Eloy Jáuregui: “Como periodista, la muerte me despierta curiosidad”
El cronista y poeta, columnista de esta casa editora, libra una dura batalla contra el COVID-19 que se contagió cuando hacía trabajo de campo para un libro sobre la pandemia.
Quiso tomar el toro de la pandemia por las coronas. Eloy Jáuregui no aceptó los discursos y las cifras oficiales de lo que es el coronavirus en el Perú. Como cronista que es, quiso mirar de frente el rostro a este virus. Visitó a pacientes de clínicas y hospitales, también enfermos de San Juan de Lurigancho, Collique, Villa María del Triunfo y Ventanilla. Se había propuesto escribir un libro de crónicas en tono mayor sobre esta pandemia y para ello había que poner el pie en la realidad.
Pero eso era como ir a torearse con la muerte. Eloy Jáuregui se contagió del Covid-19 y actualmente está en un desigual pugilato con este virus. Dolores de garganta, vaivén de fiebres, intenso dolor de tórax, diarreas. El cronista lo padece para contarlo.
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“Tú sabes que soy un cronista de calle. Hace tres años que no publico un libro de crónicas. Yo quería hacer uno sobre cómo Lima ha cambiado, pero apareció esta pandemia y cambié de mirada”, explica el periodista paciente.
Para este libro, que se titulará Asfixia, tenía pensado diluirse como cronista para así darle voz a los personajes, a los pacientes y sus familiares. El cronista quería ausentarse de la narración, pero, ironías, terminó convertido también en centro de la noticia.
“Sí, quería que ellos hablen. Me interesa también el dolor de la familia, de cómo sufren. Tu pariente ingresa al hospital y ya no lo vuelves a ver más, te lo devuelven en cenizas. Eso me afectó mucho”, dice.
Antes de contagiarse, ya había hecho un gran recorrido por las afueras de Lima. Estuvo en las alturas de Ticlio Chico, en Villa María del Triunfo, allí donde no hay agua y la gente lo tomaba como a broma eso de lavarse la manos en no menos de 20 segundos, “si con 20 segundos de agua hago mi almuerzo”, decían. También estuvo por Pasamayito, esa conexión ultrarrápida entre San Juan de Lurigancho y Collique.
Dice haberse paseado también por Ventanilla y otros lugares, pero de ese tránsito recuerda con pavor la noche que pasó, como cronista, en emergencia del hospital Dos de Mayo y un día en el hospital Loayza, cuando la pandemia ya había alcanzado situaciones infrahumanas.
¿Dónde crees haberte infectado?
En el hospital Dos de Mayo. El director es mi amigo y me permitió ingresar con toda la protección, tanto así que parecía un médico o un astronauta con la indumentaria de protección. Allí he visto cómo se acaba la vida. Te digo, cuando iba de subida por las camas, veía a los enfermos, pero a mi regreso ya estaban muertos. Qué desesperante es ver cómo un hombre, una mujer, se ahoga ante tus ojos y no puedes hacer nada porque no hay oxígeno.
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Tú que eres poeta. ¿Las palabras alcanzan para describir esas escenas?
Yo soy poeta, uso metáforas, pero no, allí se acabaron las metáforas. Vallejo y toda su riqueza que tiene, sus términos... allí se me ha cansado Vallejo en los brazos. Allí ya no había nada qué decir. Yo llegaba a mi casa devastado.
Este mal lo ha sorprendido. Por más lejía que usó por indicación de un médico y tomó todos los protocolos de protección, se contagio.
“Lo más terrible es que uno siempre habla de la muerte, de los que se van a otra vida, pero esta vez sí me tocó estar cerca de ella, la verdad. Ver lo que vi, me dio la sensación de que uno no es nada”, cuenta Eloy.
Ahora que sufre la enfermedad en carne propia, conoce cuán precario e indolente es el sistema sanitario de nuestro país y que la burocracia, “más que ayudar al virus, contagia”.
“Ante la pandemia, todo ha fallado. Cuando la burocracia es eficiente, es útil, es un orden; pero cuando la burocracia es propensa a la corrupción, a la negligencia, a la falta de sentido de solidaridad, falta de amor al otro, no sirve. Si por una firma dejan de atender a un paciente grave, la burocracia es otro mal para ese paciente”, critica.
Recuerda que al principio no había medicina, no había oxígeno, no había nada, “pues ahora ya nos hemos acostumbrado a los muertos”. Al principio, casi nadie se salvaba, ahora, dice, los porcentajes de sanarse han mejorado.
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Las señales del virus
Lo grave para Eloy Jáuregui empezó el sábado 16 de mayo. Se inició con un fastidio en la garganta y, según pasó la hora, sintió una presión el pecho. Como él sabía de los síntomas porque había entrevistado a personas enfermas, no le cupo duda. En la noche volaba en fiebre.
No fue al hospital porque ya sabía cómo es allí. Llamó a su amigo médico Jorge Vigo, quien le recetó un coctel de pastillas para la garganta, más panadol, kión, cebolla, canela y limón.
“Con eso contuve un poco al virus, pero al otro día, domingo, me vino una crisis mayor, me asfixiaba. Yo estaba solo, pues mi esposa viajó. Salí a la ventana a gritar ayuda y que pidan una ambulancia. Pero nadie me ayudó, se escondieron toditos. Allí experimenté la falta de solidaridad. Yo veo así a un vecino, voy y lo saco; claro, voy protegido para no contagiarme”, afirma Eloy.
A la mañana siguiente se fue a una clínica, pero tuvo que salir porque le cobraron caro y porque su chanchito roto no daba para tanto. Agradece que allí no le recetaron nada porque sino la cuenta le sería impagable.
“Lo que a mí me ha salvado es la ivermectina, que es una gota que le dan a los perros contra los parásitos y que no la venden en farmacia sino en la veterinaria”, dice con buen humor.
Esas gotas solo deben tomarse dos días. Dice que al tercer día se sintió como Superman, hasta le volvió el apetito.
Pero después le sobrevino otra crisis y quedó desmayado casi un día. Le faltaba oxígeno. Dice que tiene los pulmones devastados, funcionan un 25%. Pero lo grave es que si bien ingresa oxígeno a sus pulmones, el virus obstruye el paso del oxígeno a la sangre. Siente dolores en el pecho, la visión se le ha nublado y tuvo que subir puntaje a las letras para escribir su última columna para La República. Pero Eloy sigue en pie, en batalla.
“Ahora estoy vivo. Hace cuatro días estaba casi muerto, tirado en el piso... no sé cómo no me he muerto, pudo haberme dado un infarto cardiaco. Ahora resisto la enfermedad gracias al apoyo de mis amigos, entre ellos Gastón Acurio, Fernando Astorga. Cuando estuve tirado, he sentido que yo estaba con mi papá, mis tíos que ya han muerto hace tiempo. Supongo que así será la muerte, te encuentras con tus familiares, con tus antepasados. He llorado mucho”, confiesa.
En este trance en que la muerte es una amenaza real, ¿le tienes miedo?
No, me produce curiosidad. Será que, como soy periodista, es eso lo que me despierta, curiosidad.
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