
Las elecciones y la política en general han opacado los carnavales limeños. Ahora da la impresión de que en algunas actividades hay juerga diaria, en cualquier mes del año. Los carnavales de hoy son más circunspectos y la idea misma se ha sumado al repertorio de la antigüedad costumbrista. Jugar carnavales ya es una expresión poco entendida.
Cuando el diarista alemán Heinrich Witt llegó a Lima en un domingo de carnaval de 1843 se dio con una sorpresa. “Ese día y los dos siguientes fueron dedicados a deportes habituales en la ocasión. Cesan los negocios y otras actividades serias, y el pasatiempo consiste en que hombres y mujeres se empapan entre ellos de todo corazón.
“Los balcones están llenos de personas del bello sexo, de todo color de tez, lanzando agua a los transeúntes de la calle, incluso a las patrullas encargadas de mantener a raya el entretenimiento de ese día. En las casas los jóvenes se dedican a lo mismo, y los que son un poco más cultivados usan aguas aromatizadas.
“Si cuatro o cinco muchachas reunidas juntan fuerza para empujar a un joven a un baño de agua, el jolgorio es grande; claro que los hombres responden de la misma manera. En la calle los negros y los morenos no se quedan detrás en el deporte, pero con ellos prima el agua de acequia.
“La segunda parte del deporte consiste en lanzarles huevos llenos de agua perfumada a las personas que aparecen en los balcones, a veces con tanta fuerza que hieren la cara o los ojos. Al miércoles siguiente, miércoles de ceniza, todo está tranquilo y silencioso; quienes desean enfatizar su devoción pintan sobre su frente una pequeña cruz de ceniza”.
Para un europeo el espectáculo del carnaval limeño es de gran impacto, pues si bien hay carnavales en el hemisferio norte, en esos fríos febreros estas son fiestas de disfraces y de máscaras. Sin embargo, en Oriente hay fiestas donde el agua es lanzada de un lado al otro. No son carnavales, sino fechas propiciatorias de Japón o la India, por ejemplo.
El antiguo carnaval limeño era un asunto barrial, protagonizado por jóvenes probablemente más cándidos. Hoy nos vemos como una enorme ciudad que ha perdido parte de su inocencia, allí donde —y este es un aspecto clave— las acequias ya no están y el agua potable escasea para una enorme parte de la población.





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