Domingo

Danza con cóndores

No hay mejor escenario para avistar al monarca de los cielos andinos que Andamarca, Ayacucho, terruño de audaces danzantes de tijeras.

Escribe: Álvaro Rocha

Fotografía: Flor Ruiz

De pronto me sentí en el Olimpo. Montañas, bosques y andenes danzaban en torno a mí, y grandes aves rasgaban el cielo sobrevolando un río plateado. ¿Dónde están las palabras para retratar tan magnífico escenario? Nos habíamos levantado muy temprano en Andamarca, en esa hora glacial y malva que precede al amanecer, antes de enrumbarnos al mirador de Mayobamba.

Las grandes aves eran, por supuesto, cóndores. De todos los tamaños y edades. Los primeros en aparecer se posaron en un barranco cercano. Eran adultos, que pueden vivir más de 70 años y cuyas alas extendidas superan los 3 metros. Sin embargo, allí, quietos, parecían simples buitres... que es lo que son. Después recalaron tímidos juveniles, sin el collar blanco en el cuello, que se posaron más abajo que los adultos, respetando una estricta jerarquía social. Cuando el sol despertó y sus rayos vacilantes calentaron la mañana, los cóndores se echaron a volar, en lo que parecía un extraño ritual coreográfico, pues siempre volvían a su punto de partida. En realidad, estaban esperando una buena corriente térmica para ascender a las alturas. Porque los cóndores no gastan mucha energía para elevarse, apenas agitan las alas, se dedican a planear, y usando esa técnica en un día pueden cubrir un radio de 200 kilómetros o más. Así, en verano, pueden trasladarse hasta las costas de Ica para alimentarse de crías muertas de lobos marinos y luego volver.

Avistamos no menos de cuarenta cóndores. De hecho, el mirador de Mayobamba debe ser el mejor lugar del Perú para observar a esta majestuosa ave andina. “Acá no hay pierde -me dice el profesor Pascual Flores-, incluso muchos viajeros que van al Colca y no tienen suerte, acuden a Mayobamba donde su presencia es infalible. Además, que los ven cerquita”. En efecto, hubo un momento en que un grupo de cóndores pasó a escasos metros sobre nuestras cabezas. No es de extrañar que, en la cosmovisión andina, estas aves sean consideradas mensajeras de los dioses, y guías de los muertos al reino del Hanan Pacha, el mundo de arriba.

Muerte de Chuspicha

De inmediato vino a mi memoria una conversación que tuve, cuatro años atrás, con Froilán Ramos, más conocido como Chuspicha, uno de los mejores danzantes de tijeras que ha existido en el Perú. Él me contó que de niño era muy ágil, hacía piruetas y la gente decía “que rápido es, parece que vuela, como un chuspi”. Chuspi es mosquito en quechua. A esa edad ya sabía cuál era su destino, pues era descendiente directo de la casta del Taki Onqoy, la “enfermedad del baile”, que se originó en 1560, como un rechazo al Dios cristiano y un retorno al culto de las huacas. Chuspicha heredó las tijeras que el padre de su tatarabuelo utilizaba para esta danza contracultural.

Pues bien, cuando Chuspicha cumplió nueve años salió de Andamarca a las nueve de la noche para hacer la “pagapa” en la catarata de Puzapaqcha. Allí acuden los nuevos danzantes de tijeras para tener la bendición de los Apus. Chuspicha fue con su padre y maestro, César Ramos o Papicha, a encomendarse a los Apus de Accaymarca y al Cóndor Wamani, para tener licencia para ejercer este arte de carácter sagrado.

Después de dejar un pago que consistía en coca, cigarros, llampo (maíz molido de dos colores), flores de clavel, vino y un gato (la coca te dice que animal tienes que llevar, para eso tuvo que ir a la catarata antes), Chuspicha bailó solo a la luz de la Luna mientras su padre silbaba. Luego pasó la “prueba de sangre”, compitiendo con otros danzantes, pasándose alfileres por la boca, clavándose cactus en la barriga y espalda, comiéndose culebras y sapos vivos, introduciéndose bayonetas por la garganta hasta hacerle cosquillas al almuerzo.

Pero hubo otra prueba de sangre que Chuspicha no pudo esquivar. En la época de Sendero se despoblaron los pueblos y los cargos (la organización social) se descuidaron. El artista fue amenazado y en una ocasión escapó a caballo mientras los senderistas lo perseguían a balazos. Perdió contratos y finalmente tuvo que pagar un cupo para seguir con vida. Sin embargo, fue en ese período de barbarie, que Chuspicha alcanzó su consagración. En 1982, con solo 17 años, compitió con todos los danzantes de Huancavelica, Apurímac y Ayacucho en Bravo Chico, Lima. En el duelo final, Chuspicha se impuso al famoso Qori Sisicha (“Hormiguita de Oro”).

El violinista Máximo Damián, amigo de José María Arguedas, quedó impresionado con la destreza de Chuspicha y a partir de entonces llevaron su virtuosismo a nivel nacional. De esta manera, se presentó en 180 pueblos del país. Su prestigio creció y le abrió puertas distintas. Llegó a actuar en la película Sigo siendo de Javier Corcuera, en 2013, que plasma estampas musicales de las tres regiones naturales. La que corresponde a la sierra se grabó íntegramente en Andamarca, donde también exhibió su talento Ana Gisela Ramos, su hija.

La primera vez que llegué a Andamarca, Chuspicha me mostró sus trajes, los más hermosos del Perú. “Yo más que un mosquito, soy un cóndor, porque mi espíritu proviene del corazón de las montañas y se eleva al infinito”, me dijo. Pero ahora Chuspicha no estaba.

Todo ocurrió rápidamente. Chuspicha había ido con otros danzantes a la misma catarata de Puzapaqcha, donde había iniciado su mágica y acrobática carrera artística con la venia del Cóndor Wamani. El Yachaq (sabio) que presidía la ceremonia abrió la “caja” donde se depositan las ofrendas a los apus, y sucedió algo extraño. Aquí los relatos difieren. Unos dicen que brotó agua negra, otros que las hojas de coca se arrugaron. Lo cierto es que Chuspicha supo que su vida tenía fecha de caducidad. “El próximo año no vengo”, dijo. Y así fue. Chuspicha falleció en agosto de 2018, después de bailar con una energía propia de sus años mozos en la fiesta del agua en Andamarca.

Alzando vuelo

Retornando a Andamarca, esa mágica mañana, donde los cóndores rasparon nuestro espíritu con la intensidad de las cuerdas de un charango, nos detuvimos en Chiricre, un pueblo como otros, con una capilla y una pequeña placita. Lo único diferente era un monumento a José María Arguedas, con un libro de Yawar Fiesta entre sus manos de bronce. El escritor es venerado en toda la zona, pues pasó su infancia en la cercana ciudad de Puquio.

Seguro que cuando Arguedas publicó Yawar Fiesta, en 1941, la cantidad de cóndores era mayor que en la actualidad. Y es que su número ha ido mermando por la pérdida de hábitat y envenenamiento. Nimer Vega, guía local, recuerda que el 2014 hubo una matanza de 30 cóndores porque los comuneros creían que atacaban a las crías del ganado. “Los abuelitos no los envenenan porque consideran al cóndor como un Dios, un Wamani, pero los jóvenes piensan diferente”, dice Vega.

Ahora hay una mayor conciencia del valor de esta ave, ya no solo en términos simbólicos sino también económicos, porque Andamarca y el valle del Sondondo pueden atraer más viajeros con el turismo de avistamiento. El potencial turístico tiene un techo muy alto. La región es pródiga en lagunas, flamencos y vicuñas. Además posee una de las andenerías más hermosas del Perú. Pero, sin duda, la estrella es el más noble de los carroñeros. El estremecimiento que se siente cuando los cóndores están cerca es impagable.

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