A pesar de que los fundamentalistas y guardianes de la conducta ajena suelen decir que la moral es una sola, absoluta y monolítica, es obvio que cada ser humano tiene una particular medida de la ética determinada por la crianza que le dieron los padres que le tocaron en suerte, por la familia en la que creció, por la educación que recibió, por la gente que influyó en su vida y, por supuesto, por el propio criterio a la hora de discernir qué es lo bueno y lo malo, lo digno y lo indigno, lo decente y lo indecente, lo honesto y deshonesto. No sé cuál será la medida que tiene el cada vez más insostenible Fiscal de la Nación, pero, a juzgar por la manera en la que viene enfrentando el escándalo generado en torno suyo a raíz de su participación en los audios de la vergüenza, del roche de sus calificaciones infladas para su ratificación, de sus incontables mentiras, de su juramentación espuria y de sus vendettas personales utilizando su cargo, es evidente que el día que Dios estuvo distribuyendo el sentido de la vergüenza, don Pedro Gonzalo estaba tomándose un trago en el Caribe. No hay otra explicación para la desfachatez con que el susodicho pretende desestimar todos los cuestionamientos en su contra y, por si fuera poco, voltearle la torta a sus innumerables y variopintos detractores, presentándose como un santo varón incomprendido cuya única misión en el mundo es luchar por la justicia a pesar de los viles ataques de una prensa vendida a oscuros intereses, como si los periodistas tuviéramos la culpa de los anticuchos que le brotan por todos lados. Lo vimos intentar defenderse como gato panza arriba en una entrevista que le hiciera Fernando del Rincón de la CNN, donde, con aire indefenso - ¡qué contraste con sus declaraciones diciendo que él podría echar al fiscal José Domingo Pérez cuando le viniera en gana! -, quiso pegarla de víctima perseguida, hasta que el periodista mexicano, bastante exasperado y mejor informado, le aclaró que, siendo una autoridad judicial, debería saber que lo que estaba haciendo hasta el momento se llamaba “obstrucción de la justicia”, que no podía “ser juez y parte” en su caso y que, finalmente, no es el investigado quien decide si es inocente, sino la justicia. Todo un boomerang. Pero Chávarry no es tonto ni se necesita ser un iluminado para darse cuenta cuando uno ha actuado incorrectamente (ojo, no digo ni siquiera delinquido), sobre todo cuando todas las sospechas apuntan hacia tu persona, las encuestas gritan que todo el país quiere que te vayas y sabes que estás embarrando a tu institución aferrándote como una garrapata a tu cargo. Simplemente no le importa su imagen. Le llega la opinión ajena. ¿Y qué de su sentido de la dignidad? ¿Tiene alguno? Ya hemos contado aquí cómo los antiguos señores feudales en Japón se hacían el seppuku apenas alguien dudaba de su honradez (ojo, sólo si dudaba, no que tuviera pruebas o indicios), porque no podían tolerar la menor sombra sobre su dignidad y la de sus familias. Evidentemente, Chávarry no cree en esos remilgos caviares y ha decidido que, llueva o truene, seguirá en su cargo hasta el último momento. Es que él sabe perfectamente que, mientras tenga el interesado blindaje del aprofujimorismo en el Congreso, podrá sostenerse en su puesto ad infinitum. Por eso escucha los cuestionamientos y acusaciones como quien oye llover y es capaz de decir cosas inaceptables en un hombre de leyes, como aquella de “si por mentir me van a inhabilitar, todos los abogados tendríamos que dejar el Colegio de Abogados”. Claro, dirá usted, luego se disculpó -y lo hizo tirándose al piso en una carta no menos vergonzosa-, pero sólo porque, no seamos ingenuos, sabe muy bien que, si el CAL lo inhabilita, sería defenestrado de su cargo en menos de lo que llora Mark Vitto, porque una colegiatura en orden es requisito imprescindible para ejercer de Fiscal de la Nación, y ahí sí no habría blindaje que valga. Mientras eso no ocurra, tendremos Chávarry para rato y la justicia peruana, pese a los esfuerzos admirables de algunos fiscales y jueces probos, seguirá hundiéndose más y más en la cloaca de la corrupción, aquella donde gente como nuestro indescriptible fiscal parece sentirse tan cómoda.