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Drogadictos birmanos combaten sus demonios en la "Casa del Amor"


Más de un centenar de hombres de cabeza rapada salen por la mañana de un hotel en Rangún para una jornada de levantamiento de pesas, baile, karate y oraciones budistas: es la rehabilitación de drogadictos al estilo birmano.

El grupo comienza la jornada corriendo alrededor de una área verde bajo la mirada de supervisores con palos de madera.

Se trata de un día normal en "Metta Saneain" -la "Casa del Amor", en birmano- un centro de rehabilitación que reparte amor del duro para romper la adicción a las drogas.

Birmania es un centro de producción de estupefacientes y las drogas han financiado décadas de conflicto interno, mientras las autoridades hacen caso omiso a la industria multimillonaria.

El caos provocado por el golpe militar de 2021 socavó la economía legal y el país es ahora el mayor productor mundial de opio y una importante fuente de metanfetaminas, según la ONU.

Gran parte de la producción sale de contrabando a otros países asiáticos, Australia y Europa, al tiempo que resulta fácil conseguir drogas en las calles de Rangún, el centro económico del país.

- Jóvenes "perdidos" -

Aung, de 32 años, quien pidió no revelar su nombre completo, se formó como médico y dirigía su propia clínica cuando probó las metanfetaminas por primera vez.

Tres años después la droga dominaba su vida, contó a AFP después de un desayuno de papilla de arroz que preparó otro paciente.

"Perdí todo, me transformó de una persona exitosa a un joven perdido".

Estuvo hospitalizado tres veces antes de que sus padres lo llevaran a "Metta Saneain" y su régimen intransigente.

Reconoce que no fue fácil participar en los ejercicios de karate, competencias de tirar la cuerda y sesiones de meditación porque añoraba la droga.

"Al comienzo se me hizo un poco difícil estar aquí. Siempre nos ponen a hacer alguna actividad, pero luego me acostumbré".

"Ahora no tengo tiempo de aburrirme, eso me ayuda a estar más fuerte y saludable", aseguró.

Angkoon Phattarakorn, un especialista del Instituto Nacional Princesa Madre para el Tratamiento de la Drogadicción, en Tailandia, comentó que ese enfoque severo puede ayudar en el corto plazo pero que debe ser realizado de acuerdo con las necesidades individuales.

"Si alguien tiene un problema cardíaco, podría tener problemas si les pides hacer ejercicios pesados", dijo a AFP. "Gente con problemas mentales podría no responder bien a la meditación".

Señaló que hay dudas sobre la efectividad de estos métodos en el largo plazo.

"Los adictos necesitan entrenamiento adecuado para dejar de usar drogas y reintegrarse a la sociedad, además de desarrollar la capacidad de rechazar la tentación de las drogas.

Después de correr en la mañana, los pacientes cantan el himno nacional y luego rezan oraciones budistas o islámicas.

Un instructor pone a un grupo a efectuar una rutina de danza de estilo Bollywood, con movimientos de hombros y caderas.

"Las drogas están en todas partes y hay algunas limitaciones para controlarlas", comentó el administrador del centro, San Shein, en una referencia al actual conflicto en Birmania.

El enfoque en el ejercicio y la meditación ayuda a los pacientes a "desarrollarse física y mentalmente", explicó.

Ese método le dio un nuevo rumbo a Zaw Wanna, de 26 años, quien llegó al centro hace cuatro años para vencer su adicción a la heroína y permanece como supervisor.

Cuando llegó había unos 40 pacientes, en su mayoría adictos a la marihuana, metanfetaminas o heroína.

Actualmente hay más del triple.

- "Ya no quiero usar" -

Las adicciones más comunes son al éxtasis, la ketamina y el "agua feliz", una mezcla que puede incluir éxtasis, tramadol, cafeína, diazepam y ketamina, y se ha popularizado en las discotecas los últimos años.

"Vendí todo lo que teníamos en casa para comprar drogas", contó Zaw Wanna.

El tratamiento en la "Casa del Amor" cuesta de unos 400.000 a un millón de kyats birmanos (90 a 230 dólares) dependiendo de su condición.

En el último año ha rehabilitado a más de 200 personas, indicó Khin Khin Win, secretario de la Asociación Birmana de Rehabilitación de Drogadictos.

Tras años de turbulencia, Aung actualmente es médico voluntario en el centro y espera obtener un título en psicología aplicada.

Su familia volvió a creer en él, afirma.

"Ya no quiero usar más. Es algo que me da miedo".

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