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Opinión

Uyariy: la urgencia de escuchar, por Julissa Mantilla

Ojalá Uyariy fuera una ficción con un guion macabro en el que ese escuchar que Juliaca reclama no se silenciara con balas. Pero si esto no se puede cambiar, lo que sí se debe hacer es exigir justicia para las familias y que ese niño reciba la atención debida para que pueda jugar de nuevo y sentir que Puno también es el Perú.

Julissa Mantilla 25-01
Julissa Mantilla 25-01

La semana pasada escribí sobre la masacre de Juliaca del 2023 y esta semana continúo con el tema, ya que fui a ver Uyariy (“Escuchar” en quechua), el impactante documental de Javier Corcuera en el que las familias de las víctimas cuentan lo que pasó aquel 9 de enero cuando sufrieron la represión por haber rechazado a Dina Boluarte.

Corcuera no solo muestra los hechos, sino que, revisando la historia, pone en la pantalla el profundo racismo contra los pueblos quechua y aymara. Por ello, recuerda las protestas de noviembre de 1965, cuando el pueblo de Juliaca salió a las calles a exigir servicios básicos como agua y desagüe y que dejó el saldo de cinco muertos producto de la represión.

“Puno no es el Perú”, dijo la expresidenta Boluarte a pocos días de la masacre del 2023 y, como parece que para muchos Lima sigue siendo el Perú, los juliaqueños tuvieron que viajar a la capital a reclamar justicia. Entre tanto dolor y desamparo, Uyariy también muestra la solidaridad de los brigadistas de salud y desactivadores de bombas lacrimógenas que acompañan las marchas para proteger a la población

Hay escenas muy duras como el testimonio de Milagros, la hermana del médico Marco Samillán, asesinado cuando atendía a un manifestante herido, o la historia de Rosa Luque que en su ruta diaria debe pasar por el lugar donde su hijo Cristian Arizaca, de 18 años, fue asesinado.

Pero sin duda, la escena más desgarradora es la de un niño de 11 años que recibió un balazo en la pierna el 9 de febrero, un mes después de la masacre, cuando fue a comprar la torta de cumpleaños de su padre. Postrado en su cama, con la voz entrecortada, recuerda con nostalgia que le gustaba jugar fútbol.

Ojalá Uyariy fuera una ficción con un guion macabro en el que ese escuchar que Juliaca reclama no se silenciara con balas. Pero si esto no se puede cambiar, lo que sí se debe hacer es exigir justicia para las familias y que ese niño reciba la atención debida para que pueda jugar de nuevo y sentir que Puno también es el Perú.

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