Cultural

Los versos estables de Luis Eduardo García

Libro. El poeta piurano ha reunido su poesía publicada hasta ahora bajo el insinuante título Lo que parece estable.

Portada de la obra reunida. Foto: Williams López/La República
Portada de la obra reunida. Foto: Williams López/La República

Por: Sigifredo Burneo

Pocos meses atrás, el poeta piurano (y adoptado por Trujillo como su hijo) Luis Eduardo García López presentó Lo que parece estable (Sietevientos editores), un libro que reúne los poemarios que escribió entre 1978 y el 2021 (Dialogando el extravío, El exilio y los comunes, Confesiones de la tribu, Teorema del navegante, La unidad de los contrarios, Filosofía vulgar y Manual de sabiduría). Una reunión de escritos diversos que —según el autor— buscan “revelar lo que hay detrás de lo aparente” y, para lo cual, zigzaguean sobre los terrenos de la cotidianidad y filosófica.

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García López, evidentemente, no es un escritor novato (su primer poema fue publicado en una revista de su natal Piura, cuando solo tenía dieciséis años). En lo que respecta a la poesía, ha ganado el importante certamen literario El Poeta Joven del Perú (1987) y ha sobresalido, con el tercer puesto, en el Concurso Internacional Copé de Poesía (2009). Sin embargo, su narrativa también destaca: su novela Señor Cioran ganó uno de los premios de la Fundación para la Literatura Peruana (215) y este año obtuvo el Premio de Novela Corta “Julio Ramón Ribeyro” del Banco Central de Reserva del Perú, con su obra titulada El lugar de la memoria.

En este contexto, es apropiado decir que el autor posee una pluma cuya tinta ha sido nutrida por el tiempo, por su labor como periodista y —como el mismo resalta— por la lectura. Así, las páginas de Lo que parece estable muestran al lector un lenguaje pulcro y a la vez economizado, donde cada poema “es pues una superficie plana a donde viene a parar / la realidad”.

Decodificando el párrafo anterior, es menester señalar que un concepto de economía se refiere a la gracia de invertir poco y ganar mucho; con las implicancias políticas y éticas que ello supone. Llevado al ámbito literario, esto se refleja en una de las condiciones del estilo que, a la vez, es característica típica de nuestro tiempo: la concisión. En Lo que parece estable los textos poéticos son concisos; gozan de una concreción no solo en la cantidad de palabras (una fluctuación entre los tres y los sesenta versos), sino en la exactitud en el cálculo verbal de lo indispensable. Pero, claro, habrá quien soslaye la brevedad y atesorará el trabajo del autor meramente por sus signos lingüísticos, sus vocablos cargados de sutilezas, de sugerencias, de versatilidad semántica, pues entiende que la poesía no es un producto cuantitativo, sino cualitativo.

Sin duda, la obra aquí tratada, en su conjunto, irradia vitalidad, fuerza estética. Y, a parte de lo ya mencionado, quizá su atractivo principal sea el caleidoscopio, la gama de colores, la masa, que el poeta ha intentado (y logrado) plasmar, una materia, una realidad que no se destruye, que solo se transforma aun cuando parezca invariable, inamovible. El viaje desde un enfoque puramente lírico hasta una visión escéptica, irónica y metafísica: “El hombre se mira en el espejo / y repite los gestos / del que está detrás, / del animal abreviado / que no olvida su pasado / ni menos su presente”; hay luz y oscuridad en las hojas de este libro y es que un poeta deambula entre tinieblas que difuminan su existencia, tristes acontecimientos de la vida e iluminaciones cotidianas.

Con sinceridad, es admirable la precisión verbal conseguida por Luis Eduardo García para plasmar su firme voluntad de continuar resistiéndose al conformismo, su fortaleza moral para enfrentarse a la desventura y su consecuencia ideológica en busca de un mundo mejor. Él nos dice que “algunas causas se pierden, / pero no se aceptan. / Las pancartas deben seguir iluminando la negra noche del porvenir”.

Solo el verso es infinito

Hay que leer a LEG (como lo llaman sus amigos), pues en su escritura uno podrá darse cuenta de que “solo el verso es infinito, / poderoso, / y la palabra no ha muerto nunca de rodillas en la sombra”. Además, es un obsequio de su ser hacia nosotros. Bien lo dice en su Nota del autor: nos deja en las manos “la consecuencia del entusiasmo, del miedo, del compromiso moral, de la ingenuidad y del asombro con el que ha llevado a la poesía” en sus espaldas.

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