
Escribir del autor francés Georges Perec (1936-1982) puede resultar una tarea difícil si es que partimos de la idea de definirlo como creador. Y sobre este propósito hay ensayos y artículos más que iluminadores. No sorprende: lo que hizo este francés con su poética fue oxigenar los conductos de la narrativa contemporánea, aportando cuotas o alternativas sobre el desarrollo de la escritura de novelas -género en el que plantó su semilla radiactiva-, liberándolas de los corsés racionales mediante recursos lúdicos, oníricos y con una clara actitud disruptiva en el discurso.
Por lo dicho hasta el momento, se colige que la obra de Perec es muy citada y recorrida por creadores y escritores, y habría que agregar que este autor es a la fecha todo un santo patrono para los lectores signados por la exquisitez literaria.
Figura principal del grupo Oulipo, al que perteneció desde 1967 hasta su muerte, y en el que desplegó 'juegos de las palabras, lipogramas, anagramas y rompecabezas', imponiendo un magisterio del que no han sido ajenas ineludibles voces narrativas de hoy- y hacedor de proyectos novelísticos como Las cosas (1965), Un hombre que duerme (1967), El secuestro (1969), W o el recuerdo de infancia (1975), la monumental La vida instrucciones de uso (1978), entre otros.
Si el afán de ruptura formal y la tensión temática son factores de los títulos acabados de consignar, estas características son llevadas a los extremos de la extrañeza en La cámara oscura (1973), Me acuerdo (1978) y el póstumo Pensar/Clasificar (1985), libros en apariencia menores, pero capitales para apreciar la magnitud de otra de las grandes contribuciones de Perec a la novela y a la escritura de su tiempo y, muy en especial, a las del presente siglo: el híbrido.
Subrayemos que, al indicar 'contribución', no nos referimos a descubrimiento. Perec, al igual que las plumas mayores de las letras, no es descubridor de nada, solo un caníbal de la tradición de la novela, de la que extrajo el apego por el detalle (novela decimonónica) para elevarla con los elementos señalados en el tercer párrafo de esta nota.
En ese terreno de lo no ubicado, de la extrañeza, se halla una pequeña joya del francés que tiene algunos años de haber sido traducida al castellano y publicada inicialmente en 1980: Ellis Island (Seix Barral).
La referencia a Nueva York resulta inmediata, porque el título de la publicación está relacionado con la homónima isla que servía de puente de ingreso para los millones de europeos que emigraron a Estados Unidos entre 1892 y 1924.
"Ellis Island". Imagen: Difusión.
Como indica el escritor español Pablo Martín Sánchez en el prólogo: 'En un texto titulado ‘Notas sobre lo que busco’, incluido en el volumen Pensar/Clasificar, el propio Perec reconocía en su literatura cuatro tendencias fundamentales, cuatro ‘modos de interrogación’: el sociológico, el autobiográfico, el lúdico y el novelesco'.
La presente publicación yace en los cuatro principios de la casa Perec. Pero el dato no acaba allí, sino que es parte de un mosaico mayor: Ellis Island nace del documental Relatos de Ellis Island, historias de errancia y esperanza (1980) de Robert Bober y G. Perec. En base al material usado en el documental, Éditions du Sorbier publicó también en 1980 un libro sobre el mismo, el cual incluía el texto de Perec, las entrevistas del documental e imágenes del proyecto. Esta publicación tuvo otra edición “más completa” en 1994 y de esta se extrae solo el texto de Perec para la publicación que nos cita en esta ocasión.
La estrategia editorial no pudo ser más acertada. Para los amantes de este autor francés, Ellis Island se posiciona como una joyita, un obsequio inesperado. En su brevedad se funden las cuatro tendencias que identificaron su narrativa, de las que se vale para relatar sobre la inmigración, temática poliédrica que adquiere actualidad a cuenta de los forzosos traslados de millones de personas, ya sea por la violencia que viven en sus países de origen o por la búsqueda de un mejor futuro.
Por ello, cuando Perec cuenta lo que tuvieron que pasar los migrantes europeos en Ellis Island, es también la historia de todas las migraciones, que llevan señas propias, siendo una de ellas la esperanza en la tierra nueva. En este orden de cosas, y siendo coherente con su marca de agua narrativa, el autor apela a los registros lineales, del mismo modo a la fragmentación y a la carga lírica, muy presente esta última en cada una de estas páginas. En no pocos pasajes, Ellis Island parece un extenso poema en prosa que nos habla de un drama humano determinado para transmitirnos, ya en la experiencia actual de la lectura, el drama universal de la inmigración.
Un lector habitual de Perec se hallará en su salsa con Ellis Island; en cuanto a los que aún no tienen la oportunidad de leerlo y desean corroborar lo que no pocos dicen de esta poética tan peculiar, una sugerencia: hay que dejarse llevar y abrigar el sonido interior de las palabras.
Cuestionar su naturaleza genérica no es el camino para la valoración. Así era y sigue siendo desde el más allá Georges Perec, y Ellis Island es lo que es: impostergable gran literatura.





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