Historiador. Radica en Santiago de Chile, donde enseña en la Universidad Católica de Chile. Es especialista en temas de ciencia y tecnología. Su libro más reciente es Los años de Fujimori (1990-2000), publicado por el IEP.
Entregar un país en una mejor situación a la que lo recibió debería ser un principio básico y un piso mínimo para cualquier mandatario. Es precisamente lo que ha hecho la presidencia de Gabriel Boric luego de un periodo de cuatro años. Cuando obtuvo la victoria en segunda vuelta en 2021, el país estaba recuperándose de un doble cataclismo. De un lado, la mayor protesta en la historia de Chile con el Estallido Social, que cuestionó el modelo económico neoliberal y que consiguió lo imposible: un plebiscito para cambiar la Constitución de Pinochet de 1980. De otro, el fin de la pandemia y una necesaria recuperación económica ya que la cuarentena había afectado la economía de las familias.
El nuevo gobierno, de tendencia socialista, tuvo como principal objetivo sanear la economía y mejorar las condiciones de vida de la población. No fue un periodo sencillo, desde un primer momento, el sector que perdió la elección se convirtió en una oposición sin voluntad de diálogo y dispuesto a sabotear al gobierno de turno. Buscaron cuestionar al grupo cercano del entorno presidencial y establecer cuestionamientos sin fundamento al resto del equipo como al mismo presidente.
Boric, en estos cuatro años, tuvo que lidiar con la radicalización de la derecha y la pérdida de aliados regionales, centrándose en Brasil y México para impulsar políticas comunes. Le tocó también la muerte de un presidente, luego del accidente de Sebastián Piñera. No menos importante fue haber realizado dos plebiscitos, ambos fallidos, para aprobar una nueva Constitución y la frustración por mantener la de 1980 en vigencia. En lo personal, se separó de su anterior pareja y emprendió una nueva relación, con quien tiene una hija llamada Violeta.
Por supuesto, hay elementos que jugaron en contra de su Gobierno. No tanto el “amateurismo” como dicen algunos críticos, pero sí no haber previsto el nivel de ataque desde la oposición y dejar flancos abiertos. De igual manera, el equipo de gobierno reaccionó muy lentamente a la tarea de comunicar los logros obtenidos de modo que la información llegara a quienes se beneficiaban de las medidas.
Aún así, hay aspectos que conviene destacar. Uno de ellos es el incremento del sueldo mínimo y de las pensiones. En cuanto al salario, este pasó de 350 mil pesos a 539 mil, siendo uno de los incrementos más altos desde el retorno a la democracia. De igual modo, se buscó ajustar las pensiones e incrementar la de las mujeres, que recibían menos que los hombres.
Un tema sensible y que el gobierno le logró disputar a la derecha, si bien tardíamente, fue el de seguridad. Frente a las noticias de los medios, que sobredimensionaron el número de homicidios y muertes frente a las cifras, se buscó contrarrestar con medidas concretas. Dos aspectos centrales caracterizaron este periodo: la preocupación en los incendios forestales y la inmigración. Sobre el primero,
No menos importante ha sido la posición de Estado en política exterior. Boric puso por encima de sus preferencias ideológicas la razón de Estado en cómo relacionarse con sus vecinos, y no cayó en las provocaciones de un Milei necesitado de distracción por los problemas internos de su país. Condenó tanto los ataques de Hamas como de Israel contra Gaza, y esta posición le ganó la animadversión de Estados Unidos y en particular de su nuevo embajador en Chile, que ha buscado intervenir en la disputa actual en torno al cable de fibra óptica auspiciado por China.
El perfil del mandatario que gobernará desde este miércoles no puede estar más alejado del estilo de Boric. José Antonio Kast, 60 años, llega finalmente a La Moneda en su tercer intento luego de postular en 2017 y 2021. Líder del Partido Republicano, se caracteriza por un tipo de política ya conocida de la extrema derecha de la región y a nivel mundial. Su experiencia de gobierno es muy limitada y desde muy temprano hizo pública su defensa del régimen pinochetista, como alguien cercano a Jaime Guzmán y en una aparición del plebiscito de 1988 a favor del “Sí”.
Si bien su triunfo fue contundente frente a la candidata oficialista Jeannette Jara, en los últimos meses sus acciones han provocado una disminución en las expectativas como presidente. Durante la campaña, e incluso antes de esta, Kast instaló el discurso de que Chile se hallaba en una de sus peores crisis económicas, políticas y sociales, y que su gobierno sería uno de “emergencia” para recuperar al país luego del gobierno socialista. Los medios de comunicación contribuyeron con este discurso, creando una situación falsa de zozobra entre la población.
Los números salieron a desmentir a Kast. Su pobre manejo político se ha evidenciado recientemente al cortar la transición de los equipos de gobierno saliente con el suyo, pero tuvo que retomarlo cuando las encuestas no le dieron la razón. Y este fin de semana protagonizó un hecho bochornoso al asistir al encuentro liderado por Trump en Miami y pasar de estar al lado del anfitrión al lado extremo, y ser reemplazado por Bukele en la foto.
Por lo pronto, Boric termina con casi un 35% de aprobación, según la Encuesta Criteria, mientras Kast asume con un 44% (había obtenido 58% en la segunda vuelta). El mandato presidencial de Kast en Chile va a significar un estilo difícil para el país, y que va a estar caracterizado por la improvisación, la prepotencia, las mentiras y la recurrencia a un “gobierno de emergencia”, algo que ya conocemos bien en Perú y que sabemos que no termina bien.

Historiador. Radica en Santiago de Chile, donde enseña en la Universidad Católica de Chile. Es especialista en temas de ciencia y tecnología. Su libro más reciente es Los años de Fujimori (1990-2000), publicado por el IEP.