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Opinión

Davos y el fin de la ficción multipolar: la disyuntiva europea, por Manuel Rodríguez Cuadros

En su conjunto, estos acontecimientos parecen anunciar un momento potencialmente decisivo en la redefinición de las correlaciones de fuerza y en el futuro de la estructura unipolar del poder mundial.

Manuel Rodríguez Cuadros 25-01
Manuel Rodríguez Cuadros 25-01

El primer aniversario de la gestión del presidente Donald Trump ha coincidido prácticamente con la realización del Foro Económico Mundial de Davos. El azar y la historia han querido que ambos acontecimientos ocurran, también, casi de manera simultánea, con hechos y acontecimientos decisivos en la hora actual: la intervención  militar quirúrgica de Estados Unidos en Venezuela; la anexión de Groenlandia exigida por Trump;  su impacto en la alianza transatlántica  y la evolución de las negociaciones  sobre Ucrania, configuran una coyuntura crítica.

En su conjunto, estos acontecimientos parecen anunciar un momento potencialmente decisivo en la redefinición de las correlaciones de fuerza y en el futuro de la estructura unipolar del poder mundial.

La intervención en Venezuela —independientemente del régimen dictatorial de Maduro y de sus eventuales vinculaciones con el narcotráfico— tiene el singular componente de fusionar  la transición con la transacción. Si esta última predomina - como parece ser la tendencia - ,  se confirmaría que el secuestro de Maduro no está  vinculado directamente con la democracia en Venezuela, sino con intereses nacionales muy concretos de los Estados Unidos. Entre ellos,  el suministro petrolero y el envío de una señal política y diplomática de que el corolario Trump no es retórico, sino que cambia jefes de Estado y puede generar en la región un nuevo modelo de regímenes políticos administrados.

La cuestión de Groenlandia se ha activado bajo el impulso del éxito de la operación en Venezuela y del hecho comprobado de que la reacción de la comunidad internacional, especialmente en la región, ha sido muy moderada y en algunos casos permisiva. El presidente de los Estados Unidos no ha dejado duda  de que se trata  de una iniciativa  que desea verla realizada en el corto plazo. Su determinación despeja toda duda. En su momento, al no descartar una acción militar  envío a Europa un misil diplomático que ha sacudido las entrañas mismas de la OTAN.

En su discurso en Davos,   una vez descartada la acción militar, el presidente Trump fue claro, directo y descarnado. A Estados Unidos no le interesan los recursos naturales de Groenlandia, ni siquiera las tierras raras —que existen, pero en muy poca cantidad y a una profundidad que elimina todo incentivo económico, sino su dimensión geoestratégica. “Es un pedazo de hielo —así denominó a la isla, que es dos veces el territorio peruano— con significado estratégico”. Por su ubicación geográfica  en una zona de vinculación  entre  tres ejes principales del poder mundial (Estados Unidos, China y Rusia). Trump cuidó en Davos de presentar  su iniciativa  de construir en la isla  una cúpúla antimisiles, incluso misiles nucleares,  no como una opción belicista , sino  como una iniciativa  pacífica:  Queremos un trozo de hielo para la paz mundial”. La paz por las armas, por el desequilibrio de poder.

Antes de la cita en Davos, Trump  no descartó  una intervención militar y el retaliar con un nuevo aumento de aranceles si no se aceptaba la anexión. Solo esta hipótesis causó una conmoción en las cancillerías europeas.  El uso de la fuerza de un país de la OTAN contra otro, simplemente acabaría con la alianza. Siendo EE.UU. el agresor, sería una hecatombe histórica y estratégica. La posterior declaración que esto no ocurriría no cambia del todo el problema. El daño ya está hecho. Los países de la OTAN están notificados.  Sus lazos de identidad y ayuda mútua con los Estados Unidos , especialmente en la  defensa estratégica, están debilitados al máximo, sino rotos.

Hasta antes de la reactivación del proyecto de anexión de Groenlandia, Europa no había reaccionado en consonancia con su propio poder regional y capacidades nacionales. Más bien, su diplomacia se orientó en la línea del socio débil que no quiere poner en riesgo la sociedad transatlántica. Aceptó  un maltrato pocas veces visto en su historia, incluyendo su exclusión de las negociaciones sobre la guerra en Ucrania,  que es la negociación sobre su propia  defensa.

Esta diplomacia del conceder sin  resistir,  cuyo objetivo era salvar las relaciones transatlánticas preservando, aunque sea al mínimo, valores e intereses vigentes desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, puede llegar a su fin. La diplomacia europea del apaciguamiento, ha sido tocada de muerte por la cuestión de Groenlandia. Luego de un año tormentoso para sus intereses, Europa parecería recién registrar el carácter unipolar del mundo actual y percibir que no es un polo de un a multipolaridad inexistente.

Ursula von der Leyen, una de las líderes de la diplomacia del apaciguamiento, ha tenido que cambiar radicalmente su discurso: Es momento de aprovechar la oportunidad y construir una nueva Europa independiente”. En la misma línea, el primer ministro belga, Bart De Wever, ha advertido: “Intentamos apaciguar al nuevo presidente en la Casa Blanca. Al depender de EE.UU., optamos por ser indulgentes, pero se están cruzando demasiadas líneas rojas: ser un vasallo feliz es una cosa, ser un esclavo miserable es otra distinta”.

Pero quien activó el despertador no solo de Europa sino de la OTAN fue el primer ministro canadiense, Mark Carney, quien de manera explícita y descarnada reconoció, en su discurso en Davos el 22 de enero, que el mundo liberal multilateral tuvo mucho de ficción y que el sistema en transición actual es el del ejercicio del poder unilateral. Hoy hablaré de la ruptura del orden mundial, del fin de una ficción agradable y del comienzo de una realidad brutal en la que la geopolítica de las grandes potencias no está sujeta a ninguna restricción”, dijo con un claridad que alumbro la oscuridad  de la persistente negación de la realidad: el mndo ha cambiado.

Carney recordó con gran honestidad que el llamado orden internacional basado en normas fue siempre una construcción parcialmente ficticia, marcada por la aplicación selectiva del derecho internacional y por reglas comerciales asimétricas que favorecían a los más poderosos. Esa ficción, - dijo -  sin embargo, resultó funcional durante décadas porque la hegemonía estadounidense garantizaba bienes públicos esenciales: estabilidad financiera, seguridad colectiva, libertad de navegación y mecanismos de resolución de controversias.Los Estados aceptaron  - recordó  -  “vivir en la mentira”, participando en rituales diplomáticos y evitando confrontar la brecha entre el discurso normativo y la realidad del poder.

Esa  visión , sostuvo  Carney, ha dejado de ser viable. El sistema no está en transición, sino en ruptura abierta.

Frente a esta realidad, el primer ministro canadiense propuso abandonar la diplomacia del apaciguamiento y avanzar hacia una estrategia de geometría variable, orientada a articular a las potencias medias para afirmar su identidad, defender el multilateralismo y ejercer poder propio en la actual correlación de fuerzas. Su discurso y los hechos que lo circunvalaron, han abierto sendas.  Trump y Mark Rutte, secretario general de la OTAN, han  acordado un marco general para abordar la cuestión de Groenlandia, con el respaldo de la primera ministra danesa, Mette Frederikse. El asunto parece promisorio,  aunque aún es temprano para hacer pronósticos. Para Trump, la cuestión esencial es acceder a la propiedad de la isla, para Dinamarca y Europa, preserva la soberanía. Si hay acuerdo estará en los intersticios entre la propiedad y  la soberanía. Al mismo tiempo, las negociaciones sobre Ucrania entran a  una fase  decisiva. Por primera vez, entre Rusia y Ucrania con mediación norteamericana. Su resultado volverá a colocar a Europa entre la espada y la pared.

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