
A excepción de algunos países como Irán, China, Vietnam y la India —donde los gobiernos intentan controlar el acceso a la información digital como respuesta ante las protestas—, la libertad de expresión sostiene casi todas las dinámicas sociales del mundo. Por eso, la tiradera de Residente contra J Balvin, una contestación con un mínimo de cortesía pero con gran cuota de verdad, puede ver la luz.
Cuando hablo acerca de verdad, me refiero a la suya, a la que traza en sus ritmos y a la que ha dejado entrever a lo largo de su trayectoria caracterizada por el compromiso social: René Pérez Joglar cree “en su nivel y en el carbón de su lápiz corriendo por encima del papel” porque posee el prodigioso talento para componer sus propios temas. Y así como él pertenece al bando de los cantautores, hay quienes solo forman parte del flanco que “escribe menos que un bolígrafo sin tinta” y que para “dos minutos de canción tienen veinte escritores”, los intérpretes.
Su verdad también comprende su personal aprecio —o desprecio— hacia los galardones de la industria musical, un universo que agrupa a artistas, a famosos y a quienes tienen la maestría de ser ambos a la vez. Y si bien el popular Residente no se sobrecoge frente a “las estrellas de las plataformas digitales ni a los Billboard”, hay figuras que miden su éxito según la cantidad de sus premios: un cálculo público y tan tangible como las vistas en YouTube. Tiene sentido porque este negocio, como cualquier otro, necesita de cifras y a veces también del “auto-tune y el playback activados”.
La crítica está supeditada a la libertad de expresión y, cuando se teje a través de rimas como las del puertorriqueño, el público que coincide con su verdad aviva las palmas. Sin embargo, es oportuno recordar que el logro podría mancharse cuando la distribución de palabras categoriza en “artistas de quinta” o “imbécil” a personajes que también tienen una audiencia: masas que buscan, sobre todo, identificación. Los insultos, entonces, se trasladan a la multitud y más cuando un fragmento del tema está destinado para “que los que se compren la camisa del hot dog se sientan bien pende***”.
René ha vestido su gorra con la R, un símbolo de la individualidad de su pensamiento, y ha expuesto su percepción acerca del mundo que habita, así como algunas veces lo han hecho periodistas acerca de los derechos de prensa, el personal docente acerca de su jurisprudencia en el magisterio o los pueblos indígenas acerca del control de su tierra. Esta vez, las redes sociales alimentan una interacción que dispara flores o balas según el ritmo de quien lidere la tendencia, pero sea quien sea el artista —o el famoso— hay algo que no distingue entre destrezas: el respeto. “No se compra el respeto por ser talentoso”, entonó el rapero.





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