Máquinas fuera de control, por Mirko Lauer

A lo largo de un siglo, surgen preocupaciones sobre el uso militar y la posible conciencia de las máquinas, evocando una crisis de confianza en la tecnología.

Mirko Lauer
Mirko Lauer

En 1921 el autor checo Karel Čapek estrenó su obra de teatro R.U.R. (Robots Universales Rossum). Esos primeros robots de nuestro imaginario fueron benévolos reforzadores de las capacidades humanas. En poco más de un siglo las cosas se han ido invirtiendo, con máquinas, se nos dice, cada vez más universales y peligrosas para la humanidad.

El temor de la humanidad ante la máquina se ha ido estableciendo en capas. La primera: su posible uso militar en manos de fuerzas enemigas. Luego fue su desarrollo de alguna forma de conciencia propia. Ahora es el temor de que esa conciencia pueda replicarse y avasallar a los humanos, en muy poco tiempo.

En 1950 Isaac Asimov publicó Yo, robot, sobre la ética entre las máquinas y las personas. La pátina benévola de R.U.R. se mantenía, pero es obvio que ya se estaba buscando la forma de que el robot no se independizara del humano ni se volcara contra él. El film Odisea espacial 2001, de Stanley Kubrick, fue elocuente y le dio al tema máquina vs. hombre dimensión masiva.

Ahora nos asomamos a esa tercera capa (la humanidad derrotada por la máquina), pero ya no en la imaginación literaria, sino en el cruce pragmático de los negocios, la geopolítica y la tecnología, empeñados en jugar con la posibilidad de una autodestrucción. La inteligencia artificial como la bomba nuclear del siglo XXI.

¿Puede serlo realmente? Depende de a quién escuche uno, y las versiones siguen muy de cerca los intereses particulares. Por lo pronto cada vez más altos funcionarios dejan las empresas de IA para desmarcarse de las peores profecías. Otros altos funcionarios, como Donald Trump, insisten en que no pasa nada.

Así, en solo 100 años el robot ha pasado de ayudar a la humanidad a amenazarla. En torno de eso hay una polémica científica y otra política. Al igual que Trump, Xi Jinping no teme las consecuencias del avance de la IA. Más bien teme que los EE. UU. le ganen en la carrera hacia el desenlace, cualquier desenlace.

En el caso atómico, el temor a la autodestrucción nos mantuvo controlados. Hasta el momento nada parecido está sucediendo con la autonomía absoluta de las máquinas, hacia la cual estaríamos avanzando a toda velocidad, concentrados en las ventajas militares y comerciales del fenómeno tecnológico.

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