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Opinión

Nunca llueve, hasta que llueve

"Así, pasamos de chispitas a garúa a llovizna, a lluvia y a demasiada lluvia. Para nada de esto estamos preparados". 

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"Así, pasamos de chispitas a garúa a llovizna, a lluvia y a demasiada lluvia. Para nada de esto estamos preparados". 

Lima no está ni de lejos sufriendo las inundaciones del norte, pero en la capital donde supuestamente nunca llueve un fuerte chaparrón ocasional puede ser un problema serio, sobre todo para las viviendas empinadas en los cerros. Ya hemos tenido una lluvia que nos empapó en serio, y desde hace días estamos pendientes de los pronósticos.

Los de cierta edad tenemos recuerdos de autos flotando en pasos a desnivel, barro en lugares inesperados, goteras llenando vasijas insuficientes, o intentos de exprimir alfombras cargadas de agua (es casi imposible). Las lluvias que nos han tocado han durado días, pero todo en ellas ha parecido instantáneo.

Siempre hemos vivido en la fantasía de la ciudad que sería tropical si hubiera lluvia permanente. La imagen que va con eso es Río de Janeiro. Pero sospechamos que antes de florecer esa ciudad imaginada se tendría que derretir. De modo que la fantasía en verdad es un temor en ciudades a todo lo largo de la costa. Aquí la lluvia no es una buena noticia.

Así, pasamos de chispitas a garúa a llovizna, a lluvia y a demasiada lluvia. Para nada de esto estamos preparados. Como si la humedad perpetua fuera suficiente. A veces salimos a la calle vestidos como para cruzar un desierto. Los techos siempre viven olvidados de la lluvia anterior, con agujeros que esperan su turno. 

La relación con esas gotas es complicada. Detestamos los destrozos de la lluvia en la ciudad, pero hay gran decepción cuando fracasan los pronósticos de lluvia, como acabamos de ver. Pareciera que queremos lluvia, sobre todo en el verano, pero no sus efectos. Todo esto mientras miramos con terror los efectos de las intensas precipitaciones en el norte del país.

Como pensamos que no va a seguir ni va a repetirse, la lluvia nos deja un poco indiferentes. Pues además de daños, lo único que ella puede hacer es detenerse. El puneño Carlos Oquendo de Amat la vio particularmente infantil: “La lluvia / La lluvia / Es la tarjeta de visita / de / Dios. / El teléfono de alguna mamá. / Y en el barro / La lluvia ha hecho dos caminitos claros. / Como dos bracitos ingenuos / Que pidieran / ALGO”.

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