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Opinión

Cuando la democracia se contagia

Lo vivido, y lo que aún estamos viviendo en la región, es una lección tremenda, desgarradora.

Meditamundo: por Ramiro Esocbar, profesor de la UARM
Meditamundo: por Ramiro Esocbar, profesor de la UARM

Aunque la ola vírica tiende a bajar, en nuestra región el sufrimiento no para. Dependiendo de cuán desguarnecido está cada país, siguen escaseando el oxígeno, las camas UCI, los medicamentos, las ayudas sociales, los médicos intensivistas. La sensibilidad incluso. Y aun así las turbulencias políticas siguen. Son resistentes a cualquier virus. Inmunes al dolor social.

Lo que pasa ahora en nuestro país es un caso delirante, porque ni siquiera tiene su origen en el manejo de la pandemia, sino en vergonzosos comportamientos que, al fin de cuentas, retratan nuestro modo de ejercer el poder, la manera como enfermamos a la democracia sin piedad. No es un patrimonio cultural del Perú, sin embargo; parece un síndrome regional de inmadurez.

En Bolivia, se acusa a los seguidores de Evo Morales de bloquear caminos en medio de la pandemia. En Nicaragua y Venezuela el Estado no se muestra transparente con lo que ocurre, como si metiendo el drama debajo de la alfombra no se sintiera la desesperación. En Brasil, el presidente danza sobre su irresponsabilidad, y hace de su negacionismo científico un emblema.

¿Cuánto estamos dañando nuestra estabilidad política al insistir en un modo de comportarnos errático, al maltratar las claves básicas de la convivencia? La desigualdad, esa marca horrenda de la región, la única que nos sitúa en el topo del ranking mundial (la mayoría de países más desiguales del mundo son latinoamericanos), ha hecho crisis con esta pandemia.

Los hospitales, en varios países (salvo excepciones notables, como las de Uruguay y Costa Rica), ya estaban al límite en condiciones normales. Un tumbo episódico –un terremoto, un huracán- bastaba para sacudirlos; era obvio que una ola de contagios los iba a tumbar o, por lo menos, sacudir. No tener un acceso a la salud, decente, es consecuencia del maligno abismo social.

Brasil, México, Perú y Colombia van a la cabeza de los fallecimientos (el gigante golpeado tiene más de 100 mil, mientras que los otros dos países más de 20 mil); Chile, Argentina y Ecuador vienen atrás (más de 10 mil cada uno). Esos hombres y mujeres que se han ido no han caído únicamente por el nuevo coronavirus. Son víctimas también de la desigualdad.

IDEA Internacional, la Fundación Fernando Henrique Cardoso y la Fundación Democracia y Desarrollo lo han recordado en un reciente comunicado, firmado por 160 personas (entre ellos 21 ex mandatarios), en el que alertan sobre lo que se vendría en términos económicos y sociales. Pero también levantando la clásica sentencia que dice “repensar y fortalecer la democracia”.

“Con la democracia no sólo se vota, sino que también se come, se cura, se educa”, dijo el ex presidente argentino Raúl Alfonsín ante el Congreso de su país el 10 de diciembre de 1983, cuando asumió el cargo tras siete años de brutal dictadura. Él mismo no fue eficaz en cumplir su promesa, aunque dejó estas palabras suspendidas en la Historia para que hoy resuenen.

Lo vivido, y lo que aún estamos viviendo en la región, es una lección tremenda, desgarradora. El drama presente en casas, calles, campos y hospitales debería, justamente, hacer que la democracia nos cure y nos haga comer. La democracia ya era excluyente –con los pueblos indígenas, por ejemplo- y en esta hora sus grietas y vacíos se han visto mucho más.

¿Qué podemos hacer? Respirar hondo, respetar el Estado de Derecho en términos reales (no zurrándonos en las reglas electorales, entre otras cosas), procurar que la democracia sea más republicana y menos exclusiva, reconocer al inmoral que quiere meterse en el sistema político oficial para salvar su pellejo. Saber por quién votar para que no juguemos a la enésima ruleta.

La democracia también se contagia de nuestras malas costumbres, del poder obsesivo, de la injusticia terminal. La pandemia nos ha cambiado ya, pero no acabará con estos males repentinamente. Los sufriremos muchos años más. Pero al habernos asomado al fondo del pozo en algunos países, tenemos por lo menos la oportunidad de no ser patógenos de nosotros mismos.

Profesor de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya

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