
¿Un documental puede transmitir una realidad contundente manejando de manera caprichosa la información, retorciéndola y revirtiéndola a su antojo? ¿Puede darse el lujo de omitir datos fundamentales, emplear artificiosamente la imagen y, a pesar de todo ello, conseguir un retrato coherente y revelador del tema que pretende abarcar?
La respuesta obvia parecería ser un rotundo no. Al menos era lo que yo pensaba hasta la semana pasada cuando —en un vuelo, de casualidad—, me encontré con Moonage Daydream, la película donde, a partir de imágenes inéditas, con una estética próxima al videoclip, Brett Morgen reconstruye esa intensa y permanente metamorfosis que fue la vida de uno de los creadores más fascinantes, revolucionarios e indispensables del último siglo: David Bowie.
Moonage Daydream produce un particular efecto inmersivo. En lugar de contemplarlo desde el exterior, su propuesta visual, acompasada por 48 canciones, intenta sumergirnos en la mente del creador. A pesar de su exposición pública —que se vio elevada al paroxismo con el disco “Let’s Dance”—, descubrimos a un David Bowie silencioso e introvertido que, por confesión propia, nunca hablaba con nadie y que, cuando respondía las entrevistas personales, solía ser trascendental, pretencioso, irónico o contradictorio (“Soy budista el martes y me gusta Nietzsche el viernes”). A pesar de su obvia admiración, se agradece que Morgen no pretenda ocultar los claroscuros del músico que se definía a sí mismo como “un coleccionista de personajes”.
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El Bowie que emerge de este documental es una figura poliédrica, que se hizo conocida por discos como Space Oddity, Aladdin Sane o The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars, pero que, en su necesidad de nuevas alternativas expresivas, exploró todas las formas del arte, de la pintura a la escultura, de la literatura a la actuación (como cuando hizo de Poncio Pilatos en La última tentación de Cristo o de Andy Warhol en Basquiat). Esa versatilidad respondía a un genio inquieto e hizo de Bowie un creador fecundo e inclasificable.
En una época tan proclive a la especialización y el encasillamiento como la nuestra resultan asombrosas su urgencia por el cambio, su patológica curiosidad, su desprecio por las etiquetas y su afán por transgredir los límites de cualquier naturaleza: sexual, geográfica o ideológica. Bowie era todo lo contrario, como lo demuestra su naturaleza cambiante, de búsqueda y transformación perpetuas, con influencias de toda clase: Bergman, Buñuel o Eisenstein. Aunque a la película le falten la relación con Iggy Pop o una inmersión en sus años en Berlín, entre otros aspectos, el resultado es fascinante, ambiguo, múltiple e infinito. Como el propio David Bowie.





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