
El Jurado Nacional de Elecciones, acaba de entregar sus credenciales a los congresistas electos para el período 2026-2031. Tenemos una foto de cómo será la composición del Congreso, pero la foto del hoy no será la foto del mañana. ¡Ello es inevitable!
Dice Zygmunt Bauman que vivimos bajo las reglas de la “modernidad líquida”, caracterizada por la inestabilidad, la falta de cohesión y la ausencia de formas definidas, a diferencia de la “modernidad sólida”, en la que se desarrollaron nuestros padres y abuelos, caracterizada por el orden, lo predecible y lo estable. ¿Qué provocó ese cambio? a) las empresas, que tienen más poder que los propios gobiernos y cambian leyes de forma rápida en respuesta al mercado; b) la tecnología y, sobre todo, internet, que hace que las formas de trabajar, transportarnos y relacionarnos cambien a una velocidad impresionante; y c) la migración humana, que también genera cambios rápidos en la cultura y en la economía de los países. Esto, ¿qué significa? Que, bajo esta modernidad líquida, la identidad es cambiante y nunca terminamos de definir nuestra religión ni nuestras creencias políticas. Hay inestabilidad y falta de solidez en las estructuras. Si esto lo trasladamos al ejercicio político, ello hace que la composición de los congresos no sea estable. Los grupos entran con promesas, luego se adaptan a las circunstancias y eso genera desconfianza en la ciudadanía. La sociedad líquida desestabiliza esas representaciones políticas; de ahí que la foto de la composición congresal no será la misma en 2031. Hay que mirarla bajo el escenario del juego político en el que se moverán.
En el ajedrez, se requiere tener claro, quien es quien, en ese tablero, para no confundir las jugadas y los movimientos inesperados. El Rey, es la pieza más valiosa del tablero, yen el caso peruano, está representado por el poder económico.
Los peones son las piezas más numerosas, avanzan poco a poco, y pueden llegar al otro extremo del tablero y convertirse en una pieza más fuerte. Aunque no tengan poder inmediato, su acumulación y organización a largo plazo, puede cambiar el juego. Instituciones como la Junta Nacional de Justicia, el Tribunal Constitucional, el Ministerio Público, la Defensoría del Pueblo, entre otros organismos, se posicionan como peones en el tablero. Es un escenario donde su rol queda reducido a seguir las directrices, sin autonomía real.
En la posición de alfil ubicamos a la Presidencia de la República, al igual que al Congreso. Ambos representan el poder, mas no lo detentan. El alfil se mueve en diagonal, así que su alcance es más limitado y, de hecho, actúa como un símbolo. Es decir, no tiene tanta fuerza directa como la reina o las torres, pero representa la institucionalidad, el rostro simbólico de la nación.
Las congregaciones religiosas también deben ser visibilizadas en este ejercicio político; podrían ser ubicadas como alfiles porque tienen una influencia simbólica fuerte, aunque no siempre directa. Se mueven de manera diagonal, como en espacios morales y de valores, y a veces pueden ser catalizadoras del cambio social. Su rol es estratégico, pero no siempre visible en el tablero. De igual forma, ocurre con los medios de comunicación. Si son independientes, pueden moverse con claridad, marcar la agenda y generar cambios. Pero, si están controlados, pueden quedar reducidos a peones, seguir órdenes y reproducir las narrativas del poder.
Los partidos políticos podrían ser posicionados como las torres. Son piezas fuertes, estructuradas, se mueven en línea recta y tienen una gran capacidad de control territorial. A través de ellas, se organizan las fuerzas políticas, se proyectan hacia el futuro y buscan influir en las reglas del juego; sin embargo, ante la ausencia de partidos sólidos, las torres estarían apuntaladas por las fuerzas militares y policiales. Estas tienen una presencia estable y pueden marcar el equilibrio del poder, a veces fuera de las reglas formales.
El caballo en ajedrez se mueve en forma de "L". Es la única pieza que puede saltar sobre otras. Pueden ser actores menos visibles, pero estratégicos: por ejemplo, ciertos grupos empresariales medianos, gremios profesionales o incluso algunos sectores regionales que, aunque no sean el foco del poder, tienen la capacidad de saltar barreras, conectar intereses y, a veces, desestabilizar las lógicas más tradicionales. Podemos ubicar aquí a la minería informal e ilegal y a las redes de narcotráfico. Esos actores suelen moverse por fuera del juego formal, pero tienen una enorme capacidad de influir, presionar y desestabilizar, aunque no aparezcan entre las piezas tradicionales.
En cambio, la reina es la pieza más poderosa, porque se puede mover a cualquier número de casillas en línea recta, ya sea horizontal, vertical o diagonal. En esta dinámica, se podría ubicar como la reina al sistema judicial, porque tiene un poder amplio cuando es independiente. Se mueve en todas las direcciones, puede frenar abusos y equilibrar fuerzas, siempre que conserve su autonomía. Si está capturada por el poder económico o político, pierde su fuerza. Pero, en su mejor versión, es la que realmente puede hacerle jaque al poder, si se mantiene firme.
Si el sistema judicial es realmente autónomo, puede ser un freno al poder desmedido. Es la pieza que, al moverse en cualquier dirección, tiene la capacidad de poner límites, hacer valer derechos y actuar como un verdadero contrapeso, siempre que conserve esa autonomía e independencia en su labor.
En el tablero del ajedrez político, el rey estaría representado por el poder económico. No perdamos de vista ello: una cosa es detentar el poder y otra ser representante de ese poder, como ocurre con el ejercicio de la Presidencia de la República o la representación congresal. Así que, en este esquema, cada pieza tiene su peso, que permitirá sostener el poder del Rey, o el juego terminará con un jaque mate al rey.
Frente a estas piezas, en el tablero del ajedrez político, ¿dónde está el poder de los ciudadanos? Nos encontramos fuera de ese juego y nos convertimos en meros espectadores, invitados a cambiar periódicamente las piezas. Es una especie de participación simbólica, pero no transformadora. Y ahí es donde se genera esa frustración.
Yo creo que no hay un jaque mate fácil, porque esos actores que mueven las piezas del ajedrez suelen operar al margen de las reglas. Pero, quizás, si se fortalecen la transparencia, la participación ciudadana real, la organización de colectivos sociales y el ataque a las estructuras de impunidad, ahí se podría empezar a reducir su poder. Es un proceso largo, pero es la única manera de cambiar las cosas.
El poder de los ciudadanos está en la capacidad de moverse colectivamente, como peones con potencial. Reitero, colectivamente. Es un símbolo, que, aunque se empiece pequeño, cuando se organizan, cuando se articulan, pueden cambiar las reglas del juego.
Si son independientes, pueden moverse con claridad, marcar la agenda y generar cambios. Pero, si están controlados, pueden quedar reducidos a peones, seguir órdenes y reproducir las narrativas del poder, algo de lo que ya tenemos en demasía en nuestro escenario nacional.





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