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Opinión

El peor enemigo de un peruano, por Maritza Espinoza


A pesar del incuestionable dolor de haberlo perdido, los peruanos, fieles a nuestra naturaleza, no desperdiciamos la oportunidad de aprovechar la muerte de Mario Vargas Llosa para enfrentarnos los unos con los otros. Redes sociales, sobremesas, oficinas y, sospecho, hasta lechos conyugales, se llenaron de disputas y agravios entre gente que descalificaba cualquier visión sobre nuestro Nóbel que no concordara con la propia. Así de profundo es el impacto que tuvo en nuestras vidas.

También abundaron, desde todos los bandos ideológicos, los “reproches” póstumos a sus opiniones y posturas políticas, y hasta gente con gran talento para la insignificancia pontificaba sobre lo que él - ¡un Inmortal! - debió o no hacer o decir en alguna coyuntura específica de nuestra historia reciente. Que si envidiaba a Alberto Fujimori por haberle ganado las elecciones del 90; que si era un “facho” porque votó por la hija en 2021; que si era un chavista porque apoyó a Ollanta Humala el 2011; que si debió o no aceptar una condecoración de Dina Boluarte; en fin, minucias absolutas para alguien que está más allá de nuestras pequeñeces.

La risible soberbia de algunos personajes de la “opinología” local fue todavía más estridente por cuanto enormes rostros de la política y la intelectualidad global manifestaron tristeza por su desaparición y una genuina admiración por su literatura. «Con su obra, opuso la libertad al fanatismo, la ironía al dogma, un ideal feroz a las tormentas del siglo», tuiteó Emmanuel Macron. «Mi agradecimiento como lector por una obra inmensa, por tantos libros clave para entender nuestro tiempo”, escribió Pedro Sánchez. Los periódicos más importantes– Le Monde, Liberation, Le Figaro, The Washington Post, The Wall Street Journal, The Guardian, El País- le dedicaron sendos tributos y, algunos, hasta titulares en portada.  

Mario Vargas Llosa es, hoy más que nunca, un peruano universal y ha ingresado al Olimpo de la literatura (lo hubiera hecho incluso con la décima parte de su obra), donde ya no caben las humanas preocupaciones. Aunque, como es normal en el Perú, su enorme éxito haya chocado con la envidia endémica de sus compatriotas, muchos de ellos poseedores de un inmenso poder y una pequeñez a prueba de noblezas. Fue la envidia, sin duda, lo que llevó a Alan García a apoyar, no al candidato de su partido, Luis Alva Castro, sino a un gris Alberto Fujimori en las elecciones de 1990. Y fue la envidia, seguro, lo que motivó al gobierno de este a perseguirlo por años, hasta intentar quitarle la nacionalidad peruana. Y también fue la envidia la que hizo que su ex aliado Hernando de Soto (“vanidoso y susceptible como una prima donna”) lo llamara “hijo de puta” en una entrevista televisada.

¿Y acaso no era la envidia lo que, en el 2021 (cuando votó por la hija del ex dictador) motivó a algunos a exigirle que se callara la boca?  Quienes así vociferaban no habían ganado un Nóbel, no habían tenido ningún logro comparable a los suyos y no habían hecho en sus vidas ni la milésima parte de lo que él había hecho. En fin, no le llegaban ni a los tobillos. Pero, eso sí, se sentían con autoridad (au-to-ri-dad, ojo) para exigir que él, ¡que era Mario Vargas Llosa!, dejara de opinar sobre política.

“Cuando un peruano tiene éxito, el otro peruano se siente miserable y alivia su infelicidad devaluando el mérito del otro con una sofisticada narrativa que entremezcla la verdad con la difamación: el raje”, escribía hace algunos años, en una columna, el sicólogo y antropólogo Jorge Yamamoto. Es decir, la explicación académica del viejo adagio aquel que reza: “El peor enemigo de un peruano es otro peruano”. Nada más cierto. Y nadie como Vargas Llosa para suscitar esas envidias. E ignorarlas.

Sin embargo, nunca huyó de las confrontaciones. Al contrario, parecía disfrutar debatiendo y contradiciendo al establishment. Lo hizo cuando, a principios de los setenta, firmó una carta contra el trato que el gobierno de Fidel Castro dio al poeta Herberto Padilla y cuando, casi enseguida, abjuró de sus viejas ideas de izquierda. Lo hizo cuando le pegó un puñetazo a su hasta entonces camarada Gabriel García Márquez a la salida de un cine en México; lo hizo cuando, tras el autogolpe de Alberto Fujimori, lo condenó públicamente; y también cuando, en un giro de 180 grados, apoyó a la hija de este en la segunda vuelta de las elecciones del 2021.

Fueron las contradicciones humanas de un genio. Y nadie puede pedirle a un genio perfección ni coherencia absoluta. Su obra es un legado tan grande a la humanidad (y a los hijos de este país que él tanto amó), que no tenemos nada que reclamarle y mucho menos que perdonarle. ¿Podríamos reclamarle perfección a Cervantes, a Picasso, a Mozart o a Borges? En el panteón donde están, allí donde sólo entran los inmortales, no asoman los mezquinos reproches de los insignificantes.

Por eso, sólo queda reconocer su grandeza y decirle (como le diría la entrañable Tía Julia a la que rindió homenaje en una de sus mejores novelas): “Adiós, Marito. Nos diste más, infinitamente más de lo que nosotros te dimos a ti. ¡Gracias!”

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