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La batalla por la quina

El árbol de la quina, uno de los símbolos del escudo nacional, libra una batalla contra la desaparición y el olvido. Los investigadores que impulsan su recuperación sueñan con el día en que sea reconocida en todo el país.

Durante años, como lo hacían todos sus vecinos de La Cascarilla, un caserío situado a una hora de la ciudad de Jaén, el papá de Franklin Fernández (23) cultivó sus plantaciones de café de la única forma que conocía: tumbando el bosque.

Franklin tenía unos 12 años cuando, un día, su papá leyó en el periódico una noticia que lo sorprendió: el árbol de la quina estaba desapareciendo.

Se trataba de una planta que en el pasado había sido muy abundante en la zona, tanto que, de hecho, el pueblo había sido bautizado con el nombre común con el que se le conocía: cascarilla.

Neptalí Fernández decidió que tenía que hacer algo.

–Comenzó solo, sin ayuda de nadie, haciendo un pequeño viverito de 100 plantas, 200 plantas, y llevándolas a campo definitivo, cuidándolas, manteniéndolas– cuenta su hijo.

Franklin lo ayudó, mucho más cuando empezó a estudiar Ingeniería Forestal en la Universidad de Jaén y a aprender la historia y las propiedades medicinales e industriales de la planta.

Decidido a conseguir apoyo financiero, Franklin escribió decenas de correos a todo tipo de instituciones públicas, empresas y ONG a las que creía que les podría interesar proteger a la quina. Solo unos pocos le contestaron y casi ninguno con un ofrecimiento real. A excepción de una empresa española de agua tónica, que usaba la quinina como insumo y que entre 2014 y 2018 les envió, sin pedir nada a cambio, alrededor de 15 mil soles, con los que la familia Fernández y una veintena de vecinos de La Cascarilla pudieron desarrollar su proyecto.

Durante ese tiempo, lograron sembrar 5 mil plantones y trasladar 3 mil de ellos a tierra definitiva. Hoy son plantas en desarrollo, de 5 a 6 metros de altura. Fuertes. Con futuro.

Emblema nacional

Como los Fernández hace 10 años, la mayoría de los peruanos desconocemos la grave situación que atraviesa el árbol de la quina. Sabemos que figura en el escudo nacional como símbolo de las riquezas vegetales del país. Algunos probablemente saben que en los siglos XVII y XVIII la quinina, uno de sus agentes activos, salvó la vida de millones de personas enfermas de malaria. Y poco más.

El desconocimiento es tal que, como advierten los expertos, en Fiestas Patrias vemos por todos lados banderas y escudos con dibujos de árboles que no son de quina. Algunos confeccionistas los hacen con forma de manzano, otros con forma de ficus. Y eso sucede porque muy pocos saben cómo se ve un árbol de quina.

–Hay pocos y están en lugares alejados– dice el ingeniero forestal Alejandro Gómez. –Hay quina en Huancabamba, en Piura; en Jaén y San Ignacio, en Cajamarca; hay en Cañaris, Incahuasi y Salas, en Lambayeque; en la selva de Cusco y Ayacucho, y en San Juan del Oro en Puno.

Gómez dice que en el pasado hubo árboles de quina en Tarma y Huánuco, pero que fueron depredados hasta mediados del siglo XX, cuando la quinina era un producto requerido por la industria internacional.

Aunque a un ritmo menor, la pérdida de ejemplares continúa en nuestros días, afirma el experto. Las causas son el avance de la agricultura migratoria, la tala ilegal de madera, los incendios forestales y la introducción de especies exóticas, como el pino y el ecucalipto.

–Hay un dicho muy importante: lo que no se conoce, no se quiere. Y lo que no se quiere, no se defiende –dice Gómez. –Por eso es tan importante difundir su conocimiento. Porque el árbol de la quina es historia, es cultura y es medicina.

Medicina para el mundo

Ricardo Palma cuenta que, en 1639, la esposa del virrey conde de Chinchón se encontraba en peligro de muerte, atacada por la malaria o terciana, y que fue salvada por un sacerdote jesuita, que le dio unos polvos secretos que su orden atesoraba. Eran polvos de quinina, cuyos usos medicinales habían sido transmitidos a los jesuitas por un indígena de Loja.

Fueron los jesuitas quienes llevaron la quinina al Viejo Mundo. Las potencias coloniales la recibieron con avidez, como medicina contra la malaria para los marineros de sus embarcaciones trasatlánticas. En 1763, el naturalista sueco Carlos Linneo la registró científicamente con el nombre de cinchona officinalis. “Cinchona” en honor a la famosa condesa de Chinchón. “Officinalis” porque a las boticas se les denominaba “oficinas”.

Cuando, en 1825, por órdenes de Simón Bolívar, el diputado José Gregorio Paredes rediseñó el escudo patrio que había creado cuatro años atrás José de San Martín, incluyó el árbol de la codiciada quina como símbolo de la riqueza vegetal del Perú.

Durante las guerras mundiales del siglo XX, la quinina fue intensamente extraída en los países andinos que la producían –Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia–, debido a las epidemias de fiebres que se registraban en el campo de batalla. Pero, a partir de los 50, su demanda comenzó a reducirse, en favor de un sustituto sintético: la cloroquina.

En los bosques montanos del Perú, donde sobrevive, las comunidades las siguen usando para combatir fiebres, dolores de cabeza y dolencias estomacales. Alejandro Gómez, que lideró un proyecto de restauración del árbol de la quina en Cañaris, dice que los pobladores la beben hirviendo las cortezas, como una infusión, o remojándolas en aguardiente.

La quina tiene un gran potencial industrial en el país, según Franklin Fernández.

–Hay una empresa peruana que produce agua tónica, pero compra la quinina afuera. ¿Por qué no se la compra a los agricultores peruanos?– dice.

Por lo pronto, los campesinos de La Cascarilla están vendiendo las hojas a una empresa naturista local, que la usa para fabricar jabones y champú.

La investigación de Alejandro Gómez en Cañaris, dirigida por el Instituto Nacional de Innovación Agraria, permitió elaborar una metodología para restaurar el ecosistema del árbol de la quina. En otras palabras, los investigadores descubrieron cómo lograr que la planta crezca incluso en ecosistemas distintos al natural.

Eso abre la posibilidad de que se puedan plantar árboles de quina en casi todo el país.

Gómez dice que con la tierra adecuada y protegiéndolos de la luz directa, podríamos tener árboles de quina en Lima y otras ciudades de la Costa.

–Quizás no alcancen los 20 metros que alcanzan en su hábitat natural, pero por lo menos servirá para que un padre se lo muestre a su hijo en cualquier ciudad y le explique que representa nuestra riqueza vegetal.

El lunes 22, Franklin Fernández, en representación de la Universidad de Jaén, su alma mater, entregó 10 plantones de árbol de la quina al rector de la Universidad Nacional de Ingeniería, Jorge Alva. Fue un obsequio por los 143 años de la UNI y una apuesta por ver a esta emblemática especie crecer en la capital. El rector confía en que, con los cuidados adecuados, regadas no con agua potable sino con la que proviene de sus pozos, las plantas crecerán.

–Deberíamos tener árboles de la quina en todas las ciudades, porque son un emblema patrio– dice Alva.

–Esta especie debería estar en los jardines de los cuarteles, de los hospitales, de los ministerios, de los colegios– dice Alejandro Gómez. –Deberíamos enseñarles a los chicos que los incas la usaban, que salvó millones de vidas y que es parte importante de la historia del Perú.

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