
El pollo es uno de los alimentos que más se consume en los hogares, ya sea acompañado de un guiso, servido a la parrilla o incluso como parte de una entrada. Esta proteína destaca por su versatilidad y presencia en la cocina diaria. Sin embargo, dentro de muchas familias existe un hábito muy común antes de prepararlo: lavarlo o enjuagarlo antes de cocinarlo o guardarlo en la congeladora, una práctica que podría representar un riesgo para la salud sin que las personas lo sepan.
Aunque muchas personas creen que lavar el pollo ayuda a eliminar bacterias y puede ser considerado 'higiénico', el riesgo de infecciones gastrointestinales y otras enfermedades transmitidas por alimentos incrementa, según indican los expertos. Entonces, ¿cuál es la mejor forma de manipular y cocinar esta carne de manera segura?
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El principal problema radica en que el impacto del chorro de agua no elimina los patógenos. Al contrario, la fuerza del líquido actúa como un propulsor que dispersa microorganismos peligrosos —como la Salmonella o la Campylobacter— a varios centímetros de distancia, contaminando el fregadero, utensilios, tablas de picar y alimentos listos para consumir. Esta contaminación cruzada es una de las causas más comunes de infecciones gastrointestinales.
“Como consumidores debemos asumir que la carne de pollo tiene campylobacter, es una probabilidad muy alta; de hecho, hay estudios que muestran una prevalencia de más del 50 y hasta 70%”, menciona Alejandro Macías, experto en infectología y divulgador científico en una entrevista con la revista TecScience.
Asimismo, un estudio citado por el Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA) advirtió que el 60% de las personas que enjuagaron carne cruda de aves terminó con bacterias en el fregadero y, aun después de limpiarlo, los gérmenes permanecían en el 14% de los casos.
Además, otro error frecuente es realizar este lavado antes de almacenar la proteína en la refrigeradora o congeladora. La humedad adicional que queda en la superficie de la carne altera su conservación, favoreciendo la proliferación de bacterias y aumentando el riesgo de contaminar otros productos guardados cerca. Por ello, las entidades de salud señalan que la única medida realmente efectiva es llevar el pollo directo a la olla o sartén, ya que solo las altas temperaturas de una cocción completa logran destruir estos microorganismos.
Para evitar riesgos, los especialistas recomiendan manipular el pollo crudo con cuidado y seguir medidas básicas de higiene. Entre ellas destacan lavarse bien las manos después de tocarlo, usar utensilios separados para carnes crudas y limpiar las superficies con agua caliente y desinfectante.
También aconsejan conservar el pollo refrigerado si se consumirá pronto o congelarlo directamente en recipientes cerrados si se almacenará por más tiempo. La clave no está en lavarlo, sino en cocinarlo correctamente y evitar que las bacterias se propaguen dentro de la cocina.





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