
Esta Navidad encuentra al Perú en una situación especial, en un trance electoral y en medio de una áspera competencia con la que se pretende poner fin a una etapa de encono desmedido. En ese sentido, la celebración del nacimiento de Jesús es el recuerdo de que la magna fecha que nos convoca es augurio, promesa y optimismo.
Puede ser, como fue en los tiempos del peregrinaje de María y José, que el nacimiento se encuentre jalonado, amenazado y en riesgo. Jesús nació en un pueblo donde no vivían sus padres, y que ellos no habían elegido, y al cual llegaron huyendo con su preciada promesa, sustrayendo al niño por nacer de una ominosa orden que pretendía impedir su presencia entre nosotros. Amor y valentía en una sola experiencia.
A pesar de esas vicisitudes y de la modestia que rodeó el nacimiento de Jesús, este no dejó de ser un acto festivo, lleno de amor y claridad, un encuentro sobre el que tan adecuadamente ha reflexionado el papa Francisco recientemente, en sus primeras expresiones sobre la Navidad, este año. Francisco ha dicho que “la Navidad, en su genuina sencillez, nos recuerda que lo que cuenta verdaderamente en la vida es el amor”, y que en esta festividad “damos gracias por todo el bien que hay en el mundo y por todos aquellos que se comprometen gratuitamente, por quienes gastan su vida en servir, por quienes no se rinden y tratan de construir una sociedad más humana y más justa”.
Ese sentido de nacimiento como promesa y acto de amor debería rescatarse como una receta humana para un país al que la Navidad encuentra en un trance de competencia, intentando alejar de sí la división y el rencor. La combinación de esas palabras no es solo poesía y afirmación de fe; es además una poderosa receta contra cualquier extremismo, espíritu de venganza y exclusión. Algunas expresiones, a las que aún les queda tiempo para la rectificación, pueden dar la idea de que se asiste al proceso electoral, precisamente, desprovistos del optimismo de lo nuevo y premunidos de furia en lugar de pasión.
La Navidad de este año debería ser una oportunidad de recuperación del sentido humanista de esta celebración. Nada más humano, y en sí mismo un símbolo de entrega, que el sacrificio de quien voluntariamente aceptó poner por delante el bienestar de la humanidad, por encima de su propia comodidad. Tengamos en cuenta este registro, para con él afirmar que deseamos que lo que viva el Perú en las próximas semanas sea el testimonio de esa entrega, y el significado del nacimiento de lo nuevo como una promesa de amor.

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