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Opinión

Fascismo y “obediencia anticipada”, por Cecilia Méndez


Cecilia Méndez
Cecilia Méndez

El fascismo es siempre el producto de un liberalismo en quiebra

                                                            — Chris Hedges

Han sido semanas especialmente pavorosas aquí, en los Estados Unidos.  La destrucción de lo que queda del Estado de bienestar —es decir, de  las agencias estatales dedicadas a proporcionar un servicio público, desde educación hasta salud, pasando por pensiones de jubilación  e investigación científica—   han sufrido purgas, despidos en masa y recortes presupuestales que en apuntar a su desactivación y presumible reemplazo por corporaciones privadas. Ello hará que muchas personas  de escasos recursos o necesidades especiales ya no  perciban su jubilación, no puedan seguir estudiando, o pierdan el acceso a atención médica gratuita o de bajo costo. Su ejecutor  ha sido Elon Musk, el hombre más rico del mundo y brazo de derecho de Trump, otro millonario con déficit de ética, y criminal convicto convertido en presidente por segunda vez.  Este asalto a los bienes públicos esconde un obvio conflicto de interés y revela  el grado de bajeza moral del actual gobierno.

Escribo, entonces, como el escritor  Pankaj Mishra,  “para aliviar mi perplejidad desmoralizante  frente a una gran bancarrota moral y para invitar a los lectores a una búsqueda de clarificaciones”. Parafraseando al filósofo Karl Jaspers — quien se pregunta por responsabilidades diversas en la Segunda Guerra Mundial—  Mishra  siente una  “una  culpa metafísica” y escribe “con la aflicción  de quienes se vuelven impotentemente conscientes de una barbarie inconcebible en su entorno”. Existe, decía  Jaspers — prosigue Mishra— “una solidaridad entre los hombres como seres humanos que nos hace corresponsables los unos a los otros por cada mal e injusticia en el mundo, especialmente por crímenes cometidos en nuestra presencia o con nuestro conocimiento. Si fracaso en el intento de hacer todo lo que puedo para prevenirlos, yo también seré culpable” (The World After Gaza: A History, Nueva York: Penguin Press, 2025, p. 20).

Una bancarrota moral

Y es que la bancarrota moral a la que me refiero va mucho más allá de la demolición del Estado de bienestar fundado por F.D. Roosevelt  en los años 30 del siglo a  manos de  Trump y los multimillonarios  que lo rodean. Y tampoco empezó con Trump.  Este despojo de derechos a los ciudadanos es un proceso que inicia Reagan,  consolida Clinton y Trump acelera llevándolo a su forma más grotesca  en el marco de un asalto totalitario del  poder.

Me refiero  también, y más importante aún, a la perversión moral que supone  financiar y avalar un genocidio —el de los palestinos— con armas, distorsiones verbales y silencios; con apoyo político y blindaje diplomático, como en los innumerables vetos a resoluciones de cese al fuego por parte de EEUU en la ONU;  como cuando Biden suspendió los fondos para la  UNRWA, principal agencia humanitaria en Gaza para los refugiados palestinos, mientras aviones o drones soltaba bombas estadounidenses sobre escuelas, universidades,   almacenes con víveres y medicinas, hospitales con pacientes y doctores adentro, y mataban periodistas y familias enteras.

La abdicación de los  “liberales”

Me refiero a los vítores exaltados que los congresistas estadounidense ofrecieron al  Primer Ministro del Genocidio, Benjamin Netanyahu, invitado de Biden, en el Congreso hace unos meses, y los abrazos fraternos poco después en la Casa Blanca, ya con Trump. Todo ello, pese la orden internacional de captura que pesa sobre dicho Primer Ministro por crímenes de guerra y de lesa humanidad por parte de la Corte Penal Internacional y un juicio por genocidio contra  estado de Israel en la Corte Internacional de Justicia.  El establishment político de EEUU — republicanos y demócratas—  no ha mostrado la más leve intención de querer detener la exterminación de palestinos en curso,  pese a que Israel ha quebrado innumerables veces el último acuerdo de cese al fuego con Hamás  y ha bloqueado desde hace más de dos semanas el acceso a alimentos, víveres, agua, y electricidad.

Personalmente, siento que el establishment mediático supuestamente “liberal” y  del Partido Demócrata tienen la  mayor responsabilidad en la debacle moral que ha terminado conduciendo  al fascismo de Trump,  porque abdicaron de su responsabilidad de ofrecer una alternativa viable a Trump e informar con verdad.  Los congresistas trocaron cualquier principio democrático que podían haber tenido por los    millones del AIPAC   (la organización pro-Israelí de EEUU dedicada a la compra congresistas y políticos, digámoslo claro), que garantizaban la renovación de sus curules o cargos políticos.  Su complicidad con el silencio y distorsiones de los medios con respecto a la real situación de los palestinos y las responsabilidades de Israel (con raras excepciones como la Rashida Tlaib, la única palestina en el Congreso) debe ser sopesada. Los medios supuestamente  “liberales”,  por su parte, en lugar de ponerse firmes frente a Trump, como lo hicieron en su primer gobierno, ahora no solo se muestran complacientes sino que lo vienen  apoyado de maneras más o menos directas.   El New York Times se olvidó de indignarse y de contar escrupulosamente cada mentira de Trump, como lo hizo en su primer gobierno.  Bezos  y Zuckerberg han puesto el Washington Post y Meta, respectivamente, al servicio del dictador.

La traición  de Columbia

Pero es imposible tener una política imperialista y genocida en el frente externo, sin que afecte el frente interno, donde se ha empezado a perseguir severamente la disidencia,  violando el derecho a la libre expresión  y de cátedra con el falso mantra del  “antisemitismo”.  En “obediencia anticipada”,  muchas autoridades universitarias empezaron a ceder, ya desde el gobierno de Biden, reprimiendo brutalmente a sus  alumnos por  protestas pacíficas solidarias con Palestina y contra la política pro Israelí del gobierno de Biden,  realizadas en congruencia con los llamados de la ONU de que los países miembros  no deben colaborar con un Estado que está presumiblemente cometiendo genocidio.

Hace unos días  arrestaron a Mahmoud Khalil, un palestino recién graduado de la Universidad de Columbia y residente permanente  en EEUU, líder de las protestas de solidaridad con Palestina en ese campus.  Khalil  fue secuestrado de noche, por agentes de la ICE no uniformados, sin orden de arresto y frente a su esposa estadounidense, embarazada de 8 meses.  Mientras escribo sigue detenido sin explicaciones y sin que exista ningún cargo su contra.  En las protestas que ocurrieron unos días después, en Nueva York,  había  muchos judíos en defensa de Khalil, entre ellos varias hijas y nietas de sobrevivientes  del Holocausto. Una de ellas le contó a una periodista cómo a su padre los agentes de la Gestapo lo  habían secuestrado de noche, sin explicaciones igual que a Khalil.

La ICE es la nueva Gestapo y los palestinos son los nuevos judíos. Está demasiado claro como para que alguien pueda darse el lujo de ser neutral.

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