / UNESCO, 2024. El Precio de la inacción: el costo global privado, fiscal y social de que los niños, niñas y jóvenes no aprendan.

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