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Opinión

Pedro Castillo, hambriento político, por Mirko Lauer


Mirko Lauer
Mirko Lauer

Hay que reconocerle al limitado Pedro Castillo una cierta afinidad natural con la publicidad mediática. El paso por la presidencia, el golpe frustrado y el encarcelamiento que siguió le ganaron un cortejo de opiniones antisistema —no nos atrevemos a llamarlas de izquierda— que por momentos asoman en alguna encuesta.

Todo lo anterior, junto con las simpatías de un par de presidentes de fuera y con un séquito de abogados intercambiables, mantiene el ego de Castillo a flote en medio de su desgracia. Por lo pronto, en estos días está convencido de que puede ganarle a la justicia peruana el round del juicio oral mediante algunos gestos desafiantes.

Su anuncio de una huelga de hambre para evitar que se le siga juzgando es el tipo de movida que lo mantiene en los medios. También lo mantiene en las encuestas de intención de voto, donde es uno más de aquellos por los que casi nadie quiere votar en el 2026. Por otra parte, en un par de años de cárcel no ha dicho nada interesante.

Desde el punto de vista partidario, el hombre está solo. No hay una sola agrupación dedicada a promover su libertad o siquiera a aprovechar la difusión del nombre y la figura. Perú Libre, que lo lanzó, tiene sus propias relaciones con lo carcelario y no quiere saber nada con el asunto. Nada más allá de la habitual cachita en X de su líder prófugo.

Incluso la secuela de Sendero Luminoso, que circula como Movadef, con una expresión laboral en el magisterio anti-Sutep, no está muy interesada en el destino de Castillo. Tal vez lo ven, preso o libre, como un potencial pasivo político. Además, no hay en esos sectores mayor interés por las elecciones de cualquier tipo.

¿Qué puede hacer Castillo preso? Puede endosarle su pequeña votación a un candidato con aún menos simpatizantes que él. Por ejemplo, un anti-boluartista duro, ubicado entre los menos conocidos de la boleta electoral que se viene. Alguien va a querer aprovecharse de toda esa publicidad recogida en una penosa peripecia política.

Castillo parece candidato a una lenta desaparición. Expresidentes presos mucho más ilustres, y con mucho mejores abogados, no han logrado mantener con algún provecho la atención política sobre ellos. Castillo no lo va a lograr con sus desplantes.

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