Opinión

Espías, por Mirko Lauer

Con un periodista de The Wall Street Journal preso en Rusia por espionaje, un Gobierno chino que se está acostumbrando a perseguir ciudadanos japoneses por lo mismo...

Espías, por Mirko Lauer
Espías, por Mirko Lauer

Con un periodista de The Wall Street Journal preso en Rusia por espionaje, un Gobierno chino que se está acostumbrando a perseguir ciudadanos japoneses por lo mismo, y un Pentágono pescado espiando a Gobiernos amigos, esta actividad clandestina, real o inventada, ha vuelto a saltar al primer plano de la noticia.

La idea vigente era más o menos que el espía unipersonal había desaparecido, reemplazado por jáqueres de secretos de Estado, objetos voladores con miradas ubicuas y precisas, minería de datos, y otras delicias de la tecnología. Pero los Gobiernos siguen descubriendo o inventando espías que actúan en solitario, en vivo y en directo o frente a una pantalla.

Sin duda el espionaje es parte de una guerra. El ansia de datos sobre qué sabe, qué tiene o qué planea el enemigo, condujo a la formación de un género literario completo durante la Guerra Fría. Capturar operadores de este tipo, y poder demostrar que en efecto lo eran, fue por decenios un valioso instrumento de propaganda.

Lo que ha cambiado desde entonces ha sido la naturaleza de la información en manos de los Estados. Almacenada en discos cibernéticos, detrás de barreras protectoras, ella solo puede ser alcanzada por profesionales de la computación. El espionaje se ha vuelto una suerte de guerra de computadoras, donde lo humano es tocar el teclado y mover el mouse.

En esa perspectiva un periodista acusado de espionaje es algo más bien redundante, como lo sería hacerle similar acusación al funcionario político de una embajada extranjera. Salvo que uno considere que hay países autoritarios donde todo acto que no le gusta al Gobierno es considerado espionaje. Por ejemplo, tomar café con los disidentes.

Sin embargo, hay información delicada para un Gobierno que viaja en posesión de las personas. Un espía unipersonal como los de antaño todavía puede encontrarse con un dato decisivo, pero lo más probable es que se lo encuentre revisando los contenidos de la prensa o las redes sociales. A menudo el material del espionaje está delante de nuestros ojos.

Desaparecidos John le Carré o el James Bond de la pantalla, ya no quedan autores ni personajes capaces de hacer interesante o atractiva una actividad esencialmente escabrosa. Para Moscú o Beijing perseguir espías hoy es más bien un asunto de política interna. Quizás siempre lo fue.

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