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Opinión

Mentir, solo mentir y nada más que mentir, por Rosa María Palacios

¿No debería darse el mismo o un más radical remedio a los que desinforman desde la oscuridad? Alcaldes, policía, jueces y fiscales, hasta hoy, no han hecho nada por defendernos. Estamos solos, pero aquí seguiremos.

larepublica.pe
Rosa María Palacios

El arte de la estafa está en realizar el truco de hacer creer al estafado que recibe un beneficio cuando lo está perdiendo todo. La victima del engaño puede estar incluso agradecida y permanecer en ese estado, por siempre. El ardid es tan antiguo como la humanidad y mucha agua ha corrido por el Rímac como para tener que explicarlo. Sin embargo, siempre hay espacio para la novedad, la creatividad y por supuesto, reclutar más estafados.

En tiempos de redes sociales, compras virtuales y noticias por streaming, es la viralización de la mentira la que emerge como un fenómeno nuevo. De estafar a los transeúntes a estafar a millones de personas, hay un salto enorme. Esta novedad tiene un impacto extraordinario en la lucha política y en las contiendas electorales El Perú no ha sido la excepción de esta peste mundial. Por el contrario, todo indica que la campaña del 2026 viene con todo.

Tres informes periodísticos han sido publicados esta semana. Los tres tratan el problema desde distintos ángulos y trataré de compartir algunas de las conclusiones de estos. Epicentro con “Radicales en las calles y sus nexos políticos” (publicado en dos partes) y El Foco con “El cártel de la desinformación de la derecha peruana” (con algo de la izquierda) nos traen un panorama de personas, instituciones e intereses que se mueven detrás y delante (con campañas de acoso domiciliario) de esquemas cada vez mas sofisticados de lo que conoce en el mundo como “fake news”. A estos reportajes se suma otro, en formato podcast, que aborda el fenómeno en los Estados Unidos. Producido por El Hilo (Radio Ambulante), “Campañas de miedo: desinformación y voto latino en Estados Unidos”.

He sido entrevistada por los dos primeros. Soy víctima (aunque no se postule para eso) tanto de campañas de desinformación como de acoso sistemático en mi casa. Siete ataques domiciliarios por parte de un grupo minúsculo de personas y miles de mensajes en redes sociales. ¿El principal ataque? “Morsa”, “Chancha de mierda”.  Yo no soy funcionaria publica y no he postulado ni postulo a ningún cargo público. Como no tienen mucho donde hurgar, mi cuerpo es su campo de batalla. Si esta es la conducta normalizada en el Perú hoy, ya pueden imaginar lo que viene en la campaña.

Hemos aprendido algunas cosas. Nada de esto es espontáneo. Nada responde a una coincidencia de pareceres que animan a un grupo pequeño a agitar las redes en busca de una noble causa. Lo primero que hay que saber es que la desinformación política es intencional. Dolosamente se busca desacreditar. Lo segundo, aunque parezca sorprendente, es que la desinformación es un negocio. Así como una campaña política invierte millones en propaganda, también invierte millones en contrapropaganda. Las cifras del reportaje de El Hilo son impactantes. Nadie ha calculado las del Perú.

¿Quiénes desinforman? El Foco puntualiza en que hay una concurrencia de medios tradicionales, portales web y actores empresariales. Es imposible que estos medios marginales se sostengan económicamente sin algunos mecenas o que grupos minúsculos de acosadores tomen las calles sin un padrino político. Algunas caras son visibles, pero la gran mayoría son invisibles. Obreros de la desinformación que se pueden contratar para granjas de trolls hay hasta en la oficina de un congresista. Todo eso se paga.

A la desinformación que usted lee en cualquier red que use, se unen piezas audiovisuales en las mismas redes (sin autoría) y otras más elaboradas como las de Willax que han generado denuncias por difamación. ¿Cuál es el propósito? Desacreditar y, conociendo las falencias del sistema judicial, generar una “noticia criminal” para que un fiscal perdido en el espacio se la crea y te abra una investigación inconducente, que se archivará pero que te obligará a gastar en abogados. Es un ecosistema donde reina la estupidez humana.

Sin embargo, la pregunta que uno tiene que hacerse es esta. A estas alturas, ¿este timo es creíble? Depende. No puedes engañar todo el tiempo a todo el mundo, pero sí puedes engañar un largo tiempo a pocos o un corto tiempo a muchos. Desde la propaganda nazi hasta los bebedores de dióxido de cloro en la pandemia, pasando por los antivacunas (que predecían que a estas alturas estaríamos todos muertos) o los terraplanistas, la mentira política tiene un impacto. Si no fuera así, no se seguiría invirtiendo tanto en ella. ¿Quién financiaría a 30 personas (vienen en bus, con refrigerio, volantes en papel cuché, pancartas, megáfonos y parlante en largas jornadas) para que lancen caca sino quisiera que su campaña tenga éxito?

Pero una cosa es tener impacto temporal y otra aguantar una campaña electoral. Las victimas no somos mancas. En los dos primeros reportajes que mencioné hay un señalamiento perfectamente claro sobre las autorías. En el caso del acoso callejero, Fuerza Popular, Renovación Popular y el Apra tienen vínculos directos. Se los recordaremos a cada votante cada día de la próxima elección. En el caso de la desinformación en medios están Expreso, La Razón y Willax y otros encubiertos. Mas allá de las denuncias por difamación que se acumulan contra estos medios y sus voceros, visibilizar lo que está pasando es importante para que ustedes no sean engañados.

Antauro Humala está fuera de la carrera electoral por organizar una campaña llena de mentiras, pero con un ingrediente adicional. Sus falsedades proponen destruir la democracia y violar derechos fundamentales. A través de un discurso disruptivo, que buscaba la agitación (herramienta muy usada en comunicación política) escapo de toda cautela democrática. Enhorabuena que ya no está en el juego. Pero, perdió dando la cara. Desinformó, sí, pero no se ocultó. ¿No debería darse el mismo o un más radical remedio a los que desinforman desde la oscuridad? Alcaldes, policía, jueces y fiscales, hasta hoy, no han hecho nada por defendernos. Estamos solos, pero aquí seguiremos. Que no nos estafen, es nuestra batalla más importante.

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