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Opinión

Se partió Nicaragua

“No hay manera de justificar lo que ocurre en Nicaragua. No hay argumento, ni político ni ideológico, para mostrarse nebuloso frente a una situación tan sórdida y violenta...”.

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“No hay manera de justificar lo que ocurre en Nicaragua. No hay argumento, ni político ni ideológico, para mostrarse nebuloso frente a una situación tan sórdida y violenta...”.

(*) Profesor UARM.

Una conocida canción de Silvio Rodríguez, lanzada en 1982 (dos años después del triunfo de la Revolución Sandinista), decía así: “Se partió en Nicaragua otro hierro caliente (bis)/con que el águila daba su señal a la gente”… El águila, por cierto, era Estados Unidos, que entre 1934 y 1979 había sostenido en el poder a la nefasta dinastía Somoza, un cogollo familiar tiránico.

Los Somoza –el padre Anastasio primero, y luego los hijos Luis y Anastasio- gobernaron con una mano de hierro y otra de caco este sufrido país. La familia de marras estuvo hasta acusada de robarse un crédito de 50 millones de dólares que el Gobierno de España ofreció para ayudar a las víctimas del brutal terremoto que asoló Managua en 1972.

Por eso cuando el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) derrocó al último Somoza (Anastasio ‘Tachito’ Somoza Debayle) en 1979, tras protagonizar un levantamiento armado que comenzó en 1974, prácticamente nadie chistó en el sufrido país centroamericano. Una coalición de ciudadanos de toda condición hizo causa común para tumbar un régimen ignominioso.

Más de 42 años después, Daniel Ortega, uno de los líderes de esa gesta, que no contó únicamente con la colaboración de Cuba, sino incluso con la de la Venezuela de entonces (la de Carlos Andrés Pérez), se parece cada vez más a quien ayudó a derrocar. Encarcela a opositores, silencia a la prensa, reprime sin compasión y, por último, ha sacado de la cancha a sus posibles rivales.

Como en los viejos tiempos que él odiaba. Nada menos que siete de los candidatos presidenciales alternativos que podían competir con él en las elecciones del 7 de noviembre han sido detenidos o proscritos, con argumentos insostenibles, para que el presidente juegue casi solo en la cancha. Apenas frente a un puñado de candidaturas liliputienses que no le harán rasguños.

Por si no bastara, las protestas del año 2018 contra él se saldaron con más de 300 muertos, un hecho que ha debido producir más indignación en América Latina. Recuerdo haber conocido en Lima a un grupo de estudiantes que participaron en ellas, y que estaban exiliados en Costa Rica. Sus relatos eran de terror; una de ellas había perdido a una de sus hermanas en ese trance.

¿Qué puede hacer que un personaje antaño supuestamente devoto del cambio social se torne en un gobernante de ese estilo cruel? La poeta Gioconda Belli, quien participó en la Revolución Sandinista y que ahora también es detestada por el régimen, me contaba en una entrevista que ella siempre desconfió de Ortega, en términos éticos, no precisamente políticos.

Vio que no tenía muchos reparos en usar la violencia callejera, por ejemplo. En otras palabras: el impulso tiránico puede anidar en una persona independientemente de su posición ideológica, algo que no es ninguna novedad, pero que en el caso de Ortega, quien gobierna Nicaragua desde el 2007, ha alcanzado niveles de escándalo que han generado condenas desde varios frentes.

La Unión Europea y Estados Unidos han sancionado al régimen de Ortega. E incluso una parte de la izquierda latinoamericana, en un comunicado firmado entre otros por el expresidente de Uruguay José ‘Pepe’ Mujica, ha tomado distancia de él. Porque, para parafrasear a Silvio Rodríguez, este gobernante ha partido a su propio país, lo ha herido democráticamente.

No hay manera de justificar lo que ocurre en Nicaragua. No hay argumento, ni político ni ideológico, que sirva para mostrarse nebuloso frente a una situación tan sórdida y violenta. En algún momento, la luz volverá a esta querida tierra que camina hacia unas elecciones espurias, pero que en las entrañas de su pueblo guarda la esperanza de que este otro túnel oscuro acabe.

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