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Opinión

El pacto de una opaca transición, por José Luis Gargurevich

Sin esa apertura ética, cualquier cambio es apenas la continuidad maquillada de siempre, sonriente para la foto y muda para el país.

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José Luis Gargurevich

Hemos llegado a producir capítulos tan cambiantes y traumáticos de nuestros gobiernos que, al final, todo queda igual. Vacan, juran, prometen y traicionan con la misma destreza. El país vive una inercia de reemplazos donde nada se transforma, solo se retorna el poder.

La reciente vacancia de la presidenta Dina Boluarte no fue un acto de purificación democrática, sino un pacto entre los mismos de siempre, sellado en la penumbra y envuelto en discursos de salvación nacional. Era un gobierno ineficiente y con evidencias de corrupción, sí, pero la manera en que se selló su salida confirma que la política peruana no cambia, solo se reorganiza en la oscuridad.

Hasta que nuevos liderazgos ciudadanos irrumpan de verdad, seguiremos atrapados en este perverso juego de las sillas, donde los mismos se arrebatan el poder mientras bailan sobre el caído y vuelven a encender la música.

Lo más inquietante es que la opacidad ya ni siquiera se disfraza. Es tan evidente el pacto detrás de las transiciones que podríamos decir que son transparentes, pero solo porque su oscuridad se volvió costumbre. Cualquier reflector que se introduzca en esa escena encontrará a los mismos actores turnándose los mismos libretos.

Hace poco se realizó la Cumbre Global de Gobierno Abierto en Vitoria-Gasteiz, España, donde más de 100 países debatieron sobre transparencia, participación y rendición de cuentas. Mientras allá se hablaba de abrir el gobierno, aquí se cerraban los acuerdos. Mientras allá Estados y sociedad civil buscaban fórmulas para recuperar la confianza ciudadana en medio de escenas de polarización, nosotros profundizábamos acá nuestra descarnada desconfianza estructural.

Y, sin embargo, la agenda del gobierno abierto es más trascendental que nunca; por eso aludir a la Cumbre sirve de espejo. Porque, aun sabiendo las bondades de la transparencia, también se desliza la frustración de aquellos países que, aun siendo transparentes, no logran cambios en la forma de hacer política: y es que es ilusoria la idea de que basta con abrir datos y prender micrófonos sin hacer política. La transparencia sin poder político es impotente, y la participación sin incidencia es apenas catarsis. Vigilar, denunciar, recomendar… todo eso sirve si logra mover el poder, si influye en las decisiones. Si no, es solo la ceremonia de los impotentes.

Nos hemos enamorado del procedimiento y olvidado el propósito: que los Estados sean agentes eficaces y honestos. Si el poder sigue siendo opaco, en demasiados Estados se han digitalizado las ineficiencias y automatizado los vicios. Hay portales impecables donde nadie responde y sistemas participativos que escuchan sin oír.

La transparencia que importa no es la del dato, sino la del acuerdo y la de la deliberación. Queremos saber cómo se cierran los acuerdos. La corrupción no se esconde en los contratos ni en las licitaciones, sino en los pactos no declarados, en los favores mutuos, en las lealtades compradas. La verdadera transparencia debe anticipar al poder, no venir después de él.

El mejor voto informado —eso que llamamos con nostalgia "votar bien"— debería ser un voto consciente de quiénes lo hacen y a cambio de qué, qué intereses se protegen y a qué grupos se sirve. Si ese acuerdo no puede mostrarse, entonces no merece gobernar.

Lo que el Perú necesita es vaciar la forma de política con opacidad.

Una transición sin sombras, donde la transparencia para saber qué intereses votaron para representarnos juegue en nombre de verdaderos botines: los poderes, los cargos, las impunidades y los presupuestos que les son más importantes que nunca.
Sin esa apertura ética, cualquier cambio es apenas la continuidad maquillada de siempre, sonriente para la foto y muda para el país.

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