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Opinión

Un ritual muy discutible, por Mirko Lauer

Fernando Tuesta sostiene que los debates influyen en la decisión del voto, pero la conexión entre ganar el debate y triunfar en la elección no siempre es clara.

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mirko lauer

¿Qué nos ofrece el debate de a dos que pronto veremos? En su aspecto más sutil, ofrece los viejos tiempos. Algo así como políticos con cosas que decir y un público con capacidad e interés para evaluarlos. Desde hace un par de debates esa política no existe, pero el ritual sigue allí, inamovible y sancionado por las autoridades. Una especie de conteo rápido de dudosas capacidades oratorias.

¿Funciona el debate como momento de decisión electoral? Fernando Tuesta dice que sí influye en el voto que viene a continuación. ¿Cómo lo haría? ¿Contrastando inteligencias? ¿Comparando simpatías? ¿Yuxtaponiendo el atractivo de cada ramillete de ofertas? Pero entre ganar el debate y ganar la elección hay una diferencia que nunca ha sido entendida del todo.

Por ejemplo, ¿Pedro Castillo ganó los debates de 2021? Si recordamos bien, lo suyo no fue un despliegue de argumentos, sino una coreografía concebida para hacer del candidato un hombre andino hecho de lugares comunes: el sombrerazo, la ubicación en el paisaje rural, la queja por la conquista, la colonia, la independencia y lo que venga, más cierto gusto por el autoritario incanato.

Frente al colorido despliegue de furias que presentó Castillo, la oferta de Keiko Fujimori (más o menos la misma que ahora) parecía encarnar un orden establecido que no llegaba a definir del todo. Más que un debate, en el sentido de diálogo, lo que se vio entonces fue un choque de imágenes más o menos automáticas, mitad espontáneas, mitad calculadas.

El frustrado intento de llevar el debate electoral a Chota, la Roma del castillismo, puso en evidencia que lo más importante no es debatir, sino proyectar imágenes para consumo popular. Roberto Sánchez terminó ubicado entre Huaral y San Borja. El festival de Chota seguirá esperando su segunda oportunidad. Pero, si de guerra de imágenes se trata, Sánchez tiene una ventaja.

La imagen del candidato de JPP, en cierto modo, recoge los esfuerzos por la constitución de una totalidad popular, con sus altos y sus bajos. En cambio, la imagen de Fujimori recoge la saga de su familia, algo así como una marca registrada de la política peruana. ¿Qué se van a decir estas dos imágenes? Muy poco que no sea la puya, la descalificación y la denuncia.

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